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CARTA ENCÍCLICA
«ECCLESIAM SUAM»
DEL SUMO PONTÍFICE PABLO VI
EL "MANDATO" DE LA IGLESIA EN EL
MUNDO CONTEMPORÁNEO
Venerables hermanos y queridos hijos:
Habiendo Jesucristo
fundado su Iglesia para que fuese al mismo tiempo madre amorosa de todos los
hombres y dispensadora de salvación, se ve claramente por qué a lo largo de
los siglos le han dado muestras de particular amor y le han dedicado
especial solicitud todos los que se han interesado por la gloria de Dios y
por la salvación eterna de los hombres; entre éstos, como es natural,
brillaron los Vicarios del mismo Cristo en la tierra, un número inmenso de
Obispos y de sacerdotes y un admirable escuadrón de cristianos santos.
LA DOCTRINA DEL EVANGELIO Y LA GRAN FAMILIA HUMANA
2. A todos, por tanto, les parecerá justo que Nos, al dirigir al mundo esta
nuestra primera encíclica, después que por inescrutable designio de Dios
hemos sido llamados al Sumo Pontificado, volvamos nuestro pensamiento
amoroso y reverente a la santa Iglesia.
Por este motivo nos proponemos en esta Encíclica aclarar lo más posible a
los ojos de todos cuánta importancia tiene, por una parte, para la salvación
de la sociedad humana, y con cuánta solicitud, por otra, la Iglesia lo
desea, que una y otra se encuentren, se conozcan y se amen.
Cuando, por la gracia de Dios, tuvimos la dicha de dirigiros personalmente
la palabra, en la apertura de la segunda sesión del Concilio Ecuménico
Vaticano II, en la fiesta de San Miguel Arcángel del año pasado, a todos
vosotros reunidos en la basílica de San Pedro, os manifestamos el propósito
de dirigiros también por escrito, como es costumbre al principio de un
pontificado, nuestra fraterna y paternal palabra, para manifestaros algunos
de los pensamientos que en nuestro espíritu se destacan sobre los demás y
que nos parecen útiles para guiar prácticamente los comienzos de nuestro
ministerio pontificio.
Verdaderamente nos es difícil determinar dichos pensamientos, porque los
tenemos que descubrir en la más cuidadosa meditación de la divina doctrina
teniendo muy presentes las palabras de Cristo: Mi doctrina no es mía,
sino de Aquel que me ha enviado(1); tenemos, además, que adaptarlos a
las actuales condiciones de la Iglesia misma en una hora de intensa
actividad y tensión, tanto de su interior experiencia espiritual como de su
exterior esfuerzo apostólico; y, finalmente, no podemos ignorar el estado en
que actualmente se halla la humanidad en medio de la cual se desenvuelve
nuestra misión.
TRIPLE TAREA DE LA IGLESIA
3. Nos no pretendemos, sin embargo, decir cosas nuevas ni completas: para
ello está el Concilio Ecuménico; y su obra no debe ser turbada por esta
nuestra sencilla conversación epistolar, sino, antes bien, honrada y
alentada. Esta nuestra encíclica no quiere revestir carácter solemne y
propiamente doctrinal, ni proponer enseñanzas determinadas, morales o
sociales: simplemente quiere ser un mensaje fraternal y familiar. Pues
queremos tan sólo, con esta nuestra carta, cumplir el deber de abriros
nuestra alma, con la intención de dar a la comunión de fe y de caridad que
felizmente existe entre nosotros una mayor cohesión y un mayor gozo, con el
propósito de fortalecer nuestro ministerio, de atender mejor a las
fructíferas sesiones del Concilio Ecuménico mismo y de dar mayor claridad a
algunos criterios doctrinales y prácticos que puedan útilmente guiar la
actividad espiritual y apostólica de la Jerarquía eclesiástica y de cuantos
le prestan obediencia y colaboración o incluso tan sólo benévola atención.
Podemos deciros ya, Venerables Hermanos, que tres son los pensamientos que
agitan nuestro espíritu cuando consideramos el altísimo oficio que la
Providencia —contra nuestros deseos y méritos— nos ha querido confiar, de
regir la Iglesia de Cristo en nuestra función de Obispo de Roma y por lo
mismo, también, de Sucesor del bienaventurado Apóstol Pedro, administrador
de las supremas llaves del reino de Dios y Vicario de aquel Cristo que le
constituyó como pastor primero de su grey universal; el pensamiento,
decimos, de que ésta es la hora en que la Iglesia debe profundizar en la
conciencia de sí misma, debe meditar sobre el misterio que le es propio,
debe explorar, para propia instrucción y edificación, la doctrina que le es
bien conocida, —en este último siglo investigada y difundida— acerca de su
propio origen, de su propia naturaleza, de su propia misión, de su propio
destino final; pero doctrina nunca suficientemente estudiada y comprendida,
ya que contiene el plan providencial del misterio oculto desde los siglos en
Dios... para que sea ahora notificado por la Iglesia(2), esto es, la
misteriosa reserva de los misteriosos designios de Dios que mediante la
Iglesia son manifestados; y porque esta doctrina constituye hoy el objeto
más interesante que ningún otro, de la reflexión de quien quiere ser dócil
seguidor de Cristo, y tanto más de quienes, como Nos y vosotros, Venerables
Hermanos, han sido puestos por el Espíritu Santo como Obispos para regir la
Iglesia misma de Dios(3).
De esta iluminada y operante conciencia brota un espontáneo deseo de
comparar la imagen ideal de la Iglesia —tal como Cristo la vio, la quiso y
la amó como Esposa suya santa e inmaculada(4)— y el rostro real que hoy la
Iglesia presenta, fiel, por una parte, con la gracia divina, a las líneas
que su divino Fundador le imprimió y que el Espíritu Santo vivificó y
desarrolló durante los siglos en forma más amplia y más conforme al concepto
inicial, y por otra, a la índole de la humanidad que iba ella evangelizando
e incorporando; pero jamás suficientemente perfecto, jamás suficientemente
bello, jamás suficientemente santo y luminoso como lo quería aquel divino
concepto animador. Brota, por lo tanto, un anhelo generoso y casi impaciente
de renovación, es decir, de enmienda de los defectos que denuncia y refleja
la conciencia, a modo de examen interior frente el espejo del modelo que
Cristo nos dejó de sí. El segundo pensamiento, pues, que ocupa nuestro
espíritu y que quisiéramos manifestaros, a fin de encontrar no sólo mayor
aliento para emprender las debidas reformas, sino también para hallar en
vuestra adhesión el consejo y apoyo en tan delicada y difícil empresa, es el
ver cuál es el deber presente de la Iglesia en corregir los defectos de los
propios miembros y hacerles tender a mayor perfección y cuál es el método
mejor para llegar con prudencia a tan gran renovación.
Nuestro tercer pensamiento, y ciertamente también vuestro, nacido de los
dos primeros ya enunciados, es el de las relaciones que actualmente debe la
Iglesia establecer con el mundo que la rodea y en medio del cual ella vive y
trabaja. Una parte de este mundo, como todos saben, ha recibido
profundamente el influjo del cristianismo y se lo ha asimilado íntimamente
—por más que con demasiada frecuencia no se dé cuenta de que al cristianismo
debe sus mejores cosas—, pero luego se ha ido separando y distanciando en
estos últimos siglos del tronco cristiano de su civilización. Otra parte, la
mayor de este mundo, se extiende por los ilimitados horizontes de los
llamados pueblos nuevos. Pero todo este conjunto es un mundo que ofrece a la
Iglesia, no una, sino cien maneras de posibles contactos: abiertos y fáciles
algunos, delicados y complejos otros; hostiles y refractarios a un amistoso
coloquio, por desgracia, son hoy muchísimos. Preséntase, pues, el problema
llamado del diálogo entre la Iglesia y el mundo moderno. Problema éste que
corresponde al Concilio describir en su extensión y complejidad, y
resolverlo, cuanto posible sea, en los mejores términos. Pero su presencia,
su urgencia son tales que constituyen un verdadero peso en nuestro espíritu,
un estímulo, una vocación casi, que para Nos mismo y para vosotros, Hermanos
—que por igual, sin duda, habéis experimentado este tormento apostólico—,
quisiéramos aclarar en alguna manera, casi como preparándonos para las
discusiones y deliberaciones que en el Concilio todos juntos creamos
necesario examinar en materia tan grave y multiforme.
CONSTANTE E ILIMITADO CELO POR LA PAZ
4. Vosotros mismos advertiréis, sin duda, que este sumario esquema de
nuestra encíclica no va a emprender el estudio de temas urgentes y graves
que interesan no sólo a la Iglesia, sino a la humanidad, como la paz entre
los pueblos y clases sociales, la miseria y el hambre que todavía afligen a
pueblos enteros, el acceso de las naciones jóvenes a la independencia y al
progreso civil, las corrientes del pensamiento moderno y la cultura
cristiana, las condiciones desgraciadas de tanta gente y de tantas porciones
de la Iglesia a quienes se niegan los derechos propios de ciudadanos libres
y de personas humanas, los problemas morales sobre la natalidad y muchos
otros más.
Ya desde ahora decimos que nos sentiremos particularmente obligados a
volver no sólo nuestra vigilante y cordial atención al grande y universal
problema de la paz en el mundo, sino también el interés más asiduo y eficaz.
Ciertamente lo haremos dentro del ámbito de nuestro ministerio, extraño por
lo mismo a todo interés puramente temporal y a las formas propiamente
políticas, pero con toda solicitud de contribuir a la educación de la
humanidad en los sentimientos y procedimientos contrarios a todo conflicto
violento y homicida y favorables a todo pacífico arreglo, civilizado y
racional, de las relaciones entre las naciones. Solicitud nuestra será
igualmente apoyar la armónica convivencia y la fructuosa colaboración entre
los pueblos con la proclamación de los principios humanos superiores que
puedan ayudar a suavizar los egoísmos y las pasiones —fuente de donde brotan
los conflictos bélicos—. Y no dejaremos de intervenir donde se nos ofrezca
la oportunidad para ayudar a las partes contendientes a encontrar honorables
y fraternas soluciones. No olvidamos, en efecto, que este amoroso servicio
es un deber que la maduración de las doctrinas, por una parte, y de las
instituciones internacionales, por otra, hace hoy más urgente teniendo
presente que nuestra misión cristiana en el mundo es la de hacer hermanos a
los hombres en virtud del reino de la justicia y de la paz inaugurando con
la venida de Cristo al mundo. Mas si ahora nos limitamos a algunas
consideraciones de carácter metodológico para la vida propia de la Iglesia,
no nos olvidamos de aquellos grandes problemas —a algunos de los cuales el
Concilio dedicará su atención—, mientras que Nos esperamos poder hacerlos
objeto de estudio y de acción en el sucesivo ejercicio de nuestro ministerio
apostólico, según que al Señor le pluguiere darnos inspiración y fuerza para
ello.
5. Pensamos que la Iglesia tiene actualmente la obligación de ahondar en la
conciencia que ella ha de tener de sí misma, en el tesoro de verdad del que
es heredera y depositaria y en la misión que ella debe cumplir en el mundo.
