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PABLO VI
AUDIENCIA GENERAL
Castelgandolfo
Miércoles 19 de julio de 1978
La conciencia moral
Al dirigiros nuestro cordial saludo, sentimos ante todo la necesidad de
agradeceros el testimonio de afectuosa veneración que vuestra presencia nos
ofrece.
Estáis aquí para atestiguar la devoción y fidelidad que os ligan al Sucesor de
Pedro. Y también para recabar de él una palabra de orientación espiritual, que
os sirva de guía y estímulo en vuestra cotidiana actitud de coherencia
cristiana.
Pues bien; la idea que queremos exponeros esta mañana nos ha sido sugerida por
la característica fase anual de las vacaciones: debemos dedicar estos días no
sólo a la rehabilitación de las fuerzas físicas y de las energías síquicas,
sino también, como hemos dicho otras veces, a las energías espirituales: ¿no
forman éstas una parte —y muy importante— de nuestra realidad humana?
Ahora bien; en ese empeño de recuperación espiritual, la primera actitud que nos
parece digna de atención es la que definiríamos como una reactivación de la
conciencia, es decir, de aquel acto, reflejo y personal, por el que nos sentimos
presentes en nosotros mismos. Obviamente, la que nos interesa ahora no es tanto
la conciencia sicológica, que forma la riqueza interior de los hombres de
pensamiento y que puede tener cien manifestaciones diversas, estupendas muchas
de ellas. Lo que nos interesa en este momento es dar a nuestra conciencia su más
alta y característica expresión, la que llamaríamos "conciencia moral".
La conciencia moral si está en constante alerta y es incondicionalmente dócil a
los imperativos del bien moral, comenzando por el fundamental que nos dice que
"hay que hacer lo bueno y evitar lo malo", no puede dejar de conducirnos al hecho religioso, o sea, a darnos cuenta de nuestra relación de dependencia del
bien absoluto e inmutable, que es Dios.
Queridísimos hijos: Es precisamente ese juicio sobre nosotros mismos, en orden
a nuestra más alta e indispensable relación, la que nos liga a Dios, lo que debería ocupar espiritualmente los momentos privilegiados de este tiempo de
descanso y de actividad espiritual.
Por desgracia, se han desencadenado en la sicología moderna muchas y graves
objeciones contra el valor de la conciencia moral. Se quisiera abolir, en la
actividad espiritual del hombre, ese acto reflexivo y decisivo que constituye
precisamente la conciencia moral, es decir, el juicio que un ánimo inteligente
y sereno se da de sí mismo, fijándose en las exigencias de la ley moral (cf.
Santo Tomás, S. Th. I-II, qq. 90-108), en cuyos imperativos se expresa la propia voluntad de Dios.
nuestro trascendental principio y la única meta de nuestra felicidad.
Nuestro deseo es que la pausa veraniega en vuestras habituales ocupaciones
pueda servir para un saludable empeño de clarificación interior, que permita
el gozoso reconocimiento de uno mismo y, sobre todo, ese íntimo y maravilloso
diálogo que cada uno de nosotros puede establecer, en el santuario de la propia
conciencia moral, con el Dios justo y misericordioso.
Con nuestra bendición apostólica.
Saludos
Estoy
conmovido y me siento feliz con vuestra visita. Estoy contentísimo de
ver tantos fieles, tantos cristianos, tantos amigos. Agradezco profundamente
vuestros gestos de simpatía. Es toda una ola de afecto, de buenos sentimientos, de oraciones que me
inunda. Correspondo con mi amor y mi bendición para todos y cada uno
de vosotros.
(A los "Niños cantores de Zulia")
Están hoy entre nosotros un grupo de "Niños cantores del Zulia",
de Venezuela. Queridos hijos: Queremos saludaros de manera especial y
manifestares nuestra admiración por vuestras voces. Con el deseo de que, con
vuestros cantos, logréis elevar siempre las almas hacia Dios, recibid una
especial bendición.
(A un grupo procedente de Malta)
Damos una bienvenida especial al grupo de Malta: a los
enfermos y a todos los que les asisten. Saludamos a todos en el amor
del Salvador y les encomendamos a la intercesión de Nuestra
Señora.
(A las religiosas presentes)
Que os esforcéis siempre en vivir generosamente vuestra consagración
religiosa ofreciendo al mundo el testimonio de una vida enteramente dedicada al
Señor y a los hermanos.
(Desde el balcón
de la fachada)
Que el Señor os dé paz, alegría serena y
santa felicidad.
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