 |
PABLO VI
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 7 de junio de 1978
El amor a la vida en sus comienzos
Dos pensamientos dominan hoy nuestro espíritu. El espectáculo de la basílica de
San Pedro, rebosante como colmena en fiesta de niños y muchachos; de juventud
inocente y jubilosa; y después, el recuerdo deprimente de que desde ayer ha
pasado a ser efectiva en Italia la ley que protege el aborto.
Nosotros no podemos eximirnos del deber de recordar las reservas negativas que
ponemos a esta ley en favor del aborto, ley que ha comenzado a ser efectiva
también en Italia desde ayer, como hemos dicho, con gran ofensa a la ley de Dios
en un punto tan sumamente importante como es el deber de defender la vida del niño ya desde el seno materno. Ahora nos
limitaremos a recordar cuanto ha afirmado con autoridad la Iglesia, intérprete
de la ley natural sobre este tema y de la ley divina desde siempre (cf Ep. ad Diognetum,
8. 6); es decir, que "la vida inocente cualquiera que sea la condición en que se
encuentre, debe estar libre de todo ataque directo intencionado, ya desde el
primer instante de su existencia... Es éste un derecho fundamental
de la persona humana", como afirmaba nuestro venerado predecesor Pío XII (cf.
Discorsi, XIII, pág. 415), y como nos recuerda la venerada palabra hecha
pública en la fecha de ayer, de nuestro Vicario General para Roma,
el cardenal Ugo Poletti. Es deber de todos y especialmente de quienes se
declaran católicos, prestar la observancia debida a esta enseñanza capital
Esta enseñanza es grave, pero otra vez y más que nunca es enseñanza de amor. De
amor a la vida humana considerada en sí misma. La autoridad que reivindica
Cristo y la Iglesia con El sobre la existencia humana, es una manifestación de
estima de la vida del hombre ya desde que es ínfima, desde su infancia, desde
su inocencia. ¿Quién no recuerda el pasaje tan precioso, tan deleitable, tan
evangélico narrado por el evangelista San Marcos con su fuerza acostumbrada?
"Presentáronle unos niños para que los tocase, pero los discípulos los
reprendían. Viéndolo Jesús, se enojó y les dijo: Dejad que los niños vengan a mí
y no los estorbéis, porque de los tales es el reino de Dios. En verdad os digo:
quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y abrazándolos,
los bendijo imponiéndoles las manos" (Mc 10, 13-16). Tampoco San Mateo deja de poner en evidencia la simpatía y la preferencia
amorosa del Señor hacia los pequeños. Veamos este pasaje: "'Por aquel tiempo
tomó Jesús la palabra y dijo: Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas (o sea los misterios de
su revelación) a
los sabios y discretos y las revelaste a los pequeñuelos. Sí, Padre, porque así
te plugo..." (Mt 11, 25-26). Y estas ideas que hacen pasar la supremacía de los grandes a los pequeños,
expresadas con tanta fuerza en el canto del Magnificat de la Virgen: "Desplegó el poder de su brazo y dispersó a los que se engríen con los
pensamientos de su corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y ensalzó a
los humildes. A los hambrientos los llenó de bienes, y a los ricos los despidió
vacíos" (Lc 1, 51.-53), estas ideas se presentan de nuevo en la escena
dramática del juicio final: "Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del
reino preparado para vosotros desde la creación del mundo... En verdad os digo que cuantas veces hicisteis eso (la caridad) a uno de estos mis hermanos
menores, a mí me lo hicisteis" (Mt 25. 34-40).
La compasión verdadera ante las dificultades y angustias de la vida humana no
consiste en suprimir a quien es fruto del error o del dolor humano, sino en
aliviar, consolar y ayudar a quien sufre o está en la miseria, o siente la
vergüenza de la debilidad o de la pasión humana; matarlo ¡jamás! Sobre esto debemos reflexionar nosotros a la vista del recurso triste e innoble al aborto legalizado. Recordar a los
jóvenes y a todos, los peligros y desastres de la pasión que suplanta al amor;
la dignidad inviolable de la vida humana aun cuando todavía esté en sus
comienzos más secretos y humildes; impulsar lo más posible la ayuda digna a la
maternidad necesitada. Todo lo que se haga en estos aspectos del amor, piedad,
salvación de la vida de uno de los más pequeños incluso y de los más
desgraciados quizá de nuestros hermanos o de nuestras hermanas en
"humanidad", recordémoslo: ¡Cristo lo considerará como hecho a Sí mismo!
Con nuestra bendición apostólica.
Saludos
(En la Basílica de San Pedro, a miles de niños y muchachos de distintas escuelas
italianas)
Queridísimos niños:
Es una alegría auténtica para nosotros y vosotros poder pasar
juntos unos momentos en esta basílica maravillosa, adonde habéis
acudido en tan gran número. Sabemos que hay entre vosotros niños y
niñas que han terminado el curso escolar —les deseamos que lo
hayan terminado felizmente con notas bien merecidas después
de tantos meses de aplicación, de estudio, de fatiga
intelectual, y también de ansia y sacrificios de vuestros padres—. Hay asimismo muchos niños y niñas que en estos domingos se han acercarlo
por primera vez al sacramento de la Eucaristía, es
decir, han recibido a Jesús en la primera Comunión; otros
han recibirlo la Confirmación.