Aun antes de proponerse el estudio de cualquier cuestión particular, y aun
antes de considerar la actitud que haya de adoptar en relación al mundo que
la rodea, la Iglesia debe en este momento reflexionar sobre sí misma para
confirmarse en la ciencia de los planes de Dios sobre ella, para volver a
encontrar mayor luz, nueva energía y mejor gozo en el cumplimiento de su
propia misión y para determinar los mejores medios que hagan más cercanos,
operantes y benéficos sus contactos con la humanidad a la cual ella misma
pertenece, aunque se distinga de aquella por caracteres propios e
inconfundibles.
Creemos, en efecto, que este acto de reflexión recae sobre la manera misma
escogida por Dios para manifestarse a los hombres y para establecer con
ellos aquellas relaciones religiosas de las que la Iglesia es al mismo
tiempo instrumento y expresión. Porque si bien es verdad que la divina
revelación se ha lelvado a cabo de muchas y diversas maneras(5), con
hechos históricos exteriores e incontestables, ella, sin embargo, se ha
introducido en la vida humana por las vías propias de la palabra y de la
gracia de Dios, que se comunica interiormente a las almas mediante la
predicación del mensaje de la salvación y mediante el consiguiente acto de
fe, que está al principio de nuestra justificación.
LA VIGILANCIA DE LOS FIELES SEGUIDORES DEL SEÑOR
6. Quisiéramos que esta reflexión sobre el origen y sobre la naturaleza de
la relación nueva y vital, que la religión de Cristo establece entre Dios y
el hombre asumiese el sentido de un acto de docilidad a la palabra del
divino Maestro dirigida a sus oyentes, y especialmente a sus discípulos,
entre los cuales Nos mismo, con toda razón, nos complacemos en contarnos.
Entre tantas otras, escogeremos una de las más graves y repetidas
recomendaciones hechas por el Señor y válida todavía hoy para quien quiera
profesarse fiel seguidor suyo: la de la vigilancia. Es verdad que este aviso
del Maestro se refiere principalmente al destino último del hombre, próximo
o lejano en el tiempo. Mas precisamente porque esta vigilancia debe estar
siempre presente y operante en la conciencia del siervo fiel, es la
determinante de su conducta moral, práctica y actual, que debe caracterizar
al cristiano en el mundo. La amonestación a la vigilancia viene intimada por
el Señor aun aun en orden a los hechos próximos y cercanos, es decir, a los
peligros y a las tentaciones que pueden hacer que la conducta del hombre
decaiga y se desvíe(6). Así es fácil descubrir en el Evangelio una continua
invitación a la rectitud del pensamiento y de la acción. Por ventura ¿no se
refería a ella la predicación del Precursor, con la que se abre la escena
pública del Evangelio? Y Jesucristo mismo, ¿no ha invitado a acoger
interiormente el reino de Dios(7)? Toda su pedagogía, ¿no es una
exhortación, una iniciación a la interioridad? La conciencia psicológica y
la conciencia moral están llamadas por Cristo a una plenitud simultánea,
casi como condición para recibir, según conviene al hombre, los dones
divinos de la verdad y de la gracia. Y la conciencia del discípulo luego se
tornará en recuerdo(8) de cuanto Jesús había enseñado y de cuanto a su
alrededor había sucedido, y se desenvolverá y se precisará comprendendiendo
mejor quién era El y de qué cosa había sido Maestro y autor.
El nacimiento de la Iglesia y el surgir de su conciencia profética son los
dos hechos característicos y coincidentes de Pentecostés, y juntos irán
progresando: la Iglesia, en su organización y en su desarrollo jerárquico y
comunitario; la conciencia de la propia vocación, de la propia misteriosa
naturaleza, de la propia doctrina, de la propia misión acompañará
gradualmente tal desarrollo, según el deseo formulado por San Pablo: Y
por esto ruego que vuestra caridad crezca más y más en conocimiento y en
plenitud de discreción(9).
"CREDO, DOMINE!"
7. Podríamos expresar de otra manera esta nuestra invitación, que dirigimos
tanto a las almas de aquellos que quieran acogerla —a cada uno de vosotros,
en consecuencia, Venerables Hermanos, y a aquellos que con vosotros están en
nuestra y en vuestra escuela— como también a la entera congregatio
fidelium colectivamente considerada, que es la Iglesia. Podríamos, pues,
invitar a todos a realizar un vivo, profundo y consciente acto de fe en
Jesucristo, Nuestro Señor. Deberíamos caracterizar este momento de nuestra
vida religiosa con esta profesión de fe, firme y convencida, pero siempre
humilde y temblorosa, semejante a la que leemos en el Evangelio hecha por el
ciego de nacimiento, a quien Jesucristo con bondad igual a su potencia había
abierto los ojos: ¡Creo, Señor!(10), o también a la de Marta, en el
mismo Evangelio: Sí, Señor, yo he creído que Tú eres el Mesías, Hijo de
Dios vivo, que ha venido a este mundo(11), o bien a aquella otra, para
Nos tan dulce, de Simón, que luego fue llamado Pedro: Tú eres el Mesías,
el Hijo de Dios vivo(12).
Y ¿por qué nos atrevemos a invitaros a este acto de conciencia eclesial, a
este acto de fe explícito, bien que interior? Creemos que hay muchos
motivos, derivados todos ellos de las exigencias profundas y esenciales del
momento particular en que se encuentra la vida de la Iglesia.
VIVIR LA PROPIA VOCACIÓN
8. Ella tiene necesidad de reflexionar sobre sí misma; tiene necesidad de
sentir su propia vida. Debe aprender a conocerse mejor a sí misma, si quiere
vivir su propia vocación y ofrecer al mundo su mensaje de fraternidad y
salvación. Tiene necesidad de experimentar a Cristo en sí misma, según las
palabras del apóstol Pablo: Que Cristo habite por la fe en vuestros
corazones(13). Todos saben cómo la Iglesia está inmersa en la humanidad,
forma parte de ella; de ella saca a sus miembros, de ella extrae preciosos
tesoros de cultura, y sufre sus vicisitudes históricas como también
contribuye a sus éxitos. Ahora bien; todos saben por igual que la humanidad
en este tiempo está en vía de grandes transformaciones, trastornos y
desarrollos que cambian profundamente no sólo sus formas exteriores de vida,
sino también sus modos de pensar. Su pensamiento, su cultura, su espíritu se
han modificado íntimamente, ya por el progreso científico, técnico y social,
ya por las corrientes del pensamiento filosófico y político que la invaden y
atraviesan. Todo ello, como las olas de un mar, envuelve y sacude a la
Iglesia misma; los espíritus de los hombres que a ella se confían están
fuertemente influidos por el clima del mundo temporal; de tal manera que un
peligro como de vértigo, de aturdimiento, de extravío, puede sacudir su
misma solidez e inducir a muchos a aceptar los más extraños pensamientos,
como si la Iglesia tuviera que renegar de sí misma y abrazar novísimas e
impensadas formas de vida. Así, por ejemplo, el fenómeno modernista —que
todavía aflora en diversas tentativas de expresiones extrañas a la auténtica
realidad de la religión católica—, ¿no fue precisamente un episodio de un
parecido predominio de las tendencias psicológico-culturales, propias del
mundo profano, sobre la fiel y genuina expresión de la doctrina y de la
norma de la Iglesia de Cristo? Ahora bien; creemos que para inmunizarse
contra tal peligro, siempre inminente y múltiple, que procede de muchas
partes, el remedio bueno y obvio es el profundizar en la conciencia de la
Iglesia, sobre lo que ella es verdaderamente, según la mente de Cristo
conservada en la Escritura y en la Tradición, e interpretada y desarrollada
por la genuina enseñanza eclesiástica, la cual está, como sabemos, iluminada
y guiada por el Espíritu Santo, dispuesto siempre, cuando se lo pedimos y
cuando le escuchamos, a dar indefectible cumplimiento a la promesa de
Cristo: El Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, ese os lo
enseñará todo y os traerá a la memoria todo lo que yo os he dicho(14).
LA CONCIENCIA EN LA MENTALIDAD MODERNA
9. Análogo razonamiento podríamos hacer sobre los errores que se introducen
aun dentro de la Iglesia misma, en los que caen los que tienen un
conocimiento parcial de su naturaleza y de su misión, sin tener en cuenta
suficientemente los documentos de la revelación divina y las enseñanzas del
magisterio instituido por Cristo mismo. Por lo demás, esta necesidad de
considerar las cosas conocidas en un acto reflejo para contemplarlas en el
espejo interior del propio espíritu, es característico de la mentalidad del
hombre moderno; su pensamiento se inclina fácilmente sobre sí mismo y sólo
entonces goza de certeza y plenitud, cuando se ilumina en su propia
conciencia. No es que esta costumbre se halle exenta de peligros graves
—ciertas corrientes filosóficas de gran renombre han explorado y
engrandecido esta forma de actividad espiritual del hombre como definitiva y
suprema, más aún, como medida y fuente de la realidad, llevando así el
pensamiento a conclusiones abstrusas, desoladas, paradójicas y radicalmente
falaces—; pero esto no impide que la educación en la búsqueda de la verdad
reflejada en lo interior de la conciencia sea por sí altamente apreciable y
hoy prácticamente difundida como expresión singular de la moderna cultura;
como tampoco impide que, bien coordinada con la formación del pensamiento
para descubrir la verdad donde ésta coincide con la realidad del ser
objetivo, el ejercicio de la conciencia revele siempre mejor, a quien lo
realiza, el hecho de la existencia del propio ser, de la propia dignidad
espiritual, de la propia capacidad de conocer y de obrar.
DESDE EL CONCILIO DE TRENTO HASTA LAS ENCÍCLICAS DE
NUESTROS TIEMPOS
10. Bien sabido es, además, cómo la Iglesia, en esto últimos tiempos, ha
comenzado, por obra de insignes investigadores, de almas grandes y
reflexivas, de escuelas teológicas calificadas, de movimientos pastorales y
misioneros, de notables experiencias religiosas, pero principalmente por
obra de memorables enseñanzas pontificias, a conocerse mejor a sí misma.
