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PABLO VI
ÁNGELUS
Plaza de San Pedro
Domingo 31 de mayo de 1979
Desde hoy la Iglesia posee un nuevo santo: san Juan de Ávila. Un santo
español del siglo XVI, gran predicador, gran escritor, gran promotor de la
reforma de la Iglesia en tiempos del Concilio de Trento, y gran maestro de vida
espiritual. Entre sus libros hay uno que merecería ser conocido también en
Italia, incluso hoy, especialmente por las almas religiosas; se titula Audi,
filia: Escucha, hija.
Esta canonización nos hace pensar en el patrimonio de hombres elegidos que
posee la Iglesia y que se ha ido acrecentando en el curso de los siglos; no es
sólo un patrimonio de memorias dignas de ser recordadas por los historiadores y
por los compatriotas; es algo de por sí singular y admirable: no sólo una
tradición del pasado, sino una realidad preciosa que el tiempo no logra gastar.
Es un patrimonio vivo, de personalidades de primer orden, que están todavía con
nosotros, y precisamente de una manera más viva después de que se les ha
reconocido la santidad que les inscribe en esa comunión de los santos que es la
Iglesia: especialmente la Iglesia celestial que, en Cristo y mediante el
Espíritu, comunica también con nosotros, que somos todavía miembros de la
Iglesia terrena y peregrina en este tiempo y en este mundo.
Si existe esta comunión de los santos —¡y ciertamente existe!—, ¿no haríamos
bien en aprovecharnos de ello un poco más de lo que hoy se hace? Debemos conocer
a estos santos, honrarlos e invocarlos y, sobre todo, imitarlos. Hacerlo así
daría el gusto de pensar bien de la humanidad y nos ayudaría a vivir la vida
cristiana. Aunque no lo reconozcamos, está el hecho de que nos dejamos
impresionar por las figuras de hombres singulares: como los artistas, los
deportistas, los héroes, los poderosos; y está bien, éste es un fenómeno de la
convivencia humana; es un mimetismo del que, más o menos, uno no se puede
escapar. Si conociéramos mejor a los santos, podría suceder que fuéramos también
nosotros mejores, más fieles, más cristianos, y, ¿no sería esto algo muy bello?
Intentemos comprender a la Iglesia, que honra a Cristo honrando a sus mejores
discípulos, y demos también nosotros algún paso para ponernos en línea. María
está a la cabeza, y nos invita.
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