CARTA ENCÍCLICA
DIVINUM ILLUD MUNUS DEL
SUMO PONTÍFICE LEÓN XIII SOBRE LA PRESENCIA Y VIRTUD ADMIRABLE DEL
ESPÍRITU SANTO
—
INTRODUCCIÓN
1. Aquella divina misión que, recibida del
Padre en beneficio del género humano, tan santísimamente desempeñó
Jesucristo, tiene como último fin hacer que los hombres lleguen a participar
de una vida bienaventurada en la gloria eterna; y, como fin inmediato, que
durante la vida mortal vivan la vida de la gracia divina, que al final se abre
florida en la vida celestial.
Por ello, el Redentor mismo no cesa de invitar
con suma dulzura a todos los hombres de toda nación y lengua para que vengan
al seno de su Iglesia: Venid a mí todos; Yo soy la vida; Yo
soy el buen pastor. Mas, según sus altísimos decretos, no quiso El
completar por sí sólo incesantemente en la tierra dicha misión, sino que,
como El mismo la había recibido del Padre, así la entregó al Espírítu
Santo para que la llevara a perfecto término. Place, en efecto, recordar las
consoladoras frases que Cristo, poco antes de abandonar el mundo, pronunció
ante los apóstoles: «Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, no
vendrá vuestro abogado; en cambio, si me voy, os lo enviaré».
Y al decir así, dio como razón principal de
su separación y de su vuelta al Padre el provecho que sus discipulos habían
de recibir de la venida del Espíritu Santo; al mismo tiempo que mostraba
cómo éste era igualmente enviado por El y, por lo tanto, que de El procedía
como del Padre; y que como abogado, como consolador y como maestro concluiría
la obra por El comenzada durante su vida mortal. La perfección de su obra
redentora estaba providentísimamente reservada a la múltiple virtud de este
Espíritu, que en la creación adornó los cielos(2) y llenó la tierra(3).
2. Y Nos, que constantemente hemos procurado,
con auxilio de Cristo Salvador, príncipe de los pastores y obispo de nuestras
almas, imitar sus ejemplos, hemos continuado religiosamente su misma misión,
encomendada a los apóstoles, principalmente a Pedro, cuya dignidad también
se transmite a un heredero menos digno(4). Guiados por esa intención, en
todos los actos de nuestro pontificado a dos cosas principalmente hemos atendido
y sin cesar atendemos. Primero, a restaurar la vida cristiana así en la
sociedad pública como en la familiar, tanto en los gobernantes como en los
pueblos; porque sólo de Cristo puede derivarse la vida para todos. Segundo, a
fomentar la reconciliación con la Iglesia de los que, o
en la fe o por la obediencia, están separados de ella; pues la verdadera
voluntad del mismo Cristo es que haya sólo un rebaño bajo un solo Pastor. Y
ahora, cuando nos sentimos cerca ya del fin de nuestra mortal carrera, place
consagrar toda nuestra obra, cualquiera que ella haya sido, al Espíritu
Santo, que es vida y amor, para que la fecunde y la madure. Para cumplir mejor
y más eficazmente nuestro deseo, en vísperas de la solemnidad de
Pentecostés, queremos hablaros de la admirable presencia y poder del mismo
Espíritu; es decir, sobre la acción que El ejerce en
la Iglesia y en las almas merced al don de sus gracias y
celestiales carismas. Resulte de ello, como es nuestro deseo ardiente, que en
las almas se reavive y se vigorice la fe en el augusto misterio de la
Trinidad, y especialmente crezca la devoción al divino Espíritu, a quien
de mucho son deudores todos cuantos siguen el camino de la
verdad y de la justicia; pues, como señaló San
Basilio, toda la economía divina en torno al hombre, si
fue realizada por nuestro Salvador y Dios, Jesucristo, ha sido llevada a
cumplimiento por la gracia del Espíritu Santo(5).
EL MISTERIO DE LA TRINIDAD
3. Antes de entrar en materia será conveniente
y útil tratar algo sobre el misterio de la sacrosanta Trinidad.
Este misterio, el más grande de todos los misterios,
pues de todos es principio y fin, se llama por los doctores sagrados
sustancia del Nuevo Testamento; para conocerlo y contemplarlo han sido
, creados en el cielo los ángeles y en la tierra los hombres; para enseñar
con más claridad lo prefigurado en el Antiguo Testamento, Dios mismo
descendió de los ángeles a los hombres: «Nadie vio jamás a Dios; el Hijo
unigénito que está en el seno del Padre, El nos lo ha revelado»(6).