Muy largo sería aun tan sólo el mencionar toda la abundancia de la
literatura teológica que tiene por objeto a la Iglesia y que ha brotado de
su seno en el siglo pasado y en el nuestro; como también sería muy largo
recordar los documentos que el Episcopado católico y esta Sede Apostólica
han publicado sobre tema de tanta amplitud y de tanta importancia. Desde que
el Concilio de Trento trató de reparar las consecuencias de la crisis que
arrancó de la Iglesia, muchos de sus miembros en el siglo XVI, la doctrina
sobre la Iglesia misma tuvo grandes cultivadores y, en consecuencia, grandes
desarrollos. Bástenos aquí aludir a las enseñanzas del Concilio Ecuménico
Vaticano I en esta materia para comprender cómo el tema del estudio sobre la
Iglesia obliga no sólo a los Pastores y Maestros, sino también a los fieles
mismos y a los cristianos todos, a detenerse en él, como en una estación
obligada en el camino hacia Cristo y toda su obra; tanto que, como ya
dijimos, el Concilio Ecuménico Vaticano II no es sino una continuación y un
complemento del primero, precisamente por el empeño que tiene de volver a
examinar y definir la doctrina de la Iglesia. Y si no añadimos más, por amor
de la brevedad, y por dirigirnos a quien conoce muy bien esta materia de la
catequesis y de la espiritualidad tan difundidas hoy en la santa Iglesia, no
podemos, sin embargo, dejar de mencionar con particular recuerdo dos
documentos: nos referimos a la Encíclica Satis cognitum, del Papa
León XIII(15), y a la
Mystici Corporis del Papa Pío XII(16), documentos que nos ofrecen
amplia y luminosa doctrina sobre la divina institución por medio de la que
Cristo continúa en el mundo su obra de salvación y sobre la cual versa ahora
nuestra exposición. Baste recordar las palabras con que se abre el segundo
de tales documentos pontificios, que ha llegado a ser, puede decirse, texto
muy autorizado acerca de la teología sobre la Iglesia y muy fecundo en
espirituales meditaciones sobre esta obra de la divina misericordia que a
todos nos concierne. Y así, es muy a propósito recordar ahora las
magistrales palabras de nuestro gran Predecesor:
La doctrina sobre el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, recibida
primeramente de labios del mismo Redentor por la que aparece en su propia
luz el gran beneficio, nunca suficientemente alabado, de nuestra
estrechísima unión con tan excelsa Cabeza, es, en verdad, de tal índole que,
por su excelencia y dignidad, invita a su contemplación a todos y cada uno
de los hombres movidos por el Espíritu divino, e ilustrando sus mentes los
mueve en sumo grado a la ejecución de aquellas obras saludables que están en
armonía con sus mandamientos(17).
LA CIENCIA SOBRE EL CUERPO MÍSTICO
11. Para corresponder a esta invitación, que consideramos todavía operante
en nuestros espíritus, y de tal modo que expresa una de las necesidades
fundamentales de la vida de la Iglesia en nuestro tiempo, la proponemos
también aun hoy, a fin de que, ilustrados cada vez mejor con el conocimiento
del mismo Cuerpo Místico, sepamos apreciar sus divinos significados,
fortaleciendo así nuestro espíritu con incomparables alientos y procurando
prepararnos cada vez mejor para corresponder a los deberes de nuestra misión
y a las necesidades de la humanidad.
Y no nos parece tarea difícil cuando, por una parte vemos, como decíamos,
una inmensa floración de estudios que tienen por objeto la santa Iglesia, y,
por otra, sabemos que sobre ella principalmente ha fijado su mirada el
Concilio Ecuménico Vaticano II. Deseamos tributar un vivo elogio a los
hombres de estudio que, particularmente en estos últimos años, han dedicado
al estudio eclesiológico con perfecta docilidad al magisterio católico y con
genial aptitud de investigación y de expresión, fatigosos, largos y
fructuosos trabajos, y que así en las escuelas teológicas como en la
discusión científica y literaria, así en la apología y divulgación doctrinal
como también en la asistencia espiritual a las almas de los fieles y en la
conversación con los hermanos separados han ofrecido múltiples aclaraciones
sobre la doctrina de la Iglesia, algunas de las cuales son de alto valor y
de gran utilidad.
Por ello confiamos que la labor del Concilio será asistida con la luz del
Espíritu Santo y será continuada y llevada a feliz termino con tal docilidad
a sus divinas inspiraciones, con tal tesón en la investigación más profunda
e integral del pensamiento originario de Cristo y de sus necesarias y
legítimas evoluciones en el correr de los tiempos, con tal solicitud por
hacer de la verdad divina argumento para unir -no ya para dividir- los
ánimos en estériles discusiones o dolorosas escisiones, sino para
conducirlos a una mayor claridad y concordia, de donde resulte gloria de
Dios, gozo en la Iglesia y edificación para el mundo.
LA VID Y LOS SARMIENTOS
12. De propósito nos abstenemos de pronunciar en esta encíclica sentencia
alguna nuestra sobre los puntos doctrinales relativos a la Iglesia, porque
se encuentran sometidos al examen del mismo Concilio en curso, que estamos
llamados a presidir. Queremos dejar ahora a tan elevada y autorizada
asamblea libertad de estudio y de palabra, reservando a nuestro apostólico
oficio de maestro y de pastor, puesto a la cabeza de la Iglesia de Dios, el
momento de expresar nuestro juicio, contentísimos si podemos ofrecerlo en
nuestra plena conformidad con el de los Padres conciliares.
Pero no podemos omitir una rápida alusión a los frutos que Nos esperamos
que se derivarán, ya del Concilio mismo, ya del esfuerzo antes mencionado
que la Iglesia debe realizar para adquirir una conciencia más plena y más
fuerte de sí misma. Estos frutos son los objetivos que señalamos a nuestro
ministerio apostólico, cuando iniciamos sus dulces y enormes fatigas; son el
programa, por decirlo así, de nuestro Pontificado, y a vosotros, Venerables
Hermanos, os lo exponemos brevemente, pero con sinceridad, para que nos
ayudéis gustosos a llevarlo a la práctica, con vuestro consejo, vuestra
adhesión y vuestra colaboración. Juzgamos que al abriros nuestro ánimo se lo
abrimos a todos los fieles de la Iglesia de Dios y aun a los mismos a
quienes, más allá de los abiertos confines del redil de Cristo, pueda llegar
el eco de nuestra voz.
El primer fruto de la conciencia profundizada de la Iglesia sobre sí misma
es el renovado descubrimiento de su vital relación con Cristo. Cosa
conocidísima, pero fundamental, indispensable y nunca bastante sabida,
meditada y exaltada. ¿Qué no debería decirse acerca de este capítulo central
de todo nuestro patrimonio religioso? Afortunadamente vosotros ya conocéis
bien esta doctrina. Y Nos no añadiremos una sola palabra si no es para
recomendaros la tengáis siempre presente como la principal guía en vuestra
vida espiritual y en vuestra predicación.
Valga más que la nuestra la exhortación de nuestro mencionado Predecesor en
la citada encíclica Mystici Corporis: Es menester que nos
acostumbremos a ver en la Iglesia al mismo Cristo. Porque Cristo es quien
vive en su Iglesia, quien por medio de ella enseña, gobierna y confiere la
santidad; Cristo es también quien de varios modos se manifiesta en sus
diversos miembros sociales(18).
¡Oh, cómo nos agradaría detenernos con las reminiscencias que de la Sagrada
Escritura, de los Padres, de los Doctores y de los Santos afluyen a nuestro
espíritu, al pensar de nuevo en este luminoso punto de nuestra fe! ¿No nos
ha dicho Jesús mismo que El es la vid y nosotros los sarmientos?(19) ¿No
tenemos ante nuestra mente toda la riquísima doctrina de San Pablo, quien no
cesa de recordarnos: Vosotros sois uno en Cristo Jesús,(20) y de
recomendarnos que... crezcamos en El en todos sentidos, en El que es la
Cabeza, Cristo, por quien vive todo el cuerpo...(21) y de
amonestarnos...
todas las cosas y en todos Cristo(22). Nos baste, por todos, recordar
entre los maestros a San Agustín: ... alegrémonos y demos gracias,
porque hemos sido hechos no sólo cristianos, sino Cristo. ¿Entendéis, os
dais cuenta, hermanos, del favor que Dios nos ha hecho? admiraos, gozaos,
hemos sido hechos Cristo. Pues si El es Cabeza, nosotros somos sus miembros;
el hombre total El y nosotros... la plenitud, pues, de Cristo, la Cabeza y
los miembros. ¿Qué es Cabeza y miembros? Cristo y la Iglesia(23).
LA IGLESIA ES MISTERIO
13. Sabemos muy bien que esto es un misterio. Es el misterio de la Iglesia.
Y si nosotros, con la ayuda de Dios, fijamos la mirada del ánimo en este
misterio, conseguiremos muchos beneficios espirituales, precisamente
aquellos de los cuales creemos que ahora la Iglesia tiene mayor necesidad.
La presencia de Cristo, más aún, su misma vida se hará operante en cada una
de las almas y en el conjunto del Cuerpo Místico, mediante el ejercicio de
la fe viva y vivificante, según la palabra del Apóstol: Que Cristo
habite por la fe en vuestros corazones(24). Y realmente la conciencia
del misterio de la Iglesia es un hecho de fe madura y vivida. Produce en las
almas aquel sentir de la Iglesia que penetra al cristiano educado en la
escuela de la divina palabra, alimentado por la gracia de los Sacramentos y
por las inefables inspiraciones del Paráclito, animado a la práctica de las
virtudes evangélicas, empapado en la cultura y en la conversación de la
comunidad eclesial y profundamente alegre al sentirse revestido con aquel
sacerdocio real que es propio del pueblo de Dios(25). El misterio de la
Iglesia no es un mero objeto de conocimiento teológico, ha de ser un hecho
vivido, del cual el alma fiel aun antes que un claro concepto puede tener
una casi connatural experiencia; y la comunidad de los creyentes puede
hallar la íntima certeza en su participación en el Cuerpo Místico de Cristo,
cuando se da cuenta de que es el ministerio de la Jerarquía eclesiástica el
que por divina institución provee a iniciarla, a engendrarla(26), a
instruirla, a santificarla, a dirigirla, de tal modo que mediante este
bendito canal Cristo difunde en sus místicos miembros las admirables
comunicaciones de su verdad y de su gracia, y da a su Cuerpo Místico,
mientras peregrina en el tiempo, su visible estructura, su noble unidad, su
orgánica funcionalidad, su armónica variedad y su belleza espiritual. No hay
imágenes capaces de traducir en conceptos a nosotros accesibles la realidad
y la profundidad de este misterio; pero de una especialmente —después de la
mencionada del Cuerpo Místico, sugerida por el apóstol Pablo— debemos
conservar el recuerdo, porque el mismo Cristo la sugirió, y es la del
edificio del cual El es el arquitecto y el constructor, fundado, sí, sobre
un hombre naturalmente frágil, pero transformado por El milagrosamente en
sólida roca, es decir, dotado de prodigiosa y perenne indefectibilidad:
Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia(27).
