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PABLO VI

ÁNGELUS

Domingo 18 de junio de 1978

 

Vivimos tiempos fuertes a juzgar por los acontecimientos de la vida pública que presenta problemas nuevos y graves en el desarrollo aparentemente normal de los hechos, si bien muchos de ellos acusan síntomas de inestabilidad e incertidumbre. Pero así es la vida presente. Hay quien se amolda sin reaccionar, dedicándose sólo a sus intereses particulares. Y ¿nosotros cristianos, en cambio?

No debemos perder el sentido del tiempo, es decir, debemos en primer lugar mantener la confianza al irse sucediendo los acontecimientos; confianza en la ayuda concomitante de la acción solícita y buena de la Providencia, que vela sobre nuestras cosas y sabe sacar de cada situación consecuencias favorables para nuestro bien superior.

O sea, tener un optimismo que flote sobre las ondas tempestuosas muchas veces de nuestra experiencia inmediata nada alegre. "Dios —recuerda San Pablo— no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas" (1 Cor 10, 13).

En segundo lugar, debemos tener fortaleza en medio de los sucesos mudables y adversos de nuestro camino en el tiempo. El tiempo presente es la palestra de nuestras virtudes; no debemos vivir atemorizados ni emperezados, sino que debemos traducir las dificultades de la vida en ejercicio de fidelidad, constancia, paciencia: "Por vuestra paciencia —ha dicho el Señor— salvaréis vuestras almas" (Lc 21, 19).

La vida cristiana exige valentía. Invitamos sobre todo a los jóvenes que tienen el don y la fuerza de la valentía; son los candidatos preferidos a las lecciones del Evangelio.

Palabras grandiosas éstas, y quizá vagas; meditamos y oramos para que nuestra generación, que tanto ha sufrido, acierte a encontrar aquí una fuente de energías generosas y trascendentes.

La Virgen nos enseña: el Señor desplegó el poder de su brazo. Así será también para nosotros.

 

 

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