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DISCURSO DEL PAPA JUAN XXIII
A ASISTENTAS DOMESTICAS DE DIVERSAS NACIONES
Y A UN GRUPO DE CATEQUISTAS DE LA DIÓCESIS DE VERONA
*

Domingo 17 de junio de 1962

 

Queridas hijas:

Con paternal alegría, después de otras dos destacadas reuniones, en esta gran jornada de la Santísima Trinidad, os acogemos también a vosotras, que en número tan considerable representáis a las sirvientas procedentes de Roma, y, a pequeños grupos de toda Europa. Se Nos ofrece la oportunidad de animar nuevamente las instituciones que, en conjunto, representan una única y noble misión: la provechosa asistencia a vuestras necesidades espirituales y materiales, Nos referimos especialmente a los dos grupos organizados por el movimiento "Entre Nosotros", y por las Asociaciones Cristianas de Trabajadores Italianos; pero pensamos en las otras muchas instituciones, antiguas y nuevas, que se han prodigado y trabajan en este sector de la asistencia. Nombres diversos, pero único el aliento de caridad y de apostolado.

La caridad, plenitud de la ley

Al acogeros con benevolencia, Nuestro pensamiento se dirige a todas las hijas que llegan a Roma, como a las demás grandes ciudades, para ganarse honestamente la vida, prepararse a las responsabilidades del futuro y compensar las necesidades, a veces dolorosas, de la propia familia.

La Iglesia mira vuestro trabajo como a cualquier otro género de trabajo y lo bendice con igual solicitud. Vosotras mismas lo habéis testimoniado, mostrando gratitud con las aplicaciones de la Encíclica Mater et Magistra a vuestra especial condición.

Pero puesto que se trata de mujeres, más aún de jóvenes, sacadas del ambiente tranquilo y ordenado de su propia familia y de su propio país, llevadas a la de familia de otro y a una gran ciudad, las preocupaciones de la Iglesia son mucho mayores. Pues vuestra condición implica una serie de problemas y preocupaciones que no pueden menos de pesar sobre la conciencia de los padres, y de los que tienen cura de almas.

Por esto aprovechamos la ocasión para manifestaros el afectuoso interés con que seguimos vuestra actividades organizativas, y confiaros un doble recuerdo, que os sirva de guía en el trabajo cotidiano.

1. Habéis venido a rendir homenaje filial al Papa con el título de asistentas de servicio doméstico.

El término es reciente, conocido en estos últimos tiempos, y corresponde a una más sentida y difundida necesidad de respeto a la persona humana. Este subraya la dignidad de vuestro trabajo y la contribución que aportáis a la sociedad.

No podemos menos que complacernos por este progreso innegable, al mismo tiempo que por tan apropiada denominación. Pero esto valdría de poco si, tanto por parte vuestra, como por parte de los que os proporcionan el trabajo, no hubiera la profunda y sincera intención, querida por la justicia, por la equidad y, especialmente, por la caridad fraterna, que es el mandamiento de Cristo y la señal para conocer a los cristianos.

Si falta la caridad falta el respeto externo y la ayuda mutua y se viene a caer en la aridez del egoísmo.

Es la caridad la que hace fácil y perfecta la observancia de los derechos y de los deberes, porque "el amor es la plenitud de la ley" (Rm 13, 10).

Nobleza y responsabilidad de los hijos de Dios

Mirad, queridas hijas. El que con palabras familiares os habla tiene la altísima misión de Vicario de Cristo en la tierra, y la cumple en realidad, pero también él desea llamarse con preferencia el Siervo de los siervos del Señor. Este lugar en que os encontráis es denominado en el mundo y en los solemnes documentos pontificios, Palacio Apostólico Vaticano: nombre brillante que le corresponde por los esplendores de la fe, por la historia, por el arte que él encierra. En los tiempos modernos ha prevalecido la costumbre de llamarlo la "Casa del Padre". Cuantos viven aquí, o aquí llegan de todas las naciones, encuentran su dignidad en ser, según las palabras del apóstol Pablo, "los servidores de Dios" (Ef 2, 19): es decir, miembros de la familia de Dios—no extranjeros o peregrinos—, pero edificados sobre el fundamento de los apóstoles y de los profetas, siendo Cristo la piedra angular.

Es hermoso deducir una lección de esta consoladora realidad: esta es, que en cualquier condición en que se encuentre, el cristiano no puede actuar según le plazca, siguiendo los caprichos de su voluntad, sino que es el siervo del Señor, parte de su familia, cualquiera que sea el oficio que ejercite, lo realiza por Él, por su amor. Leed la bella carta de Pablo a Filemón, consideradla en vuestras tranquilas reuniones de por la tarde, veréis los sentimientos del Apóstol, pregonero de Cristo, para el joven siervo Onésimo, para que se reintegre a su señor del que había huido, con palabras que aún hacen saltar las lágrimas, presentándolo, "no como un esclavo, sino como un hermano querido..., según la carne y el Señor" (Flm 1, 16).

Queridas hijas, pertenecéis todas a la gran familia de los hijos de Dios, lleváis sobre la frente el sello de vuestra dignidad y debéis vivirla con todas vuestras fuerzas, con amor, con entrega.