PEDAGOGÍA DEL BAUTIZADO
13 b. Si logramos despertar en nosotros mismos y educar en los fieles, con
profunda y vigilante pedagogía, este fortificante sentido de la Iglesia,
muchas antinomias que hoy fatigan el pensamiento de los estudiosos de la
eclesiología —cómo, por ejemplo, la Iglesia es visible y a la vez
espiritual, cómo es libre y al mismo tiempo disciplinada, cómo es
comunitaria y jerárquica, cómo siendo ya santa, siempre está en vías de
santificación, cómo es contemplativa y activa, y así en otras cosas— serán
prácticamente dominadas y resueltas en la experiencia, iluminada por la
doctrina, por la realidad viviente de la Iglesia misma; pero, sobre todo,
logrará ella un resultado, muy importante, el de una magnífica
espiritualidad, alimentada por la piadosa lectura de la Sagrada Escritura,
de los Santos Padres y Doctores de la Iglesia, y con cuanto contribuye a
suscitar en ella esa conciencia. Nos referimos a la catequesis cuidadosa y
sistemática, a la participación en la admirable escuela de palabras, de
signos y de divinas efusiones que es la sagrada liturgia, a la meditación
silenciosa y ardiente de las verdades divinas y, finalmente, a la entrega
generosa a la oración contemplativa. La vida interior sigue siendo como el
gran manantial de la espiritualidad de la Iglesia, su modo peculiar de
recibir las irradiaciones del Espíritu de Cristo, expresión radical
insustituíble de su actividad religiosa y social e inviolable defensa y
renaciente energía de su difícil contacto con el mundo profano.
Es necesario volver a dar toda su importancia al hecho de haber recibido el
santo bautismo, es decir, de haber sido injertado, mediante tal sacramento,
en el Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia. Y esto especialmente en la
valoración consciente que el bautizado debe tener de su elevación, más aún,
de su regeneración a la felicísima realidad de hijo adoptivo de Dios, a la
dignidad de hermano de Cristo; a la suerte, queremos decir, a la gracia y al
gozo de la inhabitación del Espíritu Santo, a la vocación de una vida nueva,
que nada ha perdido de humano, salvo la desgracia del pecado original, y que
es capaz de dar las mejores manifestaciones y probar los más ricos y puros
frutos de todo los que es humano. El ser cristiano, el haber recibido el
santo bautismo, no debe ser considerado como cosa indiferente o sin valor,
sino que debe marcar profunda y felizmente la conciencia de todo bautizado;
debe ser, en verdad, considerado por él —como lo fue por los cristianos
antiguos— una iluminación que, haciendo caer sobre él el vivificante
rayo de la verdad divina, le abre el cielo, le esclarece la vida terrenal,
le capacita a caminar como hijo de la luz hacia la visión de Dios, fuente de
eterna felicidad. Fácil es comprender qué programa pone delante de
nosotros y de nuestro ministerio esta consideración, y Nos gozamos al
observar que está ya en vías de ejecución en toda la Iglesia y promovido con
iluminado y ardiente celo. Nos los recomendamos, Nos lo bendecimos.
14. Nos embarga, además, el deseo de que la Iglesia de Dios sea como Cristo
la quiere, una, santa, enteramente consagrada a la perfección a la cual El
la ha llamado y para la cual la ha preparado. Perfecta en su concepción
ideal, en el pensamiento divino, la Iglesia debe tender a la perfección en
su expresión real, en su existencia terrenal. Tal es el gran problema moral
que domina la vida entera de la Iglesia, el que da su medida, el que la
estimula, la acucia, la sostiene, la llena de gemidos y de súplicas, de
arrepentimiento y de esperanza, de esfuerzo y de confianza, de
responsabilidades y de méritos. Es un problema inherente a las realidades
teológicas de las que depende la vida humana; no se puede concebir el juicio
sobre el hombre mismo, sobre su naturaleza, sobre su perfección originaria y
sobre las ruinosas consecuencias del pecado original, sobre la capacidad del
hombre para el bien y sobre la ayuda que necesita para desearlo y
realizarlo, sobre el sentido de la vida presente y de su finalidad, sobre
los valores que el hombre desea o de los que dispone, sobre el criterio de
perfección y de santidad y sobre los medios y los modos de dar a la vida su
grado más alto de belleza y plenitud, sin referirse a la enseñanza doctrinal
de Cristo y del consiguiente magisterio eclesiástico. El ansia de conocer
los caminos del Señor es y debe ser continua en la Iglesia, y Nos querríamos
que la discusión, siempre tan fecunda y variada, que sobre las cuestiones
relativas a la perfección se va sosteniendo de siglo en siglo, aun dentro
del seno de la Iglesia, recobrase el interés supremo que merece tener; y
esto, no tanto para elaborar nuevas teorías cuanto para despertar nuevas
energías, encaminadas precisamente hacia la santidad que Cristo nos enseñó y
que con su ejemplo, con su palabra, con su gracia, con su escuela, sostenida
por la tradición eclesiástica, fortificada con su acción comunitaria,
ilustrada por las singulares figuras de los Santos, nos hace posible
conocerla, desearla y aun conseguirla.
PERFECCIONAMIENTO DE LOS CRISTIANOS
15. Este estudio de perfeccionamiento espiritual y moral se halla
estimulado aun exteriormente por las condiciones en que la Iglesia
desarrolla su vida. Ella no puede permanecer inmóvil e indiferente ante los
cambios del mundo que la rodea. De mil maneras éste influye y condiciona la
conducta práctica de la Iglesia. Ella, como todos saben, no está separada
del mundo, sino que vive en él. Por eso los miembros de la Iglesia reciben
su influjo, respiran su cultura, aceptan sus leyes, asimilan sus costumbres.
Este inmanente contacto de la Iglesia con la sociedad temporal le crea una
continua situación problemática, hoy laboriosísima. Por una parte, la vida
cristiana, tal como la Iglesia la defiende y promueve, debe continuar y
valerosamente evitar todo cuanto pueda engañarla, profanarla, sofocarla,
como para inmunizarse contra el contagio del error y del mal; por otra, no
sólo debe adaptarse a los modos de concebir y de vivir que el ambiente
temporal le ofrece y le impone, en cuanto sean compatibles con las
exigencias esenciales de su programa religioso y moral, sino que debe
procurar acercarse a él, purificarlo, ennoblecerlo, vivificarlo y
santificarlo; tarea ésta, que impone a la Iglesia un perenne examen de
vigilancia moral y que nuestro tiempo reclama con particular apremio y con
singular gravedad.
También a este propósito la celebración del Concilio es providencial. El
carácter pastoral que se propone adoptar, los fines prácticos de «poner al
día» la disciplina canónica, el deseo de facilitar lo más posible —en
armonía con el carácter sobrenatural que le es propio— la práctica de la
vida cristiana, confieren a este Concilio un mérito singular ya desde este
momento, cuando aún falta la mayor parte de las deliberaciones que de él
esperamos. En efecto, tanto en los pastores como en los fieles, el Concilio
despierta el deseo de conservar y acrecentar en la vida cristiana su
carácter de autenticidad sobrenatural y recuerda a todos el deber de
imprimir ese carácter positiva y fuertemente en la propia conducta, ayuda a
los débiles para ser buenos, a los buenos para ser mejores, a los mejores
para ser generosos y a los generosos para hacerse santos. Descubre nuevas
expresiones de santidad, excita al amor a que se haga fecundo, provoca
nuevos impulsos de virtud y de heroísmo cristiano.
SENTIDO DE LA "REFORMA"
16. Naturalmente, al Concilio corresponderá sugerir qué reformas son las
que se han de introducir en la legislación de la Iglesia; y las comisiones
posconciliares, sobre todo la constituida para la revisión del Código de
Derecho canónico, y designada por Nos ya desde ahora, procurarán formular en
términos, concretos las deliberaciones del Sínodo ecuménico. A vosotros,
pues, Venerables Hermanos, os tocará indicarnos las medidas que se han de
tomar para hermosear y rejuvenecer el rostro de la Santa Iglesia. Quede una
vez más manifiesto nuestro propósito de favorecer dicha reforma. ¡Cuántas
veces en los siglos pasados este propósito ha estado asociado en la historia
de los Concilios! Pues bien, que lo esté una vez más, pero ahora no ya para
desarraigar de la Iglesia determinadas herejías y generales desórdenes que,
gracias a Dios no existen en su seno, sino para infundir un nuevo vigor
espiritual en el Cuerpo Místico de Cristo, en cuanto sociedad visible,
purificándolo de los defectos de muchos de sus miembros y estimulándolo a
nuevas virtudes.
Para que esto pueda realizarse, mediante el divino auxilio, séanos
permitido presentaros ahora algunas consideraciones previas que sirvan para
facilitar la obra de la renovación, para infundirle el valor que ella
necesita —pues, en efecto, no se puede llevar a cabo sin algún sacrificio— y
para trazarle algunas líneas según las cuales pueda mejor realizarse.
17. Ante todo, hemos de recordar algunos criterios que nos advierten sobre
las orientaciones con que ha de procurarse esta reforma. La cual no puede
referirse ni a la concepción esencial, ni a las estructuras fundamentales de
la Iglesia católica. La palabra "reforma" estaría mal empleada, si la
usáramos en ese sentido. No podemos acusar de infidelidad a nuestra amada y
santa Iglesia de Dios, pues tenemos por suma gracia pertenecer a ella y que
de ella suba a nuestra alma el testimonio de que somos hijos de Dios(28).
¡Oh, no es orgullo, no es presunción, no es obstinación, no es locura, sino
luminosa certeza y gozosa convicción la que tenemos de haber sido
constituidos miembros vivos y genuinos del Cuerpo de Cristo, de ser
auténticos herederos del Evangelio de Cristo, de ser directamente
continuadores de los Apóstoles, de poseer en el gran patrimonio de verdades
y costumbres que caracterizan a la Iglesia católica, tal cual hoy es, la
herencia intacta y viva de la primitiva tradición apostólica. Si esto
constituye nuestro blasón, o mejor, el motivo por el cual debemos dar
gracias a Dios siempre(29) constituye también nuestra responsabilidad
ante Dios mismo, a quien debemos dar cuenta de tan gran beneficio; ante la
Iglesia, a quien debemos infundir con la certeza el deseo, el propósito de
conservar el tesoro —el depositum de que habla San Pablo(30)— y ante
los Hermanos todavía separados de nosotros, y ante el mundo entero, a fin de
que todos venga a compartir con nosotros el don de Dios.
De modo que en este punto, si puede hablarse de reforma, no se debe
entender cambio, sino más bien confirmación en el empeño de conservar la
fisonomía que Cristo ha dado a su Iglesia, más aún, de querer devolverle
siempre su forma perfecta que, por una parte, corresponda a su diseño
primitivo y que, por otra, sea reconocida como coherente y aprobada en aquel
desarrollo necesario que, como árbol de la semilla, ha dado a la Iglesia,
partiendo de aquel diseño, su legítima forma histórica y concreta. No nos
engañe el criterio de reducir el edificio de la Iglesia, que se ha hecho
amplio y majestuoso para la gloria de Dios, como magnífico templo suyo, a
sus iniciales proporciones mínimas, como si aquellas fuesen las únicas
verdaderas, las únicas buenas; ni nos ilusione el deseo de renovar la
estructura de la Iglesia por vía carismática, como si fuese nueva y
verdadera aquella expresión eclesial que surgiera de ideas particulares
—fervorosas sin duda y tal vez persuadidas de que gozan de la divina
inspiración—, introduciendo así arbitrarios sueños de artificiosas
renovaciones en el diseño constitutivo de la Iglesia. Hemos de servir a la
Iglesia, tal como es, y debemos amarla con sentido inteligente de la
historia y buscando humildemente la voluntad de Dios, que asiste y guía a la
Iglesia, aunque permite que la debilidad humana obscurezca algo la pureza de
sus líneas y la belleza de su acción. Esta pureza y esta belleza son las que
estamos buscando y queremos promover.