Así pues, quien escriba o hable sobre la
Trinidad siempre deberá tener ante la vista lo que prudentemente amonesta el
Angélico: «Cuando se habla de la Trinidad, conviene hacerlo con prudencia y
humildad, pues —como
dice Agustín—
en ninguna otra materia intelectual es mayor o el trabajo o el peligro de
equivocarse o el fruto una vez logrado»(7). Peligro que procede de confundir
entre sí, en la fe o en la piedad, a las divinas personas o de multiplicar su
única naturaleza; pues la fe católica nos enseña a venerar un solo Dios en
la Trinidad y la Trinidad en un solo Dios.
4. Por ello, nuestro predecesor Inocencio XII
no accedió a la petición de quienes solicitaban una fiesta especial en honor
del Padre. Si hay ciertos días festivos para celebrar cada uno de los
misterios del Verbo Encarnado, no hay una fiesta propia
para celebrar al Verbo tan sólo según su divina naturaleza; y aun la misma
solemnidad de Pentecostés, ya tan antigua, no se refiere simplemente al
Espíritu Santo por sí, sino que recuerda su venida o externa misión. Todo
ello fue prudentemente establecido para evitar que nadie multiplicara la
divina esencia, al distinguir las Personas. Más aún: la Iglesia, a fin de
mantener en sus hijos la pureza de la fe, quiso instituir la fiesta de la
Santísima Trinidad, que luego Juan XXII mandó celebrar en todas partes;
permitió que se dedicasen a este misterio templos y altares y, después de
celestial visión, aprobó una Orden religiosa para la redención de cautivos,
en honor de la Santísima Trinidad, cuyo nombre la distinguía.
Conviene añadir que el culto tributado a los
Santos y Angeles, a la Virgen Madre de Dios y a Cristo, redunda todo y se
termina en la Trinidad. En las preces consagradas a una de las tres divinas
personas, también se hace mención de las otras; en las letanías, luego de
invocar a cada una de las Personas separadamente, se termina por su invocación
común; todos los salmos e himnos tienen la misma doxología al Padre, al Hijo
y al Espíritu Santo; las bendiciones, los ritos, los sacramentos, o se hacen
en nombre de la santa Trinidad, o les acompaña su intercesión. Todo lo cual
ya lo había anunciado el Apóstol con aquella frase: «Porque
de Dios, por Dios y en Dios son todas las cosas, a Dios sea la gloria
eternamente»(8); significando así la trinidad de las Personas y la unidad de
naturaleza, pues por ser ésta una e idéntica en cada una de las Personas,
procede que a cada una se tribute, como a uno y mismo Dios, igual gloria y
coeterna majestad. Comentando aquellas palabras, dice San Agustín: «No se
interprete confusamente lo que el Apóstol distingue, cuando dice "de
Dios, por Dios, en Dios"; pues dice "de Dios", por el Padre;
"por Dios", a causa del Hijo; "en Dios", por relación al
Espíritu Santo(9).
Apropiaciones
5. Con gran propiedad, la Iglesia acostumbra
atribuir al Padre las obras del poder; al Hijo, las de la sabiduría; al
Espíritu Santo, las del amor. No porque todas las perfecciones y todas las
obras ad extra no sean comunes a las tres divinas Personas, pues
indivisibles son las obras de la Trinidad, como indivisa es su esencia(10),
porque así como las tres Personas divinas son inseparables, así obran
inseparablemente(11); sino que por una cierta relación y como afinidad que
existe entre las obras externas y el carácter «propio» de
cada Persona, se atribuyen a una más bien que a las otras, o —como
dicen—
«se apropian». Así como de la semejanza del vestigio o imagen hallada en
las criaturas nos servimos para manifestar las divinas Personas, así hacemos
también con los atributos divinos; y la manifestación deducida de los
atributos divinos se dice «apropiación»(12).
De esta manera, el Padre, que es principio de
toda la Trinidad(13), es la causa eficiente de todas las cosas, de la
Encarnación del Verbo y de la santificación de las almas: «de Dios son
todas las cosas»; «de Dios», por relación al Padre; el Hijo, Verbo e
Imagen de Dios, es la causa ejemplar por la que todas las cosas tienen forma y
belleza, orden y armonía, él, que es camino, verdad, vida, ha reconciliado
al hombre con Dios; «por Dios», por relación al Hijo; finalmente, el
Espíritu Santo es la causa última de todas las cosas, puesto que, así como
la voluntad y aun toda cosa descansa en su fin, así El, que es la bondad y el
amor del Padre y del Hijo, da impulso fuerte y suave y como la última mano al
misterioso trabajo de nuestra eterna salvación: «en Dios», por relación al
Espíritu Santo.