A todos vosotros, ¿qué puede decir y qué quiere decir hoy el Papa? Sentimos en este momento
todo el atractivo y la profundidad del episodio que nos refieren los Evangelistas. Los padres
y las madres de Palestina presentaban sus hijos a Jesús
para que El "les impusiera las manos y orase" (Mt 19, 13). Y cuando los discípulos les reñían, por su vivacidad alborotadora quizá, Jesús, por el contrario, les decía: "Dejad que los niños vengan a mí y no los estorbéis, porque de
los tales es el reino de Dios. En verdad os digo: quien
no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él" (Mc 10, 14 ss.).
Queridísimos hijos: Jesús os ha amado y os ama; os ha
presentado como modelos del cristiano por vuestra transparencia, vuestra generosidad y vuestra serenidad. También el
Papa os ama y se dirige a vosotros porque el mundo y la Iglesia tienen necesidad de vosotros y
porque podéis dar mucho al mundo y a la Iglesia.
Ante todo podéis dar testimonio entusiasta de adhesión a Jesús, de
fe límpida y cristalina, libre de todo respeto humano. Podéis
dar colaboración activa y fecunda de caridad y solidaridad en
una sociedad que a veces cae en la tentación del egoísmo. Cuántas
ocasiones encontraréis en casa, en el colegio, en la
parroquia, en la asociación, para manifestar esta caridad
ardiente y solícita hacia los demás, especialmente, hacia los amigos
más pobres o enfermos. Con el alboroto de vuestra alegría
de vivir, podéis proclamar un "no" al odio, a la
violencia, a la guerra, y un "sí" a la paz, a la
concordia, a la comprensión entre los de vuestra ciudad y
entre todos los hombres. A la vez que os bendecirnos con mucho
amor, al igual que Jesús, os encargamos de llevar nuestro saludo
cordial a vuestros amigos. a vuestros padres y a todas las
personas que os son más queridas.
(En la Sala Nervi )
(A un grupo de técnicos y directores de empresa)
Dirigimos ahora un saludo cordial a un nutrido grupo de técnicos y directores
de empresa procedentes de distintas partes del mundo. A punto
de terminar el curso de perfeccionamiento organizado por el
Instituto de Reconstrucción Industrial, han querido culminar
su experiencia italiana haciéndonos una visita junto con el
presidente del IRI, prof. Giuseppe Petrilli, los profesores y los familiares. Os manifestamos vivo agradecimiento por la delicadeza de este gesto
y, sobre todo, por los principios de solidaridad humana, de colaboración activa
y de seriedad profesional en los que os proponéis basar vuestro trabajo.
Complacidos por todo ello os deseamos que este curso seguido diligentemente por
vosotros, sirva no sólo para aumentar los conocimientos técnicos y
profesionales, sino también para estimular en todos el sentido de
responsabilidad hacia un servicio social que responda cada vez mejor a las
exigencias del auténtico progreso civil y moral de vuestros países respectivos.
Damos fuerza a estos votos pidiendo al Omnipotente todos los bienes deseables
para vuestras personas, vuestras actividades y vuestras familias, y os
bendecimos paternamente.
(A un grupo de 23
sacerdotes del Pontificio Colegio Beda)
Es una alegría para nosotros recibir hoy a los sacerdotes recién ordenados del
Pontificio Colegio Beda. Acabáis de terminar los estudios en Roma y ahora
volvéis a vuestras diócesis. En este momento tan importante deseamos haceros
saber que nuestras oraciones os acompañan. Pedimos a Dios gracias abundantes
para vuestro apostolado de servicio a la Iglesia, y con afecto paterno os bendecimos.
(A la Coral polifónica española "Miguel Fleta", de Zaragoza)
Queremos dirigir ahora una especial palabra de saludo a los miembros de la
polifónica "Miguel Fleta", de Zaragoza, presentes en esta audiencia. Os
agradecemos, amados hijos, vuestra visita y el homenaje que nos habéis querido rendir, interpretando aquí algunas de vuestras canciones. En
vuestra actividad musical, junto con vuestro entusiasmo y arte poned el cultivo
interior de vosotros mismos, la voluntad de ayudar a los demás, procurándoles
una sana diversión y brindándoles el amor a vuestra
tierra, de profunda tradición cristiana y mariana. Con nuestro recuerdo paterno,
llevaos nuestra particular bendición apostólica.
(Resumen de la catequesis en español)
Amadísimos hijos e hijas: Queremos hacer hoy algunas reflexiones acerca de un
derecho fundamental de la persona humana: el derecho a la vida, la cual está
protegida por la ley de Dios desde el seno materno. Se trata de una enseñanza
grave fundada en el amor. Amor hacia la vida humana en sí misma, en su infancia,
en su inocencia, a la que Cristo y la Iglesia profesan una grandísima estima.
¿Quién no recuerda las palabras del Maestro: "Dejad que los niños se
acerquen a mí... porque de ellos es el reino de los cielos"? Y el Evangelio nos
recuerda que Jesús, tomando en sus brazos a los niños, los bendecía, mostrando
su preferencia para con ellos. Sí, la vida humana, la vida inocente, debe ser
defendida siempre. La verdadera piedad ante situaciones difíciles y angustiosas
debe impulsar a actitudes de ayuda efectiva y de consuelo hacia la madre que
las sufre. Pero nunca se puede matar, recurriendo al aborto. Todo lo que se haga
en esa línea de amor, de piedad, de recuperación de la vida de un ser humano, y
de ayuda a nuestros hermanos y hermanas que están en dificultad, es una acción
de bien, que Cristo cuenta como hecha a El mismo. Con nuestra bendición apostólica para vosotros y cuantos nos
escuchan por radio.
|