DAÑOS Y PELIGROS DE LA CONCEPCIÓN PROFANA DE LA VIDA
18. Es menester asegurar en nosotros estas convicciones a fin de evitar
otro peligro que el deseo de reforma podría engendrar, no tanto en nosotros,
pastores —defendidos por un vivo sentido de responsabilidad—, cuanto en la
opinión de muchos fieles que piensan que la reforma de la Iglesia debe
consistir principalmente en la adaptación de sus sentimientos y de sus
costumbres a las de los mundanos. La fascinación de la vida profana es hoy
poderosa en extremo. El conformismo les parece a muchos ineludible y
prudente. El que no está bien arraigado en la fe y en la práctica de la ley
eclesiástica, fácilmente piensa que ha llegado el momento de adaptarse a la
concepción profana de la vida, como si ésta fuese la mejor, la que un
cristiano puede y debe apropiarse. Este fenómeno de adaptación se manifiesta
así en el campo filosófico (¡cuánto puede la moda aun en el reino del
pensamiento, que debería ser autónomo y libre y sólo ávido y dócil ante la
verdad y la autoridad de reconocidos maestros!) como en el campo práctico,
donde cada vez resulta más incierto y difícil señalar la línea de la
rectitud moral y de la recta conducta práctica.
El naturalismo amenaza vaciar la concepción original del cristianismo; el
relativismo, que todo lo justifica y todo lo califica como de igual valor,
atenta al carácter absoluto de los principios cristianos; la costumbre de
suprimir todo esfuerzo y toda molestia en la práctica ordinaria de la vida,
acusa de inutilidad fastidiosa a la disciplina y a la «ascesis» cristiana;
más aún, a veces el deseo apostólico de acercarse a los ambientes profanos o
de hacerse acoger por los espíritus modernos —de los juveniles
especialmente— se traduce en una renuncia a las formas propias de la vida
cristiana y a aquel mismo estilo de conducta que debe dar a tal empeño de
acercamiento y de influjo educativo su sentido y su vigor.
¿No es acaso verdad que a veces el clero joven, o también algún celoso
religioso guiado por la buena intención de penetrar en la masa popular o en
grupos particulares, trata de confundirse con ellos en vez de distinguirse,
renunciando con inútil mimetismo a la eficacia genuina de su apostolado? De
nuevo, en su realidad y en su actualidad, se presenta el gran principio,
enunciado por Jesucristo: estar en el mundo, pero no ser del mundo; y
dichosos nosotros si Aquel que siempre vive para interceder por nosotros(31)
eleva todavía su tan alta como conveniente oración ante el Padre celestial:
No ruego que los saques del mundo, sino que los guardes del mal(32).
NO INMOVILIDAD, SINO "AGGIORNAMENTO"
19. Esto no significa que pretendamos creer que la perfección consista en
la inmovilidad de las formas, de que la Iglesia se ha revestido a lo largo
de los siglos; ni tampoco en que se haga refractaria a la adopción de formas
hoy comunes y aceptables de las costumbres y de la índole de nuestro tiempo.
La palabra, hoy ya famosa, de nuestro venerable Predecesor Juan XXIII, de
feliz memoria, la palabra "aggiornamento", Nos la tendremos siempre presente
como norma y programa; lo hemos confirmado como criterio directivo del
Concilio Ecuménico, y lo recordaremos como un estímulo a la siempre
renaciente vitalidad de la Iglesia, a su siempre vigilante capacidad de
estudiar las señales de los tiempos y a su siempre joven agilidad de
probar... todo y de apropiarse lo que es bueno(33); y ello, siempre y en
todas partes.
OBEDIENCIA, ENERGÍAS MORALES, SACRIFICIO
20. Repitamos, una vez más, para nuestra común advertencia y provecho: La
Iglesia volverá a hallar su renaciente juventud, no tanto cambiando sus
leyes exteriores cuanto poniendo interiormente su espíritu en actitud de
obedecer a Cristo, y, por consiguiente, de guardar las leyes que ella, en el
intento de seguir el camino de Cristo, se prescribe a sí misma: he ahí el
secreto de su renovación, esa es su metanoia, ese su ejercicio de
perfección. Aunque la observancia de la norma eclesiástica pueda hacerse más
fácil por la simplificación de algún precepto y por la confianza concedida a
la libertad del cristiano de hoy, más conocedor de sus deberes y más maduro
y más prudente en la elección del modo de cumplirlos, la norma, sin embargo,
permanece en su esencial exigencia: la vida cristiana, que la Iglesia va
interpretando y codificando en prudentes disposiciones, exigirá siempre
fidelidad, empeño, mortificación y sacrificio; estará siempre marcada por el
"camino estrecho" del que nos habla nuestro Señor(34); exigirá de nosotros,
cristianos modernos, no menores sino quizá mayores energías morales que a
los cristianos de ayer; una prontitud en la obediencia, hoy no menos debida
que en lo pasado, y acaso más difícil, ciertamente más meritoria, porque es
guiada más por motivos sobrenaturales que naturales. No es la conformidad al
espíritu del mundo, ni la inmunidad a la disciplina de una razonable
ascética, ni la indiferencia hacia las libres costumbres de nuestro tiempo,
ni la emancipación de la autoridad de prudentes y legítimos superiores, ni
la apatía respecto a las formas contradictorias del pensamiento moderno las
que pueden dar vigor a la Iglesia, las que pueden hacerla idónea para
recibir el influjo de los dones del Espíritu Santo, pueden darle la
autenticidad en el seguir a Cristo nuestro Señor, pueden conferirle el ansia
de la caridad hacia los hermanos y la capacidad de comunicar su mensaje de
salvación, sino su actitud de vivir según la gracia divina, su fidelidad al
Evangelio del Señor, su cohesión jerárquica y comunitaria. El cristiano no
es flojo y cobarde, sino fuerte y fiel.
Sabemos muy bien cuán larga se haría la exposición si quisiésemos trazar
aun sólo en sus líneas principales el programa moderno de la vida cristiana;
ni pretendemos ahora adentrarnos en tal empresa. Vosotros, por lo demás,
sabéis cuáles sean las necesidades morales de nuestro tiempo, y no cesaréis
de llamar a los fieles a la comprensión de la dignidad, de la pureza, de la
austeridad de la vida cristiana, como tampoco dejaréis de denunciar, en el
mejor modo posible, aun públicamente, los peligros morales y los vicios que
nuestro tiempo padece. Todos recordamos las solemnes exhortaciones con que
la Sagrada Escritura nos amonesta: Conozco tus obras, tus trabajos y tu
paciencia y que no puedes tolerar a los malos(35); y todos procuraremos
ser pastores vigilantes y activos. El Concilio Ecuménico debe darnos, a
nosotros mismos, nuevas y saludables prescripciones; y todos ciertamente
tenemos que disponer, ya desde ahora, nuestro ánimo para recibirlas y
ejecutarlas.
EL ESPÍRITU DE POBREZA
21. Pero no queremos omitir dos indicaciones particulares que creemos tocan
a necesidades y deberes principales, y que pueden ofrecer tema de reflexión
para las orientaciones generales de una buena renovación de la vida
eclesiástica. Aludimos primeramente al espíritu de pobreza. Creemos que está
de tal manera proclamado en el santo Evangelio, tan en las entrañas del plan
de nuestro destino al reino de Dios, tan amenazado por la valoración de los
bienes en la mentalidad moderna, que es por otra parte necesario para
hacernos comprender tantas debilidades y pérdidas nuestras en el tiempo
pasado y para hacernos también comprender cuál debe ser nuestro tenor de
vida y cuál el método mejor para anunciar a las almas la religión de Cristo,
y que es, en fin, tan difícil practicarlo debidamente, que nos atrevemos a
hacer mención explícita de él, en este nuestro mensaje, no tanto porque Nos
tengamos el propósito de dar especiales disposiciones canónicas a este
respecto, cuanto para pediros a vosotros, Venerables Hermanos, el aliento de
vuestro consentimiento, de vuestro consejo y de vuestro ejemplo. Esperamos
de vosotros que, como voz autorizada interpretáis los mejores impulsos, en
los que palpita el Espíritu de Cristo en la Santa Iglesia, digáis cómo deben
los Pastores y los fieles educar hoy, para la pobreza, el lenguaje y la
conducta: Tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, nos
avisa el Apóstol(36); y como debemos al mismo tiempo proponer a la vida
eclesiástica aquellos criterios y normas que deben fundar nuestra confianza
más sobre la ayuda de Dios y sobre los bienes del espíritu, que sobre los
medios temporales; que deben recordarnos a nosotros y enseñar al mundo la
primacía de tales bienes sobre los económicos, así como los límites y
subordinación de su posesión y de su uso a lo que sea útil para el
conveniente ejercicio de nuestra misión apostólica.
La brevedad de esta alusión a la excelencia y obligación del espíritu de
pobreza, que caracteriza al Evangelio de Cristo, no nos dispensa de recordar
que este espíritu no nos impide la compresión y el empleo, en la forma que
se nos consiente, del hecho económico agigantado y fundamental en el
desarrollo de la civilización moderna, especialmente en todos sus reflejos,
humanos y sociales. Pensamos más bien que la liberación interior, que
produce el espíritu de pobreza evangélica, nos hace más sensibles y nos
capacita más para comprender los fenómenos humanos relacionados con lo
factores económicos, ya para dar a la riqueza y al progreso, que ella puede
engendrar, la justa y a veces severa estimación que le conviene, ya para dar
a la indigencia el interés más solícito y generoso, ya, finalmente, deseando
que los bienes económicos no se conviertan en fuentes de luchas, de egoísmos
y de orgullo entre los hombres, sino que más bien se enderecen por vías de
justicia y equidad hacia el bien común, y que por lo mismo cada vez sean
distribuidos con mayor previsión. Todo cuanto se refiere a estos bienes
económicos —inferiores, sin duda, a los bienes espirituales y eternos, pero
necesarios a la vida presente— encuentra en el discípulo del Evangelio un
hombre capaz de una valoración sabia y de una cooperación humanísima: la
ciencia, la técnica, y especialmente el trabajo en primer lugar, se
convierten para Nos en objeto de vivísimo interés, y el pan que de ahí
procede se convierte en pan sagrado tanto para la mesa como para el altar.
Las enseñanzas sociales de la Iglesia no dejan duda alguna a este respecto,
y de buen grado aprovechamos esta ocasión para afirmar una vez más
expresamente nuestra coherente adhesión a estas saludables doctrinas.
