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ALOCUCIÓN DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
AL TERMINAR LA XXXVI CONGREGACIÓN GENERAL DEL CONCILIO
*

Viernes 7 de diciembre de 1962

 

Venerables hermanos:

Con particular alegría podemos presentaros nuestro saludo en esta vuestra reunión en la Basílica Vaticana al término de la primera Sesión del Concilio Ecuménico Vaticano II.

El rezo del Ángelus —oración que nos resulta suavísima— que acabamos de realizar, sella vuestras Congregaciones Generales que se han visto precisadas a desplegar en estos dos meses una ingentísima mole de trabajo.

Nos place aseguraros públicamente que Nos durante todo este período hemos estado más que nunca cerca de vosotros; cerca con la oración que confiadamente hemos dirigido por vosotros a Dios Omnipotente, dador de todo bien; cerca, con el espíritu dispuesto a seguir con atención suave y gozosa la contribución que cada uno de vosotros ha aportado.

Hoy aprovechamos gustosos la ocasión que se nos presenta para expresaros a todos nuestro reconocimiento. Pues las ansias pastorales que habéis manifestado o dirigiendo los trabajos o con vuestros escritos o con la palabra o con los consejos, nos han hecho escuchar, en cierto modo, la voz de toda la catolicidad que, con sólida esperanza y expectación en el presente período, ha tenido puesta su atención en esta reunión. Debemos, además, expresar en vuestra alabanza, que realmente la caridad en la verdad ha imperado soberanamente en vuestra reunión; lo que nos impulsa a expresar nuestro vivísimo reconocimiento al Señor.

Pero también una palabra de complacencia por el espectáculo que esta Asamblea de la Iglesia, una, santa, católica y apostólica, ha ofrecido al mundo.

Desde el 12 de octubre, en que los obispos de la catolicidad desfilaron procesionalmente con Nos y con sus brillantes insignias de la respectiva dignidad, hasta la ceremonia de mañana, ha sido la Iglesia docente que, unida en ocasión única, se ha preparado para el estudio y la formulación de las normas para cuyo objetivo fue convocado el Concilio.

¿Y qué decir del espectáculo del miércoles pasado? Nuestra mirada se pasó con intensa emoción sobre vuestro grupo singularísimo, que destacaba como una llama en la plaza de San Pedro. Fue un encuentro recoleto y gozoso, rico en motivos de gran edificación para los fieles presentes.

El padre con sus hijos; y todos nuestros hermanos en el episcopado reunidos bajo las miradas del cielo para orar, para bendecir, para alegrarse juntamente con Nos en un himno de gratitud al Señor y a su Madre.

Una vez más deseamos daros las gracias con todo el corazón por tal testimonio de ferviente afecto.

Esperamos ahora con emoción el rito de mañana en el que os saludaremos de nuevo, junto al sepulcro de San Pedro, cuando os preparéis ya para volver a vuestras sedes, terminada ya esta sesión. En tal ocasión, que la cristiandad mira con respetuosa atención, nos encontraremos aquí para rendir homenaje con amor de hijos a la Virgen Inmaculada, Madre de Dios y Madre nuestra, a fin de que esté siempre a nuestro lado con su maternal protección, para implorar con ella a todos los santos del cielo a fin de que nos ayuden a hacer honor a nuestro servicio pastoral que no tiene otro fin ni otro deseo que el conocimiento y la penetración del Evangelio de Cristo en nuestro tiempo.

Este ha sido el propósito del Concilio y a él se vuelve la confiada espera de todos nosotros, de cuantos somos pastores en la Santa Iglesia.

Venerables hermanos:

He aquí nuestros votos augurales, que habíamos deseado tanto expresaros hoy para poder gustar una vez más la alegría descrita en el salmo: “Oh cuán hermoso y grato es que los hermanos habiten en común” (Ps 132, 1). Con esta íntima complacencia y con el pensamiento de que todavía mañana os volveremos a ver, invocamos para vosotros toda clase de dones de la divina benevolencia a la vez que os damos, con paternal afecto, la Bendición Apostólica.

 


*  AAS 55 (1963) 33; Discorsi-Messaggi-Colloqui del Santo Padre Giovanni XXIII, vol. V, pp. 19-20.

 

 

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