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PABLO VI

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 5 de abril de 1978

 

Ver a la Iglesia

El Evangelista Juan narra que durante la entrada del Señor en Jerusalén, el día llamado de las Palmas, en medio de la gran multitud que aclamaba a Jesús se encontraban algunos griegos que se acercaron al Apóstol Felipe (el de Betsaida de Galilea) y le dijeron: "Señor, queremos ver a Jesús" (Jn 12 20). Episodio singular en el Evangelio que nos da a entender el clima de opinión pública que rodeaba la figura del Salvador, quien desea ser conocido y consultado incluso por personas extranjeras. Episodio bellísimo e interesante, preludio de la difusión del mensaje evangélico (cf. C. Curci, Il N. Test., vol. II, pág. 93).

¡Queremos ver al Señor! Este deseo asume para nosotros una fórmula nueva que dirige la propia aspiración no tanto a la persona histórica de Cristo, como a su Cuerpo místico, la Iglesia, que en El tiene su origen, de El vive y para El vive, y que representa la actualidad histórica y mística del Señor Jesús, presente y accesible a nosotros en el tiempo.

Nosotros queremos ver en vuestra presencia en este encuentro momentáneo pero tan significativo, la expresión de una aspiración análoga a la que acabamos de evocar con la cita evangélica: queremos ver a la Iglesia, queremos conocer a la Iglesia. Porque de ordinario este deseo queda insatisfecho: una visita turística a San Pedro puede dar la ilusión de conocer la Iglesia, como la visita a un monumento o a otro lugar eclesiástico puede satisfacer la curiosidad artística, arqueológica, histórica de conocer aquello e le que se refiere el recuerdo local; por ejemplo, las ruinas de Pompeya pueden producir fácilmente en el visitante la persuasión de estar iniciado ya e incluso informado acerca de la civilización greco-romana de la que los restos de la ciudad, sepultada bajo la lluvia de ceniza del Vesubio y ahora descubierta por las excavaciones, son memoria impresionante pero remota y muerta.

La Iglesia es una institución milenaria, sí, pero hoy todavía viva, y todavía operante, más aún, en tensión hacia modernos y actuales desarrollos.

Esta supervivencia de la Iglesia en los tiempos modernos es el pretexto más formidable para suscitar contra ella las oposiciones más fuertes y, frecuentemente, las persecuciones más feroces. La mentalidad materialista de la civilización actual suscita, tanto en la conciencia popular como en los hombres de alta cultura y de mentalidad moderna, una pregunta agresiva: la Iglesia, ¿por qué? ¿No es una institución arcaica y sin sentido ya? ¿Acaso el mundo civil y profano no se basta ya a sí mismo? ¿Para qué sirve ya la Iglesia? La Iglesia no trabaja como trabaja el hombre moderno, ¿qué hace, qué produce?

Todos pueden darse cuenta de la oposición radical que se da hacia la Iglesia, presentada por algunos como sociedad sobrepuesta a la civil, por lo que, aunque se la tolere en alguna medida, es considerada como estorbo, ociosa, inútil y superada. ¡Qué páginas históricas de vida moderna, de política feroz, de infatuación progresiva y revolucionaria se abren ante nosotros! Y, ¡qué marea de anticlericalismo, de irreligiosidad, de ciego pero astuto furor contra toda supervivencia de fe, y, más que nunca, contra la fe religiosa, institucionalizada, independiente, que se llama Iglesia!

Así, pues, ¿es la Iglesia un fenómeno histórico del pasado que nos ha dejado restos de instituciones superadas ya y absorbidas por formas puramente laicas y modernas?

A este punto surgen algunas cuestiones elementales pero extremamente vigorosas y rigurosas, a las que los jóvenes parecen ser especialmente sensibles, como si poseyesen por intuición o por experiencia inicial, soluciones originales, si bien tradicionales y comprobadas ya por siglos y siglos de auténtico testimonio. Es decir, en el fondo de la conciencia actual de la juventud se agita una antigua doble cuestión que se plantea hoy de nuevo: ¿Qué es la Iglesia? ¿Qué hace la Iglesia?

No responderemos ahora a estos interrogantes, pero los ofrecemos a vuestra reflexión. Quizás, visitando y contemplando los monumentos que estáis viendo como turistas inteligentes y, todavía mejor, como cristianos reflexivos, sentiréis y comprenderéis la palabra del Señor Jesús: "Os digo que, si ellos callasen, gritarían las piedras" (Lc 19, 40).

Así sea, con nuestra bendición apostólica.