2. Este pensamiento nos suscita espontáneamente otro. Es preciso vivir con amplitud de sabios propósitos esta condición, que tiene también la grandeza de una vocación, para que seamos llamados y seamos en realidad hijos de Dios (1Jn 3, 1). Por tanto, la actividad que os toca realizar es un servicio de hijos de Dios, en pro de otros hijos de Dios, y, por tanto, debe estar marcada por la conciencia de la propia responsabilidad, y también por la altísima meta final hacia la que dirigís vuestros pasos.

Acostumbraos, queridas hijas, a considerar el trabajo bajo esta luz transfiguradora. Que os sirvan de ayuda las palabras de San Pablo a los cristianos de Efeso: "Sed obedientes a los patronos de aquí abajo con reverencia y solicitud en la sencillez de vuestro corazón, como (sirviendo) a Cristo; no por ser vistos, como quienes buscan agradar a hombres, sino como siervos de Cristo, haciendo la voluntad de Dios con toda el alma, sirviendo con buena voluntad, como al Señor, y no a los hombres" (Ef 6, 5-7).

Qué plenitud de horizontes se abre ante vosotras: en el trabajo doméstico, aunque sea humilde y poco vistoso, ejercitáis la gran obra, a la que son llamados indistintamente todos los cristianos, a servir al Señor, a cumplir su santa voluntad, a poner todo el cuidado posible para rendir homenaje a Dios antes que a los hombres, con intención recta y pura. Es un servicio el vuestro que se realiza con la conciencia de la propia dignidad, de la que se deriva a su vez el respeto por parte de quién os ofrece el trabajo.

Baste todo esto para comprender el ánimo con que el Papa ha escuchado a vuestro numeroso y brillante grupo, él os anima, y al mismo tiempo, según lo requiere su deber apostólico, exhorta a todos aquellos en casa de los cuales trabajáis, de forma respetuosa, pero firme, a hacer todo lo posible para que se llegue en una medida, lo más extensa posible, a la aplicación no solamente de la letra, sino del espíritu, especialmente, de lo que la Iglesia, sobre este punto del intercambio de oferta de trabajo y de servicio, ha enseñado y no cesa de enseñar en materia social.

Nuestras palabras manifiestan la participación que tomamos en vuestros anhelos, aún en los de materia económica y organizativa. Nuestra plegaria pide para vosotras la necesaria firmeza en el propósito renovado de vivir íntegramente el ideal que os hemos trazado. Y para que vuestro gozo sea completo, descienda sobre vosotras aquí presentes, en especial sobre los grupos procedentes de Alemania, Austria, España y Suiza, juntamente sobre vuestras queridas familias alejadas, que siguen vuestros pasos con tanto temor, Nuestra confortadora Bendición Apostólica. Extendemos la Bendición a los Movimientos "Entre Nosotros" y Asociaciones Cristianas de Trabajadores Italianos que se preocupan de vuestra formación religiosa, moral y profesional.

Permanezca siempre en vuestros corazones la verdadera paz que la gracia celestial engendra y mantiene.

Sagrada tarea: enseñar la doctrina cristiana

Deseamos dirigir unas palabras al distinguido grupo de la diócesis de Verona, aquí presente en esta Audiencia de por la tarde.

El título de catequistas exige especial atención a estas esforzadas muchachas (acompañadas hasta aquí por su dignísimo obispo) para que su ejemplo se fortifique y sea imitado.

Seguimos en el plano del servicio. Esta mañana en el pasaje evangélico de San Mateo resonaba con vigor aquel "euntes, docete omnes gentes" (Mt 28, 19) (Id, pues, y enseñad a todas las gentes) con el que Cristo daba la nota característica del servicio apostólico. Y sabéis que al enseñar le toca el primer puesto en los preceptos del apostolado. Se comienza por ahí: enseñando; y luego bautizando, administrando después los demás sacramentos y, seguidamente, como de una purísima fuente, brotan los demás servicios de culto, múltiples asistencias y diversas organizaciones.

¡Enseñar! Es la tarea del obispo, ayudado —pues de lo contrario no podría hacerse— por el clero y el laicado.

Ciertamente es fuerte la fe, es claro el concepto del bien y del mal, están formadas las conciencias en aquellas diócesis donde florece la enseñanza catequística, y todos, en comunión perfecta con el obispo, todos, sacerdotes y fieles, la viven y la practican como deber grave y urgente.

¡Hijas de Verona! Haced honor ahora y siempre a esta tarea sagrada, que sabréis a su tiempo ejercer en vuestros hogares.

Cuando siendo Patriarca de Venecia asistimos, algunas veces, a imponentes manifestaciones religiosas en vuestra bella y querida ciudad, Nos dimos cuenta de que aquellos frutos, visibles, tenían, sí, su razón de ser en el celo de su obispo, pero también en la acorde colaboración del clero y en la vitalidad cristiana de las parroquias y de las familias.

Llevad a Verona estos alientos del Papa, el eco emocionado de su agrado por todo lo que se ha hecho el campo catequístico.

El centenario de San Zenón —que con tantos frutos espirituales estáis celebrando —derrame copiosas gracias sobre vuestra diócesis, y ante todo, una extensión y aplicación de la tarea catequística.

Este pensamiento sella la alegría de vuestro encuentro con el Padre de todas las almas, cuyos brazos se extienden con el gesto de la Bendición más cordial y alentadora que llevaréis a la querida Verona, siempre ardiente en la fe y en obras egregias, apostólicas y santas.


* Discorsi Messaggi Colloqui del Santo Padre Giovanni XXIII, vol. IV, pp. 377-383.

 

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