HORA DE LA CARIDAD
22. La otra indicación que queremos hacer es sobre el espíritu de caridad:
pero ¿no está ya este tema muy presente en vuestros ánimos? ¿No marca acaso
la caridad el punto focal de la economía religiosa del Antiguo y del Nuevo
Testamento? ¿No están dirigidos a la caridad los pasos de la experiencia
espiritual de la Iglesia? ¿No es acaso la caridad el descubrimiento cada vez
más luminoso y más gozoso que la teología, por una lado, la piedad, por
otro, van haciendo en la incesante meditación de los tesoros de la Escritura
y los sacramentales, de los que la Iglesia es heredera, depositaria, maestra
y dispensadora? Creemos con nuestros Predecesores, con la corona de los
Santos, que nuestros tiempos han dado a la Iglesia celestial y terrena, y
con el instinto devoto del pueblo fiel, que la caridad debe hoy asumir el
puesto que le corresponde, el primero, el más alto, en la escala de los
valores religiosos y morales, no sólo en la estimación teórica, sino también
en la práctica de la vida cristiana. Esto sea dicho tanto de la caridad para
con Dios, que es reflejo de su Caridad sobre nosotros, como de la caridad
que por nuestra parte hemos de difundir nosotros sobre nuestro prójimo, es
decir, el género humano. La caridad todo lo explica. La caridad todo lo
inspira. La caridad todo lo hace posible, todo lo renueva. La caridad todo
lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera(37). ¿Quién
de nosotros ignora estas cosas? Y si las sabemos, ¿no es ésta acaso la hora
de la caridad?
CULTO A MARÍA
23. Esta visión de humilde y profunda plenitud cristiana conduce nuestro
pensamiento hacia María Santísima, como a quien perfecta y maravillosamente
lo refleja en sí, más aún, lo ha vivido en la tierra y ahora en el cielo
goza de su fulgor y beatitud. Florece felizmente en la Iglesia el culto a
nuestra Señora y nos complacemos, en esta ocasión, en dirigir vuestros
espíritus para admirar en la Virgen Santísima —Madre de Cristo y, por
consiguiente, Madre de Dios y Madre nuestra— el modelo de la perfección
cristiana, el espejo de las virtudes sinceras, la maravilla de la verdadera
humanidad. Creemos que el culto a María es fuente de enseñanzas evangélicas:
en nuestra peregrinación a Tierra Santa, de Ella que es la beatísima, la
dulcísima, la humildísima, la inmaculada criatura, a quien cupo el
privilegio de ofrecer al Verbo de Dios carne humana en su primigenia e
inocente belleza, quisimos derivar la enseñanza de la autenticidad
cristiana, y a Ella también ahora volvemos la mirada suplicante, como a
amorosa maestra de vida, mientras razonamos con vosotros, Venerables
Hermanos, de la regeneración espiritual y moral de la vida de la Iglesia.
24. Hay una tercera actitud que la Iglesia católica tiene que adoptar en
esta hora histórica del mundo, y es la que se caracteriza por el estudio de
los contactos que ha de tener con la humanidad. Si la Iglesia logra cada vez
más clara conciencia de sí, y si ella trata de adaptarse a aquel mismo
modelo que Cristo le propone, es necesario que la Iglesia se diferencie
profundamente del ambiente humano en el cual vive y al cual se aproxima. El
Evangelio nos hace advertir tal distinción, cuando nos habla del "mundo", es
decir, de la humanidad adversa a la luz de la fe y al don de la gracia, de
la humanidad que se exalta en un ingenuo optimismo creyendo que le bastan
las propias fuerzas para lograr su expresión plena, estable y benéfica; o de
la humanidad, que se deprime en un crudo pesimismo declarando fatales,
incurables y acaso también deseables como manifestaciones de libertad y de
autenticidad, los propios vicios, las propias debilidades, las propias
enfermedades morales. El Evangelio, que conoce y denuncia, compadece y cura
las miserias humanas con penetrante y a veces desgarradora sinceridad, no
cede, sin embargo, ni a la ilusión de la bondad natural del hombre, como si
se bastase a sí mismo y no necesitase ya ninguna otra cosa, sino ser dejado
libre para abandonarse arbitrariamente, ni a la desesperada resignación de
la corrupción incurable de la humana naturaleza. El Evangelio es luz, es
novedad, es energía, es nuevo nacimiento, es salvación. Por esto engendra y
distingue una forma de vida nueva, de la que el Nuevo Testamento nos da
continua y admirable lección: No os conforméis a este siglo, sino
transformaos por la renovación de la mente, para que procureis conocer cuál
es la voluntad de Dios, buena, grata y perfecta(38), nos amonesta San
Pablo.
Esta diferencia entre la vida cristiana y la vida profana se deriva también
de la realidad y de la consiguiente conciencia de la justificación,
producida en nosotros por nuestra comunicación con el misterio pascual, con
el santo bautismo ante todo, que, como más arriba decíamos, es y debe ser
considerado una verdadera regeneración. De nuevo nos lo recuerda San Pablo:
... cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados para
participar en su muerte. Con El hemos sido sepultados por el bautismo, para
participar en su muerte, para que como El resucitó de entre los muerto por
la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva(39).
Muy oportuno será que también el cristiano de hoy tenga siempre presente
esta su original y admirable forma de vida, que lo sostenga en el gozo de su
dignidad y lo inmunice del contagio de la humana miseria circundante o de la
seducción del esplendor humano que igualmente le rodea.
VIVIR EN EL MUNDO, PERO NO DEL MUNDO
25. He aquí cómo el mismo San Pablo educaba a los cristianos de la primera
generación: No os juntéis bajo un mismo yugo con los infieles. Porque
¿qué participación hay entre la justicia y la iniquidad? ¿Qué comunión entre
la luz y las tinieblas?... O ¿qué asociación del creyente con el infiel?(40).
La pedagogía cristiana deberá recordar siempre al discípulo de nuestros
tiempos esta su privilegiada condición y este consiguiente deber de vivir en
el mundo, pero no del mundo, según el deseo mismo de Jesús, que antes
citamos con respecto a sus discípulos: No pido que los saques del mundo,
sino que los preserves del mal. Ellos no son del mundo, como yo no soy del
mundo(41). Y la Iglesia hace propio este deseo.
Pero esta diferencia no es separación. Mejor, no es indiferencia, no es
temor, no es desprecio. Cuando la Iglesia se distingue de la humanidad, no
se opone a ella, antes bien se le une. Como el médico que, conociendo las
insidias de una pestilencia procura guardarse a sí y a los otros de tal
infección, pero al mismo tiempo se consagra a la curación de los que han
sido atacados, así la Iglesia no hace de la misericordia, que la divina
bondad le ha concedido, un privilegio exclusivo, no hace de la propia
fortuna un motivo para desinteresarse de quien no la ha conseguido, antes
bien convierte su salvación en argumento de interés y de amor para todo el
que esté junto a ella o a quien ella pueda acercarse con su esfuerzo
comunicativo universal.
MISIÓN QUE CUMPLIR, ANUNCIO QUE DIFUNDIR
26. Si verdaderamente la Iglesia, como decíamos, tiene conciencia de lo que
el Señor quiere que ella sea, surge en ella una singular plenitud y una
necesidad de efusión, con la clara advertencia de una misión que la
trasciende y de un anuncio que debe difundir. Es el deber de la
evangelización. Es el mandato misionero. Es el ministerio apostólico. No es
suficiente una actitud fielmente conservadora. Cierto es que hemos de
guardar el tesoro de verdad y de gracia que la tradición cristiana nos ha
legado en herencia; más aún: tendremos que defenderlo. Guarda el
depósito, amonesta San Pablo(42). Pero ni la custodia, ni la defensa
rellenan todo el deber de la Iglesia respecto a los dones que posee. El
deber congénito al patrimonio recibido de Cristo es la difusión, es el
ofrecimiento, es el anuncio, bien lo sabemos: Id, pues, enseñad a todas las
gentes(43) es el supremo mandato de Cristo a sus Apóstoles. Estos con el
nombre mismo de Apóstoles definen su propia e indeclinable misión. Nosotros
daremos a este impulso interior de caridad que tiende a hacerse don exterior
de caridad el nombre, hoy ya común, de "diálogo".
EL "DIÁLOGO"
27. La Iglesia debe ir hacia el diálogo con el mundo en que le toca vivir.
La Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace
coloquio. Este aspecto capital de la vida actual de la Iglesia será
objeto de un estudio particular y amplio por parte del Concilio Ecuménico,
como es sabido, y Nos no queremos entrar al examen concreto de los temas
propuestos a tal estudio, para así dejar a los Padres del Concilio la misión
de tratarlos libremente. Nos queremos tan sólo, Venerables Hermanos,
invitaros a anteponer a este estudio algunas consideraciones para que sean
más claros los motivos que mueven a la Iglesia al diálogo, más claros los
métodos que se deben seguir y más claros los objetivos que se han de
alcanzar. Queremos preparar los ánimos, no tratar las cuestiones.
Y no podemos hacerlo de otro modo, convencidos de que el diálogo debe
caracterizar nuestro oficio apostólico, como herederos que somos de una
estilo, de una norma pastoral que nos ha sido transmitida por nuestros
Predecesores del siglo pasado, comenzando por el grande y sabio León XIII,
que casi personifica la figura evangélica del escriba prudente, que como
un padre de familia saca de su tesoro cosas antiguas y nuevas(44),
emprendía majestuosamente el ejercicio del magisterio católico haciendo
objeto de su riquísima enseñanza los problemas de nuestro tiempo
considerados a la luz de la palabra de Cristo. Y del mismo modo sus
sucesores, como sabéis. ¿No nos han dejado nuestros Predecesores,
especialmente los papas Pío XI y Pío XII, un magnífico y muy rico patrimonio
de doctrina, concebida en el amoroso y sabio intento de aunar el pensamiento
divino con el pensamiento humano, no abstractamente considerado, sino
concretamente formulado con el lenguaje del hombre moderno? Y este intento
apostólico, ¿qué es sino un diálogo? Y ¿no dio Juan XXIII, nuestro inmediato
Predecesor, de venerable memoria, un acento aun más marcado a su enseñanza
en el sentido de acercarla lo más posible a la experiencia y a la compresión
del mundo contemporáneo?
¿No se ha querido dar al mismo Concilio, y con toda razón, un fin pastoral,
dirigido totalmente a la inserción del mensaje cristiano en la corriente de
pensamiento, de palabra, de cultura, de costumbres, de tendencias de la
humanidad, tal como hoy vive y se agita sobre la faz de la tierra? Antes de
convertirlo, más aún, para convertirlo, el mundo necesita que nos acerquemos
a él y que le hablemos.
En lo que toca a nuestra humilde persona, aunque no nos gusta hablar de
ella y deseosos de no llamar la atención, no podemos, sin embargo, en esta
intención de presentarnos al Colegio episcopal y al pueblo cristiano, pasar
por alto nuestro propósito de perseverar —cuanto lo permitan nuestras
débiles fuerzas y sobre todo la divina gracia nos dé modo de llevarlo a
cabo— en la misma línea, en el mismo esfuerzo por acercarnos al mundo, en el
que la Providencia nos ha destinado a vivir, con todo respeto, con toda
solicitud, con todo amor, para comprenderlo, para ofrecerle los dones de
verdad y de gracia, cuyos depositarios nos ha hecho Cristo, a fin de
comunicarle nuestra maravillosa herencia de redención y de esperanza.