El Espíritu Santo y Jesucristo
6. Precisados ya los actos de fe y de culto
debidos a la augustísima Trinidad, todo lo cual nunca se inculcará bastante
al pueblo cristiano, nuestro discurso se dirige ya a tratar del eficaz poder
del Espíritu Santo. Ante todo, dirijamos una mirada a Cristo, fundador de la
Iglesia y Redentor del género humano. Entre todas las obras de Dios ad
extra, la más grande es, sin duda, el misterio de la Encarnación del
Verbo; en él brilla de tal modo la luz de los divinos atributos, que ni es
posible pensar nada superior ni puede haber nada más saludable para nosotros.
Este gran prodigio, aun cuando se ha realizado por toda la Trinidad, sin
embargo se atribuye como «propio» al Espíritu Santo, y así dice el
Evangelio que la concepción de Jesús en el seno de la Virgen fue obra del
Espíritu Santo(14), y con razón, porque el Espíritu Santo es la caridad del
Padre y del Hijo, y este gran misterio de la bondad divina(15), que es la
Encarnación, fue debido al inmenso amor de Dios al hombre, como advierte San
Juan: «Tanto amó Dios al mundo, que le dio su Hijo Unigénito»(16).
Añádase que por dicho acto la humana naturaleza fue levantada a la unión
personal con el Verbo, no por mérito alguno, sino sólo por pura gracia, que
es don propio del Espíritu Santo: El admirable modo, dice San Agustín, con
que Cristo fue concebido por obra del Espíritu Santo, nos da a entender la
bondad de Dios, puesto que la naturaleza humana, sin mérito alguno
precedente, ya en el primer instante fue unida al Verbo de Dios en unidad tan
perfecta de persona que uno mismo fuese a la vez Hijo de
Dios e Hijo del hombre(17).
Por obra del Espíritu Divino tuvo lugar no
solamente la concepción de Cristo, sino también la santificación de su
alma, llamada unción en los Sagrados Libros(18), y así es como toda acción
suya se realizaba bajo el influjo del mismo Espíritu(19), que también
cooperó de modo especial a su sacrificio, según la frase de San Pablo: «Cristo,
por medio del Espíritu Santo, se ofreció como hostia inocente a Dios»(20).
Después de todo esto, ya no extrañará que todos los carismas del Espíritu
Santo inundasen el alma de Cristo. Puesto que en El hubo una abundancia de
gracia singularmente plena, en el modo más grande y con la mayor eficacia que
tenerse puede; en él, todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, las
gracias gratis datas, las virtudes, y plenamente todos los dones, ya
anunciados en las profecías de Isaías(21), ya simbolizados en aquella
misteriosa paloma aparecida en el Jordán, cuando Cristo con su bautismo
consagraba sus aguas para el nuevo Testamento.
Con razón nota San Agustín que Cristo no
recibió el Espíritu Santo siendo ya de treinta años, sino que cuando fue
bautizado estaba sin pecado y ya tenía el Espíritu Santo; entonces, es
decir, en el bautismo, no hiza sino prefigurar a su cuerpo místico, es decir,
a la Iglesia en la cual los bautizados reciben de modo peculiar el Espíritu
Santo(22). Y así la aparición sensible del Espíritu sobre Cristo y su
acción invisible en su alma representaban la doble misión del Espíritu
Santo, visible en la Iglesia, e invisible en el alma de los justos.
EL ESPÍRITU SANTO Y LA IGLESIA
En los apóstoles, obispos y sacerdotes
7. La Iglesia, ya concebida y nacida del
corazón mismo del segundo Adán en la Cruz, se manifestó a los hombres por
vez primera de modo solemne en el celebérrimo día de Pentecostés con
aquella admirable efusión, que había sido vaticinada por el profeta Joel(23);
y en aquel mismo día se iniciaba la acción del divino Paráclito en el
místico cuerpo de Cristo, posándose sobre los apóstoles, como nuevas
coronas espirituales, formadas con lenguas de fuego, sobre sus cabezas(24).
Y entonces los apóstoles descendieron del monte,
como escribe el Crisóstomo, no ya llevando en sus manos como Moisés tablas
de piedra, sino al Espíritu Santo en su alma, derramando el tesoro y fuente
de verdades y de carismas(25). Así, ciertamente se cumplía la última
promesa de Cristo a sus apóstoles, la de enviarles el Espíritu Santo, para
que con su inspiración completara y en cierto modo sellase el depósito de la
revelación: «Aún tengo que deciros muchas cosas, mas no las entenderíais
ahora; cuando viniere el Espíritu de verdad, os enseñará toda verdad»(26).
