 |
PABLO VI
ÁNGELUS
Castelgandolfo
Domingo 16 de julio de 1978
Teníamos de antemano la intención de dedicar la breve exhortación de este
domingo estivo al estímulo de la conciencia moral, a la que apela, llegando a
la madurez de su reflexión, la nueva página que, en la vida de Europa, han
abierto ante la historia contemporánea las solemnes declaraciones de Helsinki,
con claro sentido de renovado compromiso no sólo por lo que
respecta a la conciencia de cada ciudadano, sino, con mayor razón, a la
colectiva de los pueblos, considerados éstos no sólo en su inviolable soberanía
propia, sino también en cuanto felizmente solidarios entre sí, para el bien
progresivo y común de la humanidad.
Helsinki, a cuyas reuniones ha participado también la Santa Sede con decidida
y cordial atención, quiere ser un momento decisivo y nuevo de la civilización
humana.
Pero he aquí que la consumación de los procesos de que toda la prensa habla, nos
obliga a expresar nuestra pena, no por afán polémico, sino para confirmar
nuestra confianza en la coherente y progresiva maduración del
sentido moral en la humanidad entera.
Las condenas infligidas, con gran severidad, a personas acusadas, según
persuasión común, de infracciones ideológicas, nos obligan, también por los
compromisos contraídos en Helsinki, a apelar a ese espíritu de sentimiento
humano al que estamos obligado.
Aun teniendo en cuenta que, cuando no se dispone de una completa información,
tampoco resulta fácil formular juicios, nadie puede dejar de sentirse
impresionado por la unánime reacción. La cual resulta estimulada por la falta de
publicidad dada a los procedimientos, por la sensación de que los derechos de
defensa no hayan encontrado suficiente tutela, por la desproporción entre penas e imputaciones y, sobre todo, por la convicción hoy patrimonio ya universal de
la cultura y de la sociedad de que una opinión pública o la reivindicación de
un derecho propio, no pueden en cuanto tales, ser perseguidas y castigadas como
delito.
Esta solidaridad que se extiende por encima de las fronteras cuando están en
juego los derechos del hombre, ¿es acaso un abuso o una interferencia? ¿No es
más bien un signo de participación humana en un ideal que va penetrando en todos los niveles, paralelamente al
reconocimiento que encuentra en solemnes documentos internacionales?
Precisamente porque nos parece que tal sensibilidad es un elemento no
subversivo sino promotor de mejores relaciones entre los hombres y los
pueblos, queremos aprovechar la ocasión para formular un deseo: que ese gran
país, ese pueblo, cuya extraordinaria riqueza humana es bien conocida y en el
que pensamos con todo respeto, que todos los países y pueblos del mundo puedan
encontrarse unidos en un común homenaje y en la afirmación práctica del gran
ideal de los derechos del hombre. Y que el sufrimiento de los condenados y de
sus familiares, a quienes dedicamos también nuestra oración de hoy,
se convierta en un bien mayor para dicho país y para toda la humanidad.
|