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PABLO VI
ÁNGELUS
Castelgandolfo
Domingo 23 de julio de 1978
Nos encontramos en este lugar delicioso y tranquilo, por lo que damos gracias a la
Providencia, esperando sacar de nuestra estancia aquí nuevas fuerzas para servir
al Señor y a la Iglesia.
Pero no estamos aislados del mundo que nos rodea y que, desgraciadamente, se ve
turbado por muchos problemas, conflictos y sufrimientos. Vivimos realmente
momentos graves y difíciles, en no pocas partes del mundo.
Por lo demás, en el centro de la Iglesia, nosotros somos como un manómetro, un
instrumento en el que repercuten las presiones, las llagas del Cuerpo de
Cristo, más aún, de toda la humanidad dolorida.
Hoy nuestro pensamiento se dirige de modo especial a Etiopía, un país para
nosotros muy querido. Un país lleno de esperanzas, heredero de antiguas
tradiciones bíblicas y nobles costumbres cristianas. Una nación que presenta
un verdadero mosaico de poblaciones, de aspiraciones, de problemas.
Los llamamientos hechos estos días, por motivos de humanidad, han puesto de
relieve las duras pruebas a que están sometidas algunas partes de aquel
territorio, y especialmente en Eritrea. Desde hace ya tiempo, los organismos de
la Iglesia católica —y otros— se han unido en fraternal colaboración, con
aprobación de aquellas autoridades, para prestar socorro a las poblaciones más
afectadas. Sabemos también que la Iglesia local está dedicándose con heroísmo a
aliviar eficazmente los sufrimientos de sus conciudadanos. No se trata de episodios aislados y
localmente superables. Se trata de una situación muy extendida, con víctimas
incontables, especialmente entre las personas más débiles e indefensas en
general, y extrañas a las devastaciones que causan tantos sufrimientos. Se muere
de hambre.
Queremos asegurar a todos nuestro aprecio por el válido testimonio, inspirado
en el Evangelio, de los buenos, de los valientes, de los generosos que tratan de
prestar ayuda, no siempre suficiente; y apoyamos tal actividad con nuestra
oración, nuestra solidaridad, nuestra ayuda y nuestro más amplio aliento.
Hermanos e hijos carísimos: Aun durante las vacaciones, no nos olvidemos de dar
gracias a la bondad del Señor por el pan que nos da cada día. Y pensemos en
aquellos que, cerca o lejos de nosotros, están luchando no ya para vivir, sino para sobrevivir; tendiéndoles una mano generosa, tanto porque lo necesitan
como porque son nuestros hermanos y llevan impresa en su alma inmortal la misma
imagen del Dios Creador y Redentor.
Que María, Madre de la Iglesia y Consoladora de todos los afligidos, acoja
benigna nuestros auspicios y deseos.
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