El Espíritu Santo, que es espíritu de verdad, pues procede del Padre, Verdad
eterna, y del Hijo, Verdad sustancial, recibe de uno y otro, juntamente con la
esencia, toda la verdad que luego comunica a la Iglesia, asistiéndola para
que no yerre jamás, y fecundando los gérmenes de la revelación hasta que,
en el momento oportuno, lleguen a madurez para la salud de los pueblos. Y como
la Iglesia, que es medio de salvación, ha de durar hasta la consumación de
los siglos, precisamente el Espíritu Santo la alimenta y acrecienta en su
vida y en su virtud: «Yo rogaré al Padre y El os mandará el Espíritu de
verdad, que se quedará siempre con vosotros»(27). Pues por El son
constituidos los obispos, que engendran no sólo hijos, sino también padres,
esto es, sacerdotes, para guiarla y alimentarla con aquella misma sangre con
que fue redimida por Cristo: «El Espíritu Santo ha puesto a los obispos para
regir la Iglesia de Dios, que Cristo adquirió con su sangre»(28); unos y
otros, obispos y sacerdotes, por singular don del Espíritu tienen poder de
perdonar los pecados, según Cristo dijo a sus apóstoles: «Recibid el
Espíritu Santo: a los que perdonareis los pecados, les serán perdonados, y a
los que se los retuviereis, les serán retenidos»(29).
En las almas
8. Nada confirma tan claramente la divinidad de la Iglesia como el glorioso
esplendor de carismas que por todas partes la circundan, corona magnífica que
ella recibe del Espíritu Santo. Baste, por último, saber que si Cristo es la
cabeza de la Iglesia, el Espíritu Santo es su alma: «Lo que el alma es en
nuestro cuerpo, es el Espíritu Santo en el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia»(30).
Si esto es así, no cabe imaginar ni esperar ya otra mayor y más abundante
manifestación y aparición del Divino Espíritu, pues la Iglesia tiene ya la
máxma, que ha de durarle hasta que, desde el estadio de la milicia terrenal,
sea elevada triunfante al coro alegre de la sociedad celestial.
No menos admirable, aunque en verdad sea más
dificil de entender, es la acción del Espíritu Santo en las almas, que
se-esconde a toda mirada sensible.
Y esta efusión del Espíritu es de abundancia tanta que el mismo Cristo, su
donante, la asemejó a un río abundantísimo, como lo afirma San Juan: «Del
seno de quien creyere en Mí, como dice la Escritura, brotarán fuentes de agua
viva»; testimonio que glosó el mismo evangelista, diciendo: «Dijo esto del
Espíritu Santo, que los que en El creyesen habían de recibir»(31) .
En el Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento
9. Cierto es que aun en los mismos justos del Antiguo Testamento ya inhabitó el
Espíritu Santo, según lo sabemos de los profetas, de
Zacarías, del Bautista, de Simeón y de Ana; pues no fue en Pentecostés
cuando el Espíritu Santo comenzó a inhabitar en los Santos por vez primera:
en aquel día aumentó sus dones, mostrándose más rico y más abundante en
su largueza(32). También aquéllos eran hijos de Dios, mas aún permanecían
en la condición de siervos, porque tampoco el hijo se diferencia del siervo,
mientras está bajo tutela(33); a más de que la justicia en ellos no era sino
por los previstos méritos de Cristo, y la comunicación del Espíritu Santo
hecha después de Cristo es mucho más copiosa, como la cosa pactada vence en
valor a la prenda, y como la realidad excede en mucho a su figura. Y por ello
así lo afirmó Juan: «Aún no había sido dado el Espíritu Santo, porque Jesús
no había sido glorificado»(34). Inmediatamente que Cristo, ascendiendo a lo
alto, hubo tomado posesión de su reino, conquistado con tanto trabajo, con
divina munificencia abrió sus tesoros, repartiendo a los hombres los dones
del Espíritu Santo(35): «Y no es que antes no hubiese sido mandado el
Espíritu Santo, sino que no había sido dado como lo fue después de la
glorificación de Cristo»(36). Y ello porque la naturaleza humana es
esencialmente sierva de Dios: «La criatura es sierva, nosotros somos siervos
de Dios según la naturaleza»(37); más aún: por el primer pecado toda
nuestra naturaleza cayó tan baja que se tornó enemiga de Dios: «Eramos por
la naturaleza hijos de la ira»(38). No había fuerza capaz de levantarnos de
caída tan grande y rescatarnos de la eterna ruina. Pero Dios, que nos había
creado, se movió a piedad; y por medio de su Unigénito restituyó al hombre
a la noble altura de donde había caído, y aun le realzó con más abundante
riqueza de dones. Ninguna lengua puede expresar esta labor de la divina gracia
en las almas de los hombres, por la que son llamados, ya en las Sagradas
Escrituras, ya en los escritos de los Padres de la Iglesia, regenerados,
criaturas nuevas, participantes de la divina naturaleza, hijos de Dios,
deificados, y así más aún. Ahora bien: beneficios tan grandes propiamente
los debemos al Espíritu Santo.
