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PABLO VI

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 14 de junio de 1978

 

La oración, tarea de la Iglesia

Seguimos dominados por esa pregunta sencilla y, a la vez, fundamental, que apela a nuestro juicio práctico, pero que tiene la raíz en profundos problemas especulativos; de este juicio la mentalidad moderna extrae la orientación decisiva en orden a la religión que en la vida de nuestro mundo significa a menudo la Iglesia.

Pues bien, dicha pregunta apremia rabiosamente casi en estos términos: ¿Qué hace la Iglesia? Y en el espíritu agitado de quien plantea la pregunta ello se traduce prácticamente así: ¿Para qué sirve la Iglesia? La pregunta se hace dura y radical, materialista a renglón seguido: no hay ya sitio para la religión en la mentalidad moderna, invadida toda ella por la realidad sensible y científica, e inclinada siempre a la utilidad de lo que ocupa la atención y la actividad del hombre. Es una postura que se repite.

La Iglesia, atemorizada en un primer momento por la brutalidad invadiente de la pregunta, parece algunas veces vacilar en responder; pero luego, confortada por la propia conciencia y la propia fe, una vez más responde sencillamente: ¡La Iglesia ora!

Enseguida surge un doble interrogante, al que nosotros los creyentes deberíamos estar capacitados para dar alguna respuesta victoriosa: ¿Qué significa orar? ¿Qué utilidad tiene orar? Son preguntas elementales, pero qué agresivas y hoy qué peligrosas. Sin embargo, no debemos tener miedo, aun en el caso de que no podamos o no queramos dar ahora respuesta adecuada según razón a las objeciones tremendas que suscitan estos interrogantes en el alma humana.

Podríamos soslayar mientras tanto el carácter negativo de estos interrogantes, al ver que no atacan ningún punto peligroso para el desarrollo normal de la actividad cívica. El hombre que ora no hace daño a nadie, no frena ni obstaculiza el trabajo mental o físico del hombre; por el contrario, podríamos recordar la gran fecundidad que ha alcanzado y gozado la actividad humana a través de una fórmula que todavía está vigente dentro y al lado de la Iglesia; esta fórmula une y casi compenetra los dos momentos característicos y supremos de la actividad humana, es decir, orar y trabajar: Ora et labora que San Benito enseñó a sus discípulos, entre los que podemos contarnos nosotros y también la Iglesia toda.

Es que la Iglesia busca y encuentra su razón de ser fundamental en la relación con Dios. Y la expresión de esta relación forma esa enciclopedia del espíritu humano que llamamos oración. La descubrimos en el silencio del alma, en ese silencio interior en el que la Palabra de Dios se hace oír primero, y se formula luego en temas fundamentales que hacen dudar de los lugares comunes de nuestra mentalidad superficial; suscita la autocrítica, a la que podemos denominar despertar de la conciencia; y al mismo tiempo va infiltrando una nueva certeza dominante sobre la existencia, presencia y acción de Dios en nuestro espíritu. Es como un amanecer del sol que difunde una luz interior con la que las cosas, y en primer lugar nuestra vida, adquieren un sentido nuevo, una filosofía y una sabiduría que se impone y justifica por sí misma, terrible y amiga a un tiempo, a la que el espíritu humano siente el deber de dar el nombre de verdad. Es en fin, una experiencia en la que nuestros labios enmudecidos se abren y encuentran en sí mismos las definiciones clásicas de oración: ascensión hacia Dios, algo así como un ímpetu audaz, permeado enseguida de humildad que implora y pide socorro (cf. Dict. de Théol. XIII, 1, pág. 169 y ss.).

La oración nos descubre un mundo espiritual vasto, espléndido. misterioso como el cielo que está sobre nuestras cabezas, y dibuja el cielo sin límites de la realidad en que vivimos, demasiadas veces ciegos, miopes e insensibles.