Saludos

(A un grupo de administradores y ecónomos de los institutos religiosos de Italia)

Saludamos con particular afecto al grupo de administradores y ecónomos de institutos religiosos que inauguraron ayer el XVIII Congreso nacional de Estudios, organizado por el Centro nacional de Ecónomos de comunidades. Queridísimos hijos: ante todo deseamos agradeceros la presencia en esta audiencia general que nos hace fijar la atención en la actividad seria y delicada que desempeñáis en un momento de singular importancia para la vida social, y que exige vuestra dedicación directa a fin de que se realice cada vez mejor la obra cristiana y social en beneficio de los hermanos necesitados o que sufren, una obra que pertenece por derecho propio a la misión divina de la Iglesia. Os acompañe en vuestro servicio eclesial la fuerza de nuestra bendición apostólica.

(A un grupo de hermanos y hermanas de las Conferencias de San Vicente de Paúl)

Un saludo especial dirigimos al nutrido grupo de hermanos y hermanas de las Conferencias de San Vicente de Paúl de la ciudad de Nápoles y de Italia meridional, aquí presentes acompañados del cardenal Corrado Ursi. Queridos hijos e hijas: Conocemos bien vuestras numerosas obras caritativas, laudables todas y todas dignas de nuestro aliento cordial. Y para que vuestro activo testimonio cristiano sea cada vez más fecundo, nos complacemos en confortar a todos con nuestra paterna bendición apostólica.

(A una peregrinación de estudiantes de Estrasburgo, Francia)

Nos complace dar una bienvenida especial a la peregrinación de Estrasburgo que cada año reúne gran número de profesores, estudiantes y padres, y que ha elegido este tema de reflexión: "La vida cristiana en la familia". Ciertamente la familia con frecuencia contribuye decisivamente a fortalecer la vida cristiana si sabe iniciar a los hijos en la fe desde la infancia y dar a los adolescentes y a los jóvenes, junto con el afecto paterno, ejemplos de vida cristiana y espacio de profundización espiritual y de diálogo confiado sobre estos temas. A todos, nuestros votos y nuestra bendición.

(A un grupo de jóvenes de Rouen)

Nos gozamos en animar a los jóvenes de la diócesis de Rouen que han venido a Roma con su arzobispo a hacer un retiro espiritual cuyo serio significado apreciamos mucho. Ojalá descubráis mejor aquí, queridos amigos, las raíces, solidez y universalidad de la Iglesia, comprendáis mejor los sacramentos y os sintáis orgullosos de pertenecer a ella y de colaborar con pasión en su obra de evangelización, cada uno según su vocación. Igual que ayer, Cristo llama a su más alto servicio a los que aceptan consagrarle sus fuerzas y su amor. Estamos seguro de que esta llamada se dirige también a algunos de vosotros. No apaguéis el Espíritu, como decía San Pablo. Os bendecimos de todo corazón.

(A los alumnos del Pontificio Colegio Norteamericano)

Nos da alegría acoger a los estudiantes del Pontificio Colegio Norteamericano que mañana recibirán la ordenación de diáconos. La gracia de Dios os ha conducido hasta este día, y os ha sostenido el ejemplo de fe de vuestros padres y de vuestra comunidad. Acordaos, hijos queridos, de que el vuestro es ministerio de fe y vuestra vida es vida de fe. Cada uno de vosotros debe poder repetir con San Pablo: "Vivo en la fe del Hijo de Dios" (Gál 2, 20). Que Jesucristo os haga capaces de servir a su Iglesia con generosidad y gozo.

(A un numeroso grupo de japoneses)

Dirigimos un saludo especial a nuestros visitantes de Japón. Muchos habéis venido con el viaje organizado por el Centro Mariano del Rosario, y otros con el que han organizado las Publicaciones Salesianas. A todos quisiéramos recomendaros la práctica de la oración y la meditación. A través de este medio aprenderéis a ir más allá de las cosas superficiales de la vida y a centrar la atención sobre los fundamentos de nuestra existencia, fundamentos que son Dios mismo. En su nombre os bendecimos a todos.

(En español)

Este encuentro de hoy nos hace recordar, amados hijos, aquel deseo de algunos griegos que pedían a Felipe: "Señor, queremos ver a Jesús". Y nos parece descubrir vuestra aspiración a conocer al Señor y también esa Iglesia, Cuerpo místico suyo, que de El deriva y vive por El. Sí, la Iglesia no es una mera institución con un pasado milenario, sino que sigue aún viva y operante, influyendo en tantas personas. Hay quienes creen que la Iglesia es algo del pasado. algo inútil o algo que hay que combatir. Sin embargo, la conciencia de tantos, sobre todo de muchos jóvenes, dan una respuesta concreta y actual a esa pregunta de qué es y qué hace la Iglesia. Mientras visitáis tantos monumentos de la historia cristiana, os invitamos a pensar acerca de la Iglesia. Y ojalá se cumplan en vosotros aquellas palabras de Jesús: "Os digo que si ellos (mis discípulos) callasen, gritarían las piedras". Con nuestra bendición apostólica.

 

 

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