El es el Espíritu de adopción de los hijos, en el cual clamamos: «Abba»,
«Padre»; inunda los corazones con la dulzura de su paternal amor: da
testimonio a nuestro espíritu de que somos hjos de Dios(39). Para declarar lo
cual es muy oportuna aquella observación del Angélico, de que hay cierta
semejanza entre las dos obras del Espíritu Santo; puesto que por la virtud del
Espíritu Santo Cristo fue concebido en santidad para ser hijo natural de Dios,
y los hombres son santificados para ser hijos adoptivos de Dios(40). Y así, con
mucha mayor nobleza aún que en el orden natural, la espiritual generación es
fruto del Amor increado.
En los sacramentos
10. Esta regeneración y renovación comienza
para cada uno en el bautismo, sacramento en el que, arrojado del alma el
espíritu inmundo, desciende a ella por primera vez el Espíritu Santo,
haciéndola semejante a sí: «Lo que nace del Espíritu es espíritu»(41).
Con más abundancia se nos da el mismo Espíritu en la confirmación, por la
que se nos infunde fortaleza y constancia para vivir como cristianos: es el
mismo Espíritu el que venció en los mártires y triunfó en las vírgenes
sobre los halagos y peligros. Hemos dicho que «se nos da el mismo
Espíritu»: «La caridad de Dios se difunde en nuestros corazones por el
Espíritu Santo que nos ha sido dado»(42). Y en verdad, no sólo nos llena
con divinos dones, sino que es autor de los mismos, y aun El mismo es el don
supremo porque, al proceder del mutuo amor del Padre y del Hijo, con razón es
don del Dios altísimo. Para mejor entender la naturaleza y efectos de este
don, conviene recordar cuanto, después de las Sagradas Escrituras, enseñaron
los sagrados doctores, esto es, que Dios se halla presente a todas las cosas y
que está en ellas: por potencia, en cuanto se hallan sujetas a su potestad;
por presencia, en cuanto todas están abiertas y patentes a sus ojos; por
esencia, porque en todas se halla como causa de su ser(43). Mas en la criatura
racional se encuentra Dios ya de otra manera; esto es, en
cuanto es conocido y .amado, ya que según naturaleza es amar el bien,
desearlo y buscarlo. Finalmente, Dios, por medio de su gracia, está en el
alma del justo en forma más íntima e inefable, como en su templo; y de ello
se sigue aquel mutuo amor por el que el alma está íntimamente presente a
Dios, y está en él más de lo que pueda suceder entre los amigos más
queridos, y goza de él con la más regalada dulzura.
En la inhabitación
11. Y esta admirable unión, que propiamente se
llama inhabitación, y que sólo en la condición o estado, mas no en la
esencia, se diferencia de la que constituye la felicidad en el cielo, aunque
realmente se cumple por obra de toda la Trinidad, por la venida y morada de
las tres divinas Personas en el alma amante de Dios, vendremos a él y haremos
mansión junto a él(44), se atribuye, sin embargo, como peculiar al Espíritu
Santo. Y es cierto que hasta entre los impíos aparecen vestigios del poder y
sabiduría divinos; mas de la caridad, que es como «nota» propia del
Espíritu Santo, tan sólo el justo participa.
Añádase que a este Espíritu se le da el
apelativo de Santo, también porque, siendo el primero y eterno Amor, nos
mueve y excita a la santidad, que en resumen no es sino el amor a Dios. Y
así, el Apóstol, cuando llama a los justos templos de Dios, nunca les llama
expresamente templos «del Padre» o «del Hijo», sino «del Espíritu
Santo»: «¿Ignoráis que vuestros miembros son templo del Espíritu Santo,
que está en vosotros, pues le habéis recibido de Dios?»(45). A la
inhabitación del Espíritu Santo en las almas justas sigue la abundancia de
los dones celestiales. Así enseña Santo Tomás: «El Espíritu Santo, al proceder
como Amor, procede en razón de don primero; por esto dice Agustín que, por
medio de este don que es el Espíritu Santo, muchos otros dones se distribuyen
a los miembros de Cristo(46). Entre estos dones se hallan aquellos ocultos
avisos e invitaciones que se hacen sentir en la mente y en el corazón por la
moción del Espíritu Santo; de ellos depende el principio del buen camino, el
progreso en él y la salvación eterna. Y puesto que estas voces e
inspiraciones nos llegan muy ocultamente, con toda razón en las Sagradas
Escrituras alguna vez se dicen semejantes al susurro del viento; y el
Angélico Doctor sabiamente las compara con los movimientos del corazón, cuya
virtud toda se halla oculta: «El corazón tiene una cierta influencia oculta,
y por ello al corazón se compara el Espíritu Santo que invisiblemente
vivifica a la Iglesia y la une»(47).