Aquí nos echa una mano la Palabra de Cristo que nos exhorta casi como para tranquilizarnos de que no estamos soñando: "Es preciso orar en todo momento y no desfallecer" (Lc 18, 1), después de habernos enseñado la oración que anula la distancia infinita entre estos dos términos desproporcionados e imposibles de comparar: Dios, el infinito, y el microbio hombre; y que dice como sabemos por fortuna nuestra: "Así, pues, habéis de orar vosotros: Padre nuestro, que estás en los cielos..." (Mt 6, 9 ss.).

¡Qué panorama se abre a nuestro alrededor! ¡Qué realismo cobra nuestra oración! ¡Qué confianza trepidante asume nuestro lenguaje!

Sí, ¿qué hace la Iglesia? No lo olvidéis nunca: La Iglesia —y nosotros somos la Iglesia— ora, y ora de este modo.

Con nuestra bendición apostólica.


Saludos

Lo que se lee en vuestros ojos es la atracción que nuestra humilde figura ejerce en vosotros, en cuanto que somos el Vicario de Cristo Jesús en la tierra. Sabed que para esta misión nos hacemos fuerte en nombre de Cristo, en nombre de Aquel que dijo: "Cuando dos o más de vosotros se reúnen en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos''.

(A los miembros del instituto "Jesús Sacerdote")

Damos nuestra cordial y paternal bienvenida a los venerados hermanos en el Episcopado y a los numerosos sacerdotes italianos aquí presentes, que forman parte del instituto "Jesús Sacerdote", sodalicio agregado a la Pía Sociedad de San Pablo, cuyos miembros, mediante la profesión de los consejos evangélicos, se comprometen: a una imitación cada vez más perfecta del Sacerdote Eterno, Jesucristo. Fieles a la inspiración y a la palabra de vuestro fundador, don Giacomo Alberione, vosotros, hijos queridísimos, os habéis reunido aquí "para ver a Pedro" (Gál 1, 18); para ofrecerle el homenaje de vuestra devoción y el don de una intensa participación en las preocupaciones de su ministerio apostólico, y para vivir con nosotros un momento de comunión y de gracia en el Espíritu Santo, favorecido por el gozo de una recíproca presencia. Vuestra fidelidad y vuestro amor, de los que os damos gracias de corazón, nos animan a dirigiros en este momento una exhortación confidencial. Parece llegar a nuestros oídos la voz ansiosa de una multitud afectada por el desánimo y que implora la gracia de sacerdotes santos, de guías seguros, de hombres que identifiquen sus aspiraciones, intereses y corazones con los de Jesús. Se espera del sacerdote la interpretación secundum fidem de todo acontecimiento, interpretación que nace del encuentro personal con Cristo, crece en la escuela cotidiana de su voz y alcanza la perfección en el ofrecimiento incruento y total de sí mismos por su amor. En esta identificación final consiste el cumplimiento de la voluntad de Aquel que os ha enviado y la fecundidad de vuestro ministerio de salvación. Os acompañe nuestra bendición apostólica.

(A los alumnos de la escuela central "VAM" de la Aeronáutica Militar de Viterbo)

Dedicamos con mucho gusto un saludo especial al grupo de aviadores de la escuela central de la Aeronáutica Militar de Viterbo. Sabemos que se han unido a ellos los alumnos del colegio "Maddalena" de Cadimare de La Spezia, a los que igualmente damos también la bienvenida. Queridísimos, al daros las gracias por esta visita tan cortés, nos complace confirmaros que el Papa también tiene para vosotros un recuerdo especial en el afecto y en la oración. Estáis construyendo vuestra madurez humana y profesional mediante un servicio singular a la comunidad nacional. Sed siempre dignos de la confianza que han puesto en vosotros, en vuestra juventud, en vuestra generosidad y en vuestra disciplina. Que el Señor os acompañe siempre inspirándoos solamente pensamientos de paz. Por nuestra parte nos complace confirmar estos deseos con la paterna bendición apostólica, que concedemos ampliamente a vuestras personas y a vuestros seres queridos.