Profundamente grabadas tenemos en nuestro espíritu las palabras de Cristo
que, humilde pero tenazmente, quisiéramos apropiarnos: No... envió Dios
su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por
El(45).
LA RELIGIÓN, DIÁLOGO ENTRE DIOS Y EL HOMBRE
He aquí, Venerables Hermanos, el origen trascendente del diálogo. Este
origen está en la intención misma de Dios. La religión, por su naturaleza,
es una relación entre Dios y el hombre. La oración expresa con diálogo esta
relación. La revelación, es decir, la relación sobrenatural instaurada con
la humanidad por iniciativa de Dios mismo, puede ser representada en un
diálogo en el cual el Verbo de Dios se expresa en la Encarnación y, por lo
tanto, en el Evangelio. El coloquio paterno y santo, interrumpido entre Dios
y el hombre a causa del pecado original, ha sido maravillosamente reanudado
en el curso de la historia. La historia de la salvación narra precisamente
este largo y variado diálogo que nace de Dios y teje con el hombre una
admirable y múltiple conversación. Es en esta conversación de Cristo entre
los hombres(46) donde Dios da a entender algo de Sí mismo, el misterio de su
vida, unicísima en la esencia, trinitaria en las Personas, donde dice, en
definitiva, cómo quiere ser conocido: El es Amor; y cómo quiere ser honrado
y servido por nosotros: amor es nuestro mandamiento supremo. El diálogo se
hace pleno y confiado; el niño es invitado a él y de él se sacia el místico.
SUPREMAS CARACTERÍSTICAS DEL "COLOQUIO" DE LA SALVACIÓN
29. Hace falta que tengamos siempre presente esta inefable y dialogal
relación, ofrecida e instaurada con nosotros por Dios Padre, mediante Cristo
en el Espíritu Santo, para comprender qué relación debamos nosotros, esto
es, la Iglesia, tratar de establecer y promover con la humanidad.
El diálogo de la salvación fue abierto espontáneamente por iniciativa
divina: El nos amó el primero(47); nos corresponderá a nosotros
tomar la iniciativa para extender a los hombres el mismo diálogo, sin
esperar a ser llamados.
El diálogo de la salvación nació de la caridad, de la bondad divina: De
tal manera amó Dios al mundo que le dio su Hijo unigénito(48); no otra
cosa que un ferviente y desinteresado amor deberá impulsar el nuestro.
El diálogo de la salvación no se ajustó a los méritos de aquellos a quienes
fue dirigido, como tampoco por los resultados que conseguiría o que echaría
de menos: No necesitan médico los que están sanos(49); también el
nuestro ha de ser sin límites y sin cálculos.
El diálogo de la salvación no obligó físicamente a nadie a acogerlo; fue un
formidable requerimiento de amor, el cual si bien constituía una tremenda
responsabilidad en aquellos a quienes se dirigió(50), les dejó, sin embargo,
libres para acogerlo o rechazarlo, adaptando inclusive la cantidad(51) y la
fuerza probativa de los milagros(52) a las exigencias y disposiciones
espirituales de sus oyentes, para que les fuese fácil un asentimiento libre
a la divina revelación sin perder, por otro lado, el mérito de tal
asentimiento. Así nuestra misión, aunque es anuncio de verdad indiscutible y
de salvación indispensable, no se presentará armada por coacción externa,
sino tan sólo por los legítimos caminos de la educación humana, de la
persuasión interior y de la conversación ordinaria, ofrecerá su don de
salvación, quedando siempre respetada la libertad personal y civil.
El diálogo de la salvación se hizo posible a todos; a todos se destina sin
discriminación alguna(53); de igual modo el nuestro debe ser potencialmente
universal, es decir, católico, y capaz de entablarse con cada uno, a no ser
que alguien lo rechace o insinceramente finja acogerlo.
El diálogo de la salvación ha procedido normalmente por grados de
desarrollo sucesivo, ha conocido los humildes comienzos antes del pleno
éxito(54); también el nuestro habrá de tener en cuenta la lentitud de la
madurez psicológica e histórica y la espera de la hora en que Dios lo haga
eficaz. No por ello nuestro diálogo diferirá para mañana lo que se pueda
hacer hoy; debe tener el ansia de la hora oportuna y el sentido del valor
del tiempo(55). Hoy, es decir, cada día, debe volver a empezar, y por parte
nuestra antes que por parte de aquellos a quienes se dirige.
EL MENSAJE CRISTIANO EN LA CORRIENTE DEL PENSAMIENTO
HUMANO
30. Como es claro, las relaciones entre la iglesia y el mundo pueden
revestir muchos y diversos aspectos entre sí. Teóricamente hablando, la
Iglesia podría proponerse reducir al mínimo tales relaciones, tratando de
liberarse de la sociedad profana; como podría también proponerse apartar los
males que en ésta puedan encontrarse, anatematizándolos y promoviendo
cruzadas en contra de ellos; podría, por lo contrario, acercarse tanto a la
sociedad profana que tratase de alcanzar un influjo preponderante y aun
ejercitar un dominio teocrático sobre ella; y así de otras muchas maneras.
Pero nos parece que la relación entre la Iglesia y el mundo, sin cerrar el
camino a otras formas legítimas, puede representarse mejor por un diálogo,
que no siempre podrá ser uniforme, sino adaptado a la índole del
interlocutor y a las circunstancias de hecho existente; una cosa, en efecto,
es el diálogo con un niño y otra con un adulto; una cosa es con un creyente
y otra con uno que no cree.
Esto es sugerido por la costumbre, ya difundida, de concebir así las
relaciones entre lo sagrado y lo profano, por el dinamismo transformador de
la sociedad moderna, por el pluralismo de sus manifestaciones como también
por la madurez del hombre, religioso o no, capacitado por la educación civil
para pensar, hablar y tratar con dignidad del diálogo.
Esta forma de relación exige por parte del que la entabla un propósito de
corrección, de estima, de simpatía y de bondad; excluye la condenación
apriorística, la polémica ofensiva y habitual, la vanidad de la conversación
inútil. Si es verdad que no trata de obtener inmediatamente la conversión
del interlocutor, porque respeta su dignidad y su libertad, busca, sin
embargo, su provecho y quisiera disponerlo a una comunión más plena de
sentimientos y convicciones.
Por tanto, este diálogo supone en nosotros, que queremos introducirlo y
alimentarlo con cuantos nos rodean, un estado de ánimo; el estado de ánimo
del que siente dentro de sí el peso del mandato apostólico, del que se da
cuenta de que no puede separar su propia salvación del empeño por buscar la
de los oros, del que se preocupa continuamente por poner el mensaje, del que
es depositario, en la corriente circulatoria del pensamiento humano.
CLARIDAD, MANSEDUMBRE, CONFIANZA, PRUDENCIA
31. El coloquio es, por lo tanto, un modo de ejercitar la misión
apostólica; es un arte de comunicación espiritual. Sus caracteres son los
siguientes: 1) La claridad ante todo: el diálogo supone y exige la
inteligibilidad: es un intercambio de pensamiento, es una invitación al
ejercicio de las facultades superiores del hombre; bastaría este solo título
para clasificarlo entre los mejores fenómenos de la actividad y cultura
humana, y basta esta su exigencia inicial para estimular nuestra diligencia
apostólica a que se revisen todas las formas de nuestro lenguaje, viendo si
es comprensible, si es popular, si es selecto. 2) Otro carácter es, además,
la afabilidad, la que Cristo nos exhortó a aprender de El mismo:
Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón(56); el diálogo no es
orgulloso, no es hiriente, no es ofensivo. Su autoridad es intrínseca por la
verdad que expone, por la caridad que difunde, por el ejemplo que propone;
no es una mandato ni una imposición. Es pacífico, evita los modos violentos,
es paciente, es generoso. 3) La confianza, tanto en el valor de la
propia palabra como en la disposición para acogerla por parte del
interlocutor; promueve la familiaridad y la amistad; entrelaza los espíritus
por una mutua adhesión a un Bien, que excluye todo fin egoístico. 4)
Finalmente, la prudencia
pedagógica, que tiene muy en cuenta las condiciones psicológicas y morales del
que oye(57): si es un niño, si es una persona ruda, si no está preparada, si
es desconfiada, hostil; y si se esfuerza por conocer su sensibilidad y por
adaptarse razonablemente y modificar las formas de la propia presentación
para no serle molesto e incomprensible.
Con el diálogo así realizado se cumple la unión de la verdad con la caridad
y de la inteligencia con el amor.
DIALÉCTICA DE AUTÉNTICA SABIDURÍA
32. En el diálogo se descubre cuán diversos son los caminos que conducen a
la luz de la fe y cómo es posible hacer que converjan a un mismo fin. Aun
siendo divergentes, pueden llegar a ser complementarios, empujando nuestro
razonamiento fuera de los senderos comunes y obligándolo a profundizar en
sus investigaciones y a renovar sus expresiones. La dialéctica de este
ejercicio de pensamiento y de paciencia nos hará descubrir elementos de
verdad aun en las opiniones ajenas, nos obligará a expresar con gran lealtad
nuestra enseñanza y nos dará mérito por el trabajo de haberlo expuesto a las
objeciones y a la lenta asimilación de los demás. Nos hará sabios, nos hará
maestros.
Y ¿cuál es el modo que tiene de desarrollarse? Muchas son las formas del
diálogo de la salvación. Obedece a exigencias prácticas, escoge medios
aptos, no se liga a vanos apriorismos, no se petrifica en expresiones
inmóviles, cuando éstas ya han perdido la capacidad de hablar y mover a los
hombres. Esto plantea un gran problema: el de la conexión de la misión de la
Iglesia con la vida de los hombres en un determinado tiempo, en un
determinado sitio, en una determinada cultura y en una determinada situación
social.
¿CÓMO ATRAER A LOS HERMANOS, SALVA LA INTEGRIDAD DE LA
VERDAD?
33. ¿Hasta qué punto debe la Iglesia acomodarse a las circunstancias
históricas y locales en que desarrolla su misión? ¿Cómo debe precaverse del
peligro de un relativismo que llegue a afectar su fidelidad dogmática y
moral? Pero ¿cómo hacerse al mismo tiempo capaz de acercarse a todos para
salvarlos a todos, según el ejemplo del Apóstol: Me hago todo para
todos, a fin de salvar a todos?(58).
Desde fuera no se salva al mundo. Como el Verbo de Dios que se ha hecho
hombre, hace falta hasta cierto punto hacerse una misma cosa con las formas
de vida de aquellos a quienes se quiere llevar el mensaje de Cristo; hace
falta compartir —sin que medie distancia de privilegios o diafragma de
lenguaje incomprensible— las costumbres comunes, con tal que sean humanas y
honestas, sobre todo las de los más pequeños, si queremos ser escuchados y
comprendidos. Hace falta, aun antes de hablar, escuchar la voz, más aún, el
corazón del hombre, comprenderlo y respetarlo en la medida de lo posible y,
donde lo merezca, secundarlo. Hace falta hacerse hermanos de los hombres en
el mismo hecho con el que queremos ser sus pastores, padres y maestros. El
clima del diálogo es la amistad. Más todavía, el servicio. Hemos de recordar
todo esto y esforzarnos por practicarlo según el ejemplo y el precepto que
Cristo nos dejó(59).
