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PABLO VI

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 12 de abril de 1978

 

La Iglesia, comunidad orante

¡Hijos queridísimos, venerados hermanos!

¿A dónde venís? Permitidnos hacer una pregunta que no pretende en modo alguno desconocer el parentesco espiritual, místico y real de vuestra dichosa pertenencia a la Iglesia de Dios, a nuestra común familia de Cristo en la que vivimos y, más aún, en la que muchos de vosotros, hermanos y hermanas entregados a la Iglesia, irradiáis luminosamente un testimonio ejemplar; pregunta que reconoce la realidad profana de la sociedad en la que todos estamos inmersos y que en alguna de sus expresiones no sólo se ha diversificado de la Iglesia, sino, más aún, se ha separado y declarado suficiente a sí misma en algunas de sus afirmaciones, hasta llegar a serle hostil y enemiga. Conocemos demasiado bien estas afirmaciones para no tener grabado en el espíritu su recuerdo amargo; un recuerdo agresivo y radical que se pronuncia como contestación incontrovertible: La Iglesia, ¿por qué? Una mentalidad laica, ciega, incapaz de diálogo apremia: La Iglesia, ¿no es superflua hoy? ¿No es un algo ya superado para el hombre moderno? Su bagaje de civilización, ¿no está ya anticuado y rebasado? ¿No es un estorbo para la civilización de los tiempos nuevos?

Hijos y hermanos, al entrar en esta casa donde la voz de siglos pasados parece más fuerte que la del siglo presente, ¿traéis también con vosotros esta sicología de extraños que tiene despierta, sí, la curiosidad del forastero, del turista, del observador divertido y de paso, y que lo deja indiferente ante el mundo religioso que aquí no sólo está representado sino vivo, queremos decir, la Iglesia victoriosa en el tiempo?

Nuestras palabras son tal vez artificio inoportuno, mas no es irreverente y mucho menos superfluo. Estas palabras quisieran estimular vuestra atención ciertamente asombrada y admirada ante el ambiente monumental, artístico, histórico y sobre todo religioso, en el que ahora os encontráis para profundizar sobre las respuestas a una pregunta que ciertamente brota ya en vuestro interior: ¿Qué es la Iglesia? Sí, haceos esta pregunta que reclama muchas respuestas; y seguid también la manera más fácil de dar algunas soluciones, es decir, la manera que Jesucristo mismo autorizó a sus impugnadores: "Ya que no me creáis a mí, creed a las obras" (Jn 10, 38).

En cuanto discípulos exteriores, como ahora nos consideramos, nos es permitido hacer la búsqueda a través de un doble orden de preguntas relativas a la Iglesia: ¿Qué es? ¿Qué hace? Renunciamos ahora a estudiar la primera pregunta que exige respuesta doctrinal, teológica, conocida más o menos por todos, y que ciertamente no es sencilla ni breve; el Credo ofrece sobre ella materia de estudio y conocimiento. Pongamos ahora la atención en el segundo interrogante: ¿Qué hace la Iglesia? La respuesta es aquí más fácil porque nos viene dada por elementos de observación inmediata.

Veamos, pues, ¿qué hace la Iglesia? La primera respuesta en la que nos detendremos es espléndida, pero vasta como el océano: ¡La Iglesia ora! Su primera misión, su primer deber, su primera finalidad es la oración. Todos lo saben. Pero probad a dar solamente la definición de este acto específicamente propio de la Iglesia, y veréis qué inmensidad, qué profundidad, qué belleza trae consigo la oración. Es la primera razón de ser operativa de la Iglesia. Su mismo nombre define la Iglesia. ¿Acaso no proviene el término Iglesia del de asamblea orante? ¿Y no se confunde tal vez con el término que designa al edificio donde los fieles se reúnen para orar? ¿No es quizás la Iglesia una sociedad religiosa que tiene su razón de ser en. el culto a Dios? (cf. S. Th. II-IIae 81). ¿No implica el hecho mismo de la oración toda una concepción de la vida, una filosofía del ser que sitúa a los hombres en una primera categoría fundamental, precisamente la religiosa? ¿Y cuál fue la primera declaración del reciente Concilio sino sobre la liturgia? Y la liturgia, ¿qué es sino el culto público de la Iglesia, su voz comunitaria dirigida al misterio de Dios Padre, mediante Cristo, en el Espíritu Santo? La liturgia no agota toda la actividad de la Iglesia, como no expresa todas y cada una de las voces de los fieles; a éstos les queda la obligación y la posibilidad del diálogo personal con Dios (cf. Sacrosanctum Concilium, 13),