(A la Orden Ecuestre del Santo Sepulcro de Jerusalén)

Nos complacemos en saludaros a vosotros, dignatarios de la Orden Ecuestre del Santo Sepulcro de Jerusalén, lugartenientes y delegados de distintos países, reunidos con vuestro Gran Maestre, el querido cardenal Maximilien de Furstenberg —que ya nos ha manifestado vuestros sentimientos— y de vuestro Gran Prior, Su Beatitud Giacomo Beltritti, Patriarca Latino de Jerusalén, que coordina allí la ayuda proporcionada por vuestras empresas generosas. Queridos hijos e hijas: Os agradecernos sinceramente todo cuanto hacéis por Tierra Santa, ayudando a las casas religiosas que mantienen en el lugar una presencia de Iglesia bien valiosa; sosteniendo allá instituciones católicas, obras de asistencia y centros de enseñanza en beneficio de los pobres de la región, sin perjuicio de los otros pobres de Oriente Medio y del mundo; y fomentando las peregrinaciones cada vez más numerosas, a la vez que estimuláis el fervor espiritual de los miembros de la Orden, según las orientaciones de los nuevos estatutos. En resumen —y lo subrayamos dirigiéndonos a los peregrinos aquí presentes—, la Orden Ecuestre del Santo Sepulcro tiene actualmente por misión realizar lo que ya el Apóstol Pablo deseaba tanto cuando organizaba, entre las Iglesias de Asia Menor o de Grecia, su colecta para los fieles de Jerusalén: la solidaridad de todas las Iglesias locales con la Iglesia de origen, con las comunidades cristianas establecidas en el mismo país de Jesús. Circunstancias especiales hacen converger hoy más aún nuestro espíritu, nuestro afecto, nuestra oración y nuestra generosidad hacia esa tierra bendita que sigue sufriendo muchas pruebas. Muy de corazón bendecimos a todos los miembros de la Orden Ecuestre del Santo Sepulcro, a sus familiares y a quienes colaboran con ellos.

(A un grupo de peregrinos de Nigeria)

Es un gran gozo dar la bienvenida a los miembros de la peregrinación nigeriana presidida por el arzobispo de Lagos. Vuestra presencia aquí es expresión espléndida de vuestra fe en la naturaleza apostólica de la Iglesia de Cristo. Oramos para que de las tumbas de Pedro y Pablo recibáis vigor nuevo y renovación de fuerzas para la vida cristiana. Os rogamos que al volver llevéis nuestro saludo cordial a vuestras familias y a toda Nigeria. Que las bendiciones del Señor desciendan abundantes sobre vosotros y vuestros compatriotas.

(En español)

Amadísimos hijos e hijas: Hoy volvemos a preguntarnos: ¿qué hace la Iglesia? Y sostenidos por la fe, respondemos sencillamente: la Iglesia ora. Ello nos conduce a otra cuestión ulterior: ¿qué es orar y para qué sirve? Es un tema que necesitaría una larga explicación. Ahora nos limitamos a señalar que quien ora no hace daño a nadie; al contrario, la plegaria es fuente de inspiración hacia el bien y de fecundidad espiritual y aun humana. Todos conocéis qué gran beneficio, espiritual y social, determinó la fórmula de San Benito: "Ora et labora: Ora y trabaja". En el silencio de la plegaria la Iglesia encuentra su razón de ser; y el cristiano descubre esa nueva luz que orienta su mentalidad, despierta su conciencia, le revela el verdadero sentido de la vida y el justo valor de las cosas. Cristo mismo nos invitó a orar y nos enseñó esa plegaria sublime que es el Padrenuestro. ¡Qué confianza y qué dimensión insospechada adquiere de este modo nuestra oración! Sí, la Iglesia ora. Y la Iglesia, que somos nosotros, hemos de orar como el Maestro nos enseñó. Con nuestra bendición apostólica para vosotros y cuantos nos escuchan por radio.

(En polaco)

Gracias, alabado sea Jesucristo, Adiós, hasta otro día.

 

 

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