En los siete dones y en los frutos
12. Y el hombre justo, que ya vive la vida de
la divina gracia y opera por congruentes virtudes, como el alma por sus
potencias, tiene necesidad de aquellos siete dones que se Ilaman propios del
Espíritu Santo. Gracias a éstos el alma se dispone y se fortalece para
seguir más fácil y prontamente las divinas inspiraciones: es tanta la
eficacia de estos dones, que la conducen a la cumbre de la santidad; y tanta
su excelencia, que perseveran intactos, aunque más perfectos, en el reino
celestial. Merced a esos dones, el Espíritu Santo nos mueve y realza a desear
y conseguir las evangélicas bienaventuranzas, que son como flores abiertas en
la primavera, cual indicio y presagio de la eterna bienaventuranza. Y muy
regalados son, finalmente, los frutos enumerados por el Apóstol(48) que el
Espíritu Santo produce y comunica a los hombres justos, aun durante la vida
mortal, llenos de toda dulzura y gozo, pues son del Espíritu Santo que en la
Trinidad es el amor del Padre y del Hijo y que llena de infinita dulzura a las
criaturas todas(49).
Y así el Divino Espíritu, que procede del Padre y del Hijo en la eterna luz de
santidad como amor y como don, luego de haberse manifestado a través de
imágenes en el Antiguo Testamento, derrama la abundancia de sus dones en Cristo
y en su cuerpo místico, la Iglesia; y con su gracia y saludable presencia alza
a los hombres de los caminos del mal, cambiándoles de terrenales y pecadores en
criaturas espirituales y casi celestiales. Pues tantos
y tan señalados son los beneficios recibidos de la bondad del Espíritu Santo,
la gratitud nos obliga a volvernos a El, llenos de amor y devoción.
EXHORTACIONES
Foméntese el conocimiento y amor del Espíritu Santo
13. Seguramente harán esto muy bien y
perfectamente los hombres cristianos si cada día se empeñaren más en
conocerle, amarle y suplicarle; a ese fin tiende esta exhortación dirigida a
los mismos, tal como surge espontánea de nuestro paternal ánimo.
Acaso no falten en nuestros días algunos que, de
ser interrogados como en otro tiempo lo fueron algunos por San Pablo «si
habían recibido el Espíritu Santo», contestarían a su vez: «Nosotros, ni
siquiera hemos oído si existe el Espíritu Santo»(50). Que si a tanto no
llega la ignorancia, en una gran parte de ellos es muy escaso su conocimiento
sobre El; tal vez hasta con frecuencia tienen su nombre en los labios,
mientras su fe está llena de crasas tinieblas. Recuerden, pues, los
predicadores y párrocos que les pertenece enseñar con diligencia y
claramente al pueblo la doctrina católica sobre el Espíritu Santo, mas
evitando las cuestiones arduas y sutiles y huyendo de la necia curiosidad que
presume indagar los secretos todos de Dios. Cuiden recordar y explicar
claramente los muchos y grandes beneficios que del Divino Dador nos vienen
constantemente, de forma que sobre cosas tan altas desaparezca el error y la
ignorancia, impropios de los hijos de la luz. Insistimos en esto no sólo por
tratarse de un misterio, que directamente nos prepara para la vida eterna y
que, por ello, es necesario creer firme y expresamente, sino también porque,
cuanto más clara y plenamente se conoce el bien, más intensamente se le
quiere y se le ama. Esto es lo que ahora queremos recomendaros: Debemos amar
al Espíritu Santo, porque es Dios: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón,
con toda tu alma y con toda tu fortaleza(51). Y ha de ser
amado, porque es el Amor sustancial eterno y primero, y no hay cosa más
amable que el amor; y luego tanto más le debemos amar cuanto que nos ha
llenado de inmensos beneficios que, si atestiguan la benevolencia del donante,
exigen la gratitud del alma que los recibe. Amor este que tiene una doble
utilidad, ciertamente no pequeña. Primeramente nos obliga a tener en esta
vida un conocimiento cada día más claro del Espíritu Santo: El que ama,
dice Santo Tomás, no se contenta con un conocimiento superficial del amado,
sino que se esfuerza por conocer cada una de las cosas que le pertenecen intrínsecamente,
y así entra en su interior, como del Espíritu Santo, que es amor de Dios, se
dice que examina hasta lo profundo de Dios(52). En segundo lugar, que será
mayor aún la abundancia de sus celestiales dones, pues como la frialdad hace
cerrarse la mano del donante, el agradecimiento la hace ensancharse. Y
cuídese bien de que dicho amor no se limite a áridas disquisiciones o a
externos actos religiosos; porque debe ser operante, huyendo del pecado, que
es especial ofensa contra el Espíritu Santo. Cuanto somos y tenemos, todo es
don de la divina bondad que corresponde como propia al Espíritu Santo; luego
el pecador le ofende al mismo tiempo que recibe sus beneficios, y abusa de sus
dones para ofenderle, al mismo tiempo que, porque es bueno, se alza contra El
multiplicando incesantes sus culpas.
