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PABLO VI
ÁNGELUS
Domingo 9 de julio de 1978
¿Qué diremos, con ocasión del nombramiento del nuevo Presidente de la
República, por no sentirnos forastero en una patria que también es nuestra,
aunque nuestra misión pontificia se asienta sobre una porción de tierra, la
vaticana, totalmente independiente?
Diremos que, como Papa, hemos ya expresado al nuevo jefe del Estado italiano
nuestros votos para su digna persona, así como para su alta función civil. Y
ahora, como Obispo de Roma, le presentamos también el homenaje de la ciudad que,
precisamente en virtud de su tradición histórica y religiosa, quiere ser
expresión de fidelidad y promoción social decidida a aliviar, con humano y
cristiano interés, las necesidades presentes del pueblo italiano y a celebrar,
con plena conciencia, la realización de la original vocación de la Urbe
para los más altos destinos.
Ciertamente, honraremos, en el primer Magistrado de esta nación, el principal
título de la misma, que afecta a todo ciudadano y a cada componente de
cualquier otra sociedad civil: el título de la unidad. Roma es la unidad no
sólo de la gente italiana, sino que es además heredera del ideal típico de la
civilización en cuanto tal, y siempre como centro de la Iglesia católica; es
decir, universal. Roma habla al mundo de hermandad, de concordia y de paz. Y
nosotros trataremos de ser coherentes en nuestra propia adhesión a la vida
civil y espiritual de Roma, a su superior función de promotora de su suprema
prerrogativa: la de ser símbolo viviente de la unidad del género humano.
Así, nuestro homenaje al nuevo jefe civil de este pueblo romano e italiano, se
amplía en un voto espiritual y, digámoslo también, en una oración por la
sociedad terrena que, sin esta superior referencia religiosa, no parece idónea
para hacer válidos y libres sus propósitos de cohesión verdaderamente humana
entre los hijos de este Inundo.
Sí, hermanos; hay que rezar por Roma, por Italia, por el mundo entero.
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