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PABLO VI
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 29 de marzo de 1978
La alegría de la Pascua
¡Mi saludo para vosotros, hermanos e hijos queridísimos!
Inunda nuestro espíritu, y sin duda también el vuestro, el deseo de descubrir y
celebrar el vínculo que nos une, que nos hace algo más que amigos, miembros de
un pueblo único y nuevo en el que cada uno es lo que es por su naturaleza, por origen étnico y nacional, por formación civil, por lengua, por interés y actividad propia y particular; pero en el que todos
estamos llamados a la misma dignidad; unos y otros somos admitidos en una
sociedad superior, espiritual y real que, conservando la propia identidad
personal. nos regala una ciudadanía humano-divina; cada uno es él mismo, en
comunidad inefable con todos los que comparten la misma fe y gozan el mismo don
divino, la gracia; al mismo tiempo componen una maravillosa unidad que se llama
"la Iglesia". Iglesia una y católica.
Os saludo a vosotros, hermanos e hijos de esta familia religiosa nacida el día de Pentecostés y formada por las
gentes más diversas, como narra el célebre pasaje de los Hechos de los
Apóstoles (Act 2, 7-12), donde se nos dice que todos los presentes de distinto origen y formación,
fueron los primeros maravillados al oír hablar un lenguaje común comprensible a todos. Así es la Iglesia a la que San Agustín define pueblo
fiel esparcido por todo el mundo (cf. Enarr. in Ps. 149; Cat. Rom., art. IX, 2).
¡Qué bello y qué fácil es advertir que en un encuentro como éste las llamadas "notas" de la Iglesia, es decir, los aspectos exteriores de su ser misterioso, aparecen como luces irradiantes para quien tiene atento el ojo del espíritu!
¿Quién no advierte que la Iglesia, a la que pertenecemos, tiene esencialmente un origen apostólico? Los Apóstoles, nuestros fundadores, son los testigos del designio divino constitucional de la Iglesia, nuestra Iglesia apostólica, que no debe a otra fuente
su origen y su razón de ser.
Y si es así respecto a esta nota, la apostolicidad —que sabemos muy bien cómo cada
uno de nosotros la puede reivindicar aquí—, ¿no sentimos simultáneamente una emoción sublime al sabernos ensamblados en la verdadera Iglesia,
una en la fe, en la esencia de su espíritu, en su unión con Dios, y católica
en su cuerpo y en su composición humana, es decir, universal? (cf. Journet,
L'Eglise II, pág. 1193).
Y he aquí que de esta Iglesia una y católica brota una cuarta nota que hace referencia a los dones divinos de los que ella es depositaria y dispensadora, y a los fines que la guían en sus complejas vicisitudes, esto es, la
santidad. La santidad que constituye su corona prometida, la de la Iglesia de los Santos, tanto más deseada cuanto más expuesta está todavía a la debilidad humana
(cf. ib., pág. 924-934).
¿No encontramos un gran consuelo espiritual al pensar, al ser conscientes de que pertenecemos a nuestra Iglesia
una, santa, católica y apostólica?
¿Acaso no debemos dar gracias al Señor por habernos concedido la suerte de ser así hijos de su benignidad? (cf.
Tit 3, 4).
Y, ¿no experimentamos un vivísimo y quizás también acuciante deseo de que
nuestra realidad moral esté en armonía con los deberes de nuestra vocación católica?
Finalmente, ¿no amaremos aún más a los hermanos todavía separados de nosotros, con el deseo y la esperanza de poder
estar juntos en la plenitud de la verdad y de la gracia?
Con nuestra bendición apostólica.
Saludos
(En español)
En el gozo de la Pascua que acabamos de celebrar, os saludamos, hermanos e hijos
queridos, miembros de ese pueblo nuevo que llamamos la Iglesia. Una asamblea
como la nuestra, ¿no refleja las notas características de la Iglesia? Si
abrimos los ojos seremos capaces de descubrir la apostolicidad de la Iglesia,
fundada por los Apóstoles, testigos privilegiados del plan divino; veremos
también la unidad de la Iglesia que profesa una ralea fe; percibiremos la
catolicidad de una Iglesia verdaderamente universal en su composición; y
descubriremos asimismo los dones de santidad de la Iglesia que se forma en este
mundo y que se consuma en el cielo. Agradezcamos al Señor, amados hijos, la
dicha de pertenecer a la Iglesia y seamos dignos de nuestra vocación cristiana.
Con nuestra bendición apostólica.
(Dada la gran afluencia de peregrinos en este tiempo pascual, el encuentro con Pablo VI
se desarrolló en dos momentos sucesivos: primero, en la basílica de San Pedro para los visitantes de lengua
alemana de Suiza, Austria, Alemania y Países Bajos, y después en la Sala de
Nervi para los demás)
(A los peregrinos de lengua alemana)
Os acojo a todos como a hijos muy
queridos en la Casa del Padre, precisamente aquí muy cerca de la tumba del
Príncipe de los Apóstoles.
En la Sala de Nervi
(A una representación de militares belgas)
Nos complacemos en saludar especialmente a los militares belgas, a sus
familias y a los capellanes que forman la XXVI peregrinación militar a las
tumbas de los Apóstoles. Os deseamos que se os revele mejor aquí la solidez de
la fe cristiana a partir del testimonio de los Apóstoles Pedro y Pablo y de los
mártires, y la amplitud de la fe en la unidad de la Iglesia católica. Sed
ahora testigos ante vuestros amigos y en vuestro ambiente.
(A otro grupo belga)
Otro saludo al grupo, belga también, de jóvenes del conjunto coreográfico de
Oostakker, quienes al lado de los Hermanos de Nuestra Señora de Lourdes ponen
su talento y su dinamismo al servicio de los hermanos minusválidos y de sus
familias. Vuestra fe ha sabido abrirse a la caridad: ésta es la fe que ama el
Señor, nos ha dicho el Apóstol Santiago. A todos va nuestra felicitación,
nuestro estímulo y nuestra bendición apostólica.
(A 150 prelados de la Iglesia anglicana, baptista, metodista y católica de Inglaterra)
De todo corazón dirigimos nuestra bienvenida pascual al grupo ecuménico del
Centro Mariápolis. Hermanos, creemos en el poder inmenso que fluye perennemente
de la resurrección del Señor Jesús. Creemos que este poder puede producir
resultados fructíferos y resolutivos uniendo a las Iglesias cristianas en la
plena unidad de la fe y en la plena caridad de la verdad. Con amor y respeto y
con gran esperanza pascual os decimos a todos en el nombre de Cristo
resucitado: "La paz sea con vosotros" (Jn 20, 19).
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