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PABLO VI
REGINA COELI
Domingo 2 de abril de 1978
En el día de hoy, octava de Pascua, todo tendría que invitarnos a revivir con
alegría la irradiación espiritual de la gran solemnidad que hace reverberar
sobre la Iglesia naciente el misterio de la nueva vida cristiana y hace florecer
en ella una primavera de retoños constantes de conciencia y de eficaz
laboriosidad; así sea para todos nosotros, alumnos fieles de la liturgia
pascual.
Pero nosotros, insertos como estamos por la fuerza misma de nuestra experiencia
religiosa en la actualidad histórica de nuestro tiempo, no podemos aislarnos de
los acontecimientos dramáticos que afectan profundamente a la vida social en sus
manifestaciones más significativas y atentan contra su solidez.
En efecto, también nosotros tomamos parte con estremecimiento en el percance
doloroso que tiene en vilo a toda esta amada ciudad de Roma, a nuestra diócesis
y a toda Italia. Han transcurrido ya casi veinte días desde que se derramó la sangre inocente de cinco custodios
del orden y el hon. Moro fue secuestrado, días entre los que estaban las
jornadas de Pascua, consagradas a la muerte y resurrección del Señor.
No tenemos ningún indicio particular sobre la situación de hecho; pero a pesar
de ello dirigimos un llamamiento fuerte y apremiante a los autores desconocidos
del designio aterrador, instándoles ardientemente a que devuelvan la libertad
al prisionero. Es ya demasiado elevado el precio pagado con la sangre y la
desolación de cinco familias; y ¡son tan inhumanos los sufrimientos del
secuestrado, la angustia silenciosa de sus seres queridos, el trauma de la
conciencia pública!
Nosotros no perdemos la esperanza y continuamos orando. La Virgen Santa, Reina
del cielo, dé fuerza y poder de impetración a nuestra y vuestra oración.
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