El razonamiento podría continuar sin fin. Pero basten estas alusiones breves y fugaces para claros una primera imagen de la Iglesia: la de una humanidad que ora y que cree; que se levanta en vuelo sobre la tierra; que canta y Llora e implora y espera, y despliega su capacidad de infinito, y encuentra en el anhelo de cielo la orientación y la fuerza para realizar dignamente su viaje terrestre.

Así sea para todos nosotros. Con nuestra bendición apostólica.


Saludos

(A un grupo de sacerdotes italianos que participan en el primer curso para consiliarios parroquiales, organizado por la Acción Católica Italiana, sección juvenil)

Nuestro saludo afectuoso se dirige ahora a un nutrido grupo de sacerdotes que toman parte estos días en el primer curso para consiliarios parroquiales organizado por la Acción Católica juvenil. Hijos queridísimos: nos han hecho saber que está floreciente esta rama tan delicada de la Acción Católica Italiana. Dicho crecimiento tan consolador se debe atribuir ciertamente, además de a la gracia invisible de Cristo, también al celo constante y generoso con que os dedicáis vosotros al mundo complejo, maravilloso y prometedor de los adolescentes. En el nombre del Señor perseverad en esta obra tan, meritoria dentro del campo de la pastoral diocesana y nacional. Nuestra bendición apostólica os conforte y aliente.

(A un grupo de sacerdotes de Brescia, Italia)

Deseamos dedicar un saludo paterno y cordial al grupo de sacerdotes de Brescia que han querido celebrar los 25 años de ordenación sacerdotal con un gesto de devoción afectuosa al Sucesor de Pedro. Hijos queridísimos: os agradecemos vuestra visita que nos recuerda con emoción nuestra. diócesis de origen; nos unimos con sinceridad plena a vuestra alegría en esta fecha tan significativa de vuestra vida. Este aniversario os estimula a reflexionar sobre los 25 años transcurridos ya, que han sido sin duda años de intensa actividad pastoral, animada y fortalecida por los dones, las luces y las predilecciones de Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote; y a la vez os exhorta a mirar hacia adelante con confianza serena para renovar ante Dios, la Iglesia y las almas, vuestro afán de trabajar por el reino de Cristo con mayor generosidad cada vez. Os acompañe en estos propósitos nuestra bendición apostólica.

(En español)

Hermanos e hijos queridos: A vosotros que vivís inmersos en un ambiente de mentalidad laica, a veces indiferente y hasta hostil a la Iglesia, os invitamos a pensar hoy en esto: ¿Qué hace la Iglesia? Y he aquí la primera respuesta: La Iglesia ora. La plegaria es su primera finalidad y deber. El mismo término "iglesia", ¿no significa una asamblea orante? ¿No llamamos iglesia al lugar donde los fieles se reúnen para orar? ¿No es la Iglesia una sociedad religiosa que tiene su razón de ser en el culto a Dios? Sí, amados hijos. El hecho mismo de orar implica ya un concepto de la vida, que distingue a los hombres en la categoría de seres religiosos o no. Por eso el reciente Concilio se ha ocupado tanto de la liturgia, que es el culto público de la Iglesia, la voz comunitaria dirigida a Dios Padre, por medio de Cristo, en el Espíritu Santo. Pero notemos bien que esa oración litúrgica no elimina la obligación de un diálogo personal de cada uno con Dios. Seamos, pues, fieles a este deber: Orar. Orar, que es creer; que es esperar; que es desplegar nuestra capacidad de infinito; que es caminar por la tierra con un anhelo de cielo. Con nuestra bendición apostólica para vosotros y cuantos nos escuchan por radio.

 

 

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