No le entristezcamos
14. Añádase, además, que, pues el
«Espíritu Santo es espíritu de verdad, si alguno falta por debilidad o
ignorancia, tal vez tenga alguna excusa ante el tribunal de Dios; mas el que
por malicia se opone a la verdad o la rehúye, comete
gravísimo pecado contra el Espíritu Santo. Pecado tan frecuente en nuestra
época que parecen llegados los tristes tiempos descritos por San Pablo, en
los cuales, obcecados los hombres por justo juicio de Dios, reputan como
verdaderas las cosas falsas, y al príncipe de este mundo, que es mentiroso y
padre de la mentira, le creen como a maestro de la verdad: Dios les enviará
espíritu de error para que crean a la menlira(53): en los últimos tiempos se
separarán algunos de la fe, para creer en los espíritus del error y en las
doctrinas de los demonios(54): Y por cuanto el Espíritu Santo, según antes
hemos dicho, habita en nosotros como en su templo, repitamos con el Apóstol:
«No queráis contristar al Espíritu Santo de Dios, que os ha consagrado»(55).
Para ello no basta huir de todo lo que es inmundo, sino que el hombre
cristiano debe resplandecer en toda virtud, especialmente en pureza y
santidad, para no desagradar a huésped tan grande, puesto que la pureza y la
santidad son las propias del templo. Por ello exclama el mismo Apóstol: «Pero
¿es que no sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita
en vosotros? Si alguno osare profanar el templo de Dios, será maldito de
Dios, pues el templo debe ser santo y vosotros sois este templo»(56); amenaza
tremenda, pero justísima.
Pidamos el Espíritu Santo
15. Por último, conviene rogar y pedir al
Espíritu Santo, cuyo auxilio y protección todos necesitamos en extremo.
Somos pobres, débiles, atribulados, inclinados al mal: luego recurramos a El,
fuente inexhausta de luz, de consuelo y de gracia. Sobre todo, debemos pedirle
perdón de los pecados, que tan necesario nos es, puesto que es el Espíritu
Santo don del Padre y del Hijo, y los pecadores son perdonados por medio del
Espíritu Santo como por don de Dios(57), lo cual se proclama expresamente en
la liturgia cuando al Espíritu Santo le llama remisión de todos los pecados(58).
Cuál sea la manera conveniente para invocarle, aprendámoslo de la Iglesia,
que suplicante se vuelve al mismo Espíritu Santo y lo llama con
los nombres más dulces de padre de los pobres, dador de los dones, luz de los
corazones, consolador benéfico, huésped del alma, aura de refrigerio; y le
suplica encarecidamente que limpie, sane y riegue nuestras mentes y nuestros
corazones, y que conceda a todos los que en El confiamos el premio de la virtud,
el feliz final de la vida presente, el perenne gozo en la futura. Ni cabe
pensar que estas plegarias no sean escuchadas por aquel de quien leemos que
ruega por nosotros con gemidos inefables(59). En resumen, debemos suplicarle
con confianza y constancia para que diariamente nos ilustre más y más con su
luz y nos inflame con su caridad, disponiéndonos así por la fe y por el amor
a que trabajemos con denuedo por adquirir los premios eternos, puesto que El
es la prenda de nuestra heredad(60).
Novena del Espíritu Santo
16. Ved, venerables hermanos, los avisos y
exhortaciones nuestras sobre la devoción al Espíritu Santo, y no dudamos que
por virtud principalmente de vuestro trabajo y solicitud, se han de producir
saludables frutos en el pueblo cristiano. Cierto que jamás faltará nuestra
obra en cosa de tan gran importancia; más aún, tenemos la intención de
fomentar ese tan hermoso sentimiento de piedad por aquellos modos que
juzgaremos más convenientes a tal fin. Entre tanto, puesto que Nos, hace
ahora dos años, por medio del breve Provida Matris, recomendamos a los
católicos para la solemnidad de Pentecostés algunas especiales oraciones a
fin de suplicar por el cumplimiento de la unidad cristiana, nos place ahora
añadir aquí algo más. Decretamos, por lo tanto, y mandamos que en todo el
mundo católico en este año, y siempre en lo por venir, a la fiesta de
Pentecostés preceda la novena en todas las iglesias parroquiales y también
aun en los demás templos y oratorios, a juicio de los Ordinarios.
Concedemos la indulgencia de siete años
y otras tantas cuarentenas por cada día a todos los que asistieren a la
novena y oraren según nuestra intención, además de la indulgencia plenaria
en un día de la novena, o en la fiesta de Pentecostés y aun dentro de la
octava, siempre que confesados y comulgados oraren según nuestra intención.
Queremos igualmente también que gocen de tales beneficios todos aquellos que,
legítimamente impedidos, no puedan asistir a dichos cultos públicos,
y ello aun en los lugares donde no pudieren celebrarse cómodamente —a
juicio del Ordinario—
en el templo, con tal que privadamente hagan la novena y cumplan las demás
obras y condiciones prescritas. Y nos place añadir del tesoro de la Iglesia
que puedan lucrar nuevamente una y otra indulgencia todos los que en privado o
en público renueven según su propia devoción algunas oraciones al Espíritu
Santo cada día de la octava de Pentecostés hasta la fiesta inclusive de la
Santísima Trinidad, siempre que cumplan las demás condiciones arriba
indicadas. Todas estas indulgencias son aplicables también aun a las benditas
almas del Purgatorio.
El Espíritu Santo y la Virgen María
17. Y ahora nuestro pensamiento se vuelve
adonde comenzó, a fin de lograr del divino Espíritu, con incesantes
oraciones su cumplimiento. Unid, pues, venerables hermanos, a nuestras
oraciones también las vuestras, así como las de todos los fieles,
interponiendo la poderosa y eficaz mediación de la Santísima Virgen. Bien
sabéis cuán íntimas e inefables relaciones existen entre ella y el
Espíritu Santo, pues que es su Esposa inmaculada. La Virgen cooperó con su
oración muchísimo así al misterio de la Encarnación como a la venida del
Espíritu Santo sobre los apóstoles. Que Ella continúe, pues, realzando con
su patrocinio nuestras comunes oraciones, para que en medio de las afligidas
naciones se renueven los divinos prodigios del Espíritu Santo, celebrados ya
por el profeta David: «Manda tu Espíritu y serán creados, y renovarás la
faz de la tierra»(61) .
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 9 de mayo del año 1897, vigésimo
de nuestro pontificado.
Notas
1. Jn 16,7.
2. Job 26,13.
3. Sab 1,7.
4. S. León M., Sermo 2 in anniv. ass. suae.
5. De Spiritu Sancto 16,39.
6. Jn 1,18.
7. I q.31 a.2; De Trin. 1,3.
8. Rom 11,36.
9. De Trin. 6 10; 1,6.
10.S. Agustín, De Trin., 1,4 y 5.
11. S. Agustín, ibíd.
12. S. Th., I q.39 a.7.
13. S. Agustín, De Trin. 4,20.
14. Mt 1,18.20.
15. 1 Tim 3,16.
16. Jn 3,16.
17. Enchir. 30. S. Thom., II q.32 a.l.
18. Hech 10,38.
19. S. Basil., De Sp. S. 16.
20. Heb 9,14.
21. 4,1; 11,2.3.
22. De Trin. 15,26.
23. 2,28.29.
24 Cir. Hierosol., Catech. 17.
25. In Mat, hom.l; 2 Cor 3,3.
26. Jn 16,12.13.
27. Ibíd. 14.16,17.
28. Hech 20,28.
29. Jn 20,22.23.
30. S. Agustín, Serm. 187 de temp.
31. 7,38.39.
32. S. León M., Hom. 3 de Pentec.
33. Gál 4,1.2.
34. 7,39.
35 Ef 4,8.
36, Agustín, De Trin. 1,4, c.20.
37. S. Cir. Alex., Thesam. 1,5, c.5.
38. Ef 2,3.
39. Rom 8,15.16.
40. III q.32, a.l
41. Jn 3,7.
42. Rom 5,5.
43. S. Th., I q.8, a.3.
44. Jn 14,23.
45. 1 Cor 6,19.
46. I q.38, a.2. S. Agustín, De Trin.
15,19.
47. II q.8, a.l.
48. Gál v.22.
49. S. Agustín, De Trin. 5,9.
50. Hech 19,2
51. Deut 6,5.
52. 1 Cor 2,10; I-II q.28, a.2.
53. 2 Tes 2,10.
54. 1 Tim 4,1
55. Ef 4,30.
56.1 Cor 3, 16, I 7.
57. S. Th. III q.3, a.8 ad 3.
58. In Miss. Rom. fer. 3 post Pent.
59. Rom 8,26.
60. Ef 1,14.
61. Sal 103,30.
|