Pero subsiste el peligro. El arte del apostolado es arriesgado. La
solicitud por acercarse a los hermanos no debe traducirse en una atenuación
o en una disminución de la verdad. nuestro diálogo no puede ser una
debilidad frente al deber con nuestra fe. El apostolado no puede transigir
con una especie de compromiso ambiguo respecto a los principios de
pensamiento y de acción que han de señalar nuestra cristiana profesión. El
irenismo y el sincretismo son en el fondo formas de escepticismo respecto a
la fuerza y al contenido de la palabra de Dios que queremos predicar. Sólo
el que es totalmente fiel a la doctrina de Cristo puede ser eficazmente
apóstol. Y sólo el que vive con plenitud la vocación cristiana puede estar
inmunizado contra el contagio de los errores con los que se pone en
contacto.
INSUSTITUIBLE SUPREMACÍA DE LA PREDICACIÓN
34. Creemos que la voz del Concilio, al tratar las cuestiones relativas a
la Iglesia que ejerce su actividad en el mundo moderno, indicará algunos
criterios teóricos y prácticos que sirvan de guía para conducir como es
debido nuestro diálogo con los hombres de nuestro tiempo. E igualmente
pensamos que, tratándose de cuestiones que por un lado tocan a la misión
propiamente apostólica de la Iglesia y atendiendo, por otro, a las diversas
y variables circunstancias en las cuáles ésta se desarrolla, será tarea del
gobierno prudente y eficaz de la Iglesia misma trazar de vez en cuando
límites, formas y caminos a fin de que siempre se mantenga animado un
diálogo vivaz y benéfico.
Por ello dejamos este tema para limitarnos a recordar una vez más la gran
importancia que la predicación cristiana conserva y adquiere, sobre todo
hoy, en el cuadro del apostolado católico, es decir, en lo que ahora nos
toca, en el diálogo. Ninguna forma de difusión del pensamiento, aun elevado
técnicamente por medio de la prensa y de los medios audiovisivos a una
extraordinaria eficacia, puede sustituir la predicación. Apostolado y
predicación en cierto sentido son equivalentes. La predicación es el primer
apostolado. El nuestro, Venerables Hermanos, antes que nada es ministerio de
la Palabra. Nosotros sabemos muy bien estas cosas, pero nos parece que
conviene recordárnosla ahora, a nosotros mismos, para dar a nuestra acción
pastoral la justa dirección. Debemos volver al estudio no ya de la
elocuencia humana o de la retórica vana, sino al genuino arte de la palabra
sagrada.
Debemos buscar las leyes de su sencillez, de su claridad, de su fuerza y de
su autoridad para vencer la natural ineptitud en el empleo de un instrumento
espiritual tan alto y misterioso como la palabra, y para competir noblemente
con todos los que hoy tienen un influjo amplísimo con la palabra mediante el
acceso a las tribunas de la pública opinión. Debemos pedir al Señor el grave
y embriagador carisma de la palabra(60), para ser dignos de dar a la fe su
principio eficaz y práctico(61), y de hacer llegar nuestro mensaje hasta los
confines de la tierra(62). Que las prescripciones de la Constitución
conciliar De sacra Liturgia sobre el ministerio de la palabra
encuentren en nosotros celosos y hábiles ejecutores. Y que la catequesis al
pueblo cristiano y a cuantos sea posible ofrecerla resulte siempre práctica
en el lenguaje y experta en el método, asidua en el ejercicio, avalada por
el testimonio de verdaderas virtudes, ávida de progresar y de llevar a los
oyentes a la seguridad de la fe, a la intuición de la coincidencia entre la
Palabra divina y la vida, y a los albores del Dios vivo.
Debemos, finalmente, señalar a aquellos a quienes se dirige nuestro
diálogo. Pero no queremos anticipar, ni siquiera en este aspecto, la voz del
Concilio. Resonará, Dios mediante, dentro de poco. Hablando, en general,
sobre esta actitud de interlocutora, que la Iglesia debe hoy adoptar con
renovado fervor, queremos sencillamente indicar que ha de estar dispuesta a
sostener el diálogo con todos los hombres de buena voluntad, dentro y fuera
de su propio ámbito.
¿CON QUIÉNES DIALOGAR?
35. Nadie es extraño a su corazón. Nadie es indiferente a su ministerio.
Nadie le es enemigo, a no ser que él mismo quiera serlo. No sin razón se
llama católica, no sin razón tiene el encargo de promover en el mundo la
unidad, el amor y la paz.
La Iglesia no ignora la gravísima responsabilidad de tal misión; conoce la
desproporción que señalan las estadísticas entre lo que ella es y la
población de la tierra; conoce los límites de sus fuerzas, conoce hasta sus
propias debilidades humanas, sus propios fallos, sabe también que la buena
acogida del Evangelio no depende, en fin de cuentas de algún esfuerzo
apostólico suyo o de alguna favorable circunstancia de orden temporal: la fe
es un don de Dios y Dios señala en el mundo las línea y las horas de su
salvación. Pero la Iglesia sabe que es semilla, que es fermento, que es sal
y luz del mundo. La Iglesia comprende bien la asombrosa novedad del tiempo
moderno; mas con cándida confianza se asoma a los caminos de la historia y
dice a los hombres: Yo tengo lo que váis buscando, lo que os falta. Con esto
no promete la felicidad terrena, sino que ofrece algo —su luz y su gracia—
para conseguirla del mejor modo posible y habla a los hombres de su destino
trascendente. Y mientras tanto les habla de verdad, de justicia, de
libertad, de progreso, de concordia, de paz, de civilización. Palabras son
éstas, cuyo secreto conoce la Iglesia, puesto que Cristo se lo ha confiado.
Y por eso la Iglesia tiene un mensaje para cada categoría de personas: lo
tiene para los niños, lo tiene para la juventud, para los hombres
científicos e intelectuales, lo tiene para el mundo del trabajo y para las
clases sociales, lo tiene para los artistas, para los políticos y
gobernantes, lo tiene especialmente para lo pobres, para los desheredados,
para los que sufren, incluso para los que mueren. Para todos.
Podrá parecer que hablando así nos dejamos llevar por el entusiasmo de
nuestra misión y que no cuidamos el considerar las posiciones concretas en
que la humanidad se halla situada con relación a la Iglesia católica. Pero
no es así, porque vemos muy bien cuáles son esas posturas concretas, y para
dar una idea sumaria de ellas creemos poder clasificarlas a manera de
círculos concéntricos alrededor del centro en que la mano de Dios nos ha
colocado.
PRIMER CÍRCULO: TODO LO QUE ES HUMANO
36. Hay un primer círculo, inmenso, cuyos límites no alcanzamos a
ver; se confunden con el horizonte: son los límites que circunscriben la
humanidad en cuanto tal, el mundo. Medimos la distancia que lo tiene alejado
de nosotros, pero no lo sentimos extraño. Todo lo que es humano tiene que
ver con nosotros. Tenemos en común con toda la humanidad la naturaleza, es
decir, la vida con todos sus dones, con todos sus problemas: estamos
dispuestos a compartir con los demás esta primera universalidad; a aceptar
las profundas exigencias de sus necesidades fundamentales, a aplaudir todas
las afirmaciones nuevas y a veces sublimes de su genio. Y tenemos verdades
morales, vitales, que debemos poner en evidencia y corroborar en la
conciencia humana, pues tan benéficas son para todos. Dondequiera que hay un
hombre que busca comprenderse a sí mismo y al mundo, podemos estar en
comunicación con él; dondequiera que se reúnen los pueblos para establecer
los derechos y deberes del hombre, nos sentimos honrados cuando nos permiten
sentarnos junto a ellos. Si existe en el hombre un anima naturaliter
christiana, queremos honrarla con nuestra estima y con nuestro diálogo.
Podríamos recordar a nosotros mismos y a todos cómo nuestro actitud es, por
un lado, totalmente desinteresada —no tenemos ninguna mira política o
temporal— y cómo, por otro, está dispuesta a aceptar, es decir, a elevar al
nivel sobrenatural y cristiano, todo honesto valor humano y terrenal; no
somos la civilización, pero sí promotores de ella.
NEGACIÓN DE DIOS: OBSTÁCULO PARA EL DIÁLOGO
37. Sabemos, sin embargo, que en este círculo sin confines hay muchos, por
desgracia muchísimos, que no profesan ninguna religión; sabemos incluso que
muchos, en las formas más diversas, se profesan ateos. Y sabemos que hay
algunos que abiertamente alardean de su impiedad y la sostienen como
programa de educación humana y de conducta política, en la ingenua pero
fatal convicción de liberar al hombre de viejos y falsos conceptos de la
vida y del mundo para sustituirlos, según dicen, por una concepción
científica y conforme a las exigencias del progreso moderno.
Este es el fenómeno más grave de nuestro tiempo. Estamos firmemente
convencidos de que la teoría en que se funda la negación de Dios es
fundamentalmente equivocada: no responde a las exigencias últimas e
inderogables del pensamiento, priva al orden racional del mundo de sus bases
auténticas y fecundas, introduce en la vida humana no una fórmula que todo
lo resuelve, sino un dogma ciego que la degrada y la entristece y destruye
en su misma raíz todo sistema social que sobre ese concepto pretende
fundarse. No es una liberación, sino un drama que intenta apagar la luz del
Dios vivo. Por eso, mirando al interés supremo de la verdad, resistiremos
con todas nuestras fuerzas a esta avasalladora negación, por el compromiso
sacrosanto adquirido con la confesión fidelísima de Cristo y de su
Evangelio, por el amor apasionado e irrenunciable al destino de la
humanidad, y con la esperanza invencible de que el hombre moderno sepa
todavía encontrar en la concepción religiosa, que le ofrece el catolicismo,
su vocación a una civilización que no muere, sino que siempre progresa hacia
la perfección natural y sobrenatural del espíritu humano, al que la gracia
de Dios ha capacitado para el pacífico y honesto goce de los bienes
temporales y le ha abierto a la esperanza de los bienes eternos.
Estas son las razones que nos obligan, como han obligado a nuestros
Predecesores —y con ellos a cuantos estiman los valores religiosos— a
condenar los sistemas ideológicos que niegan a Dios y oprimen a la Iglesia,
sistemas identificados frecuentemente con regímenes económicos, sociales y
políticos, y entre ellos especialmente el comunismo ateo. Pudiera decirse
que su condena no nace de nuestra parte; es el sistema mismo y los regímenes
que lo personifican los que crean contra nosotros una radical oposición de
ideas y opresión de hechos. Nuestra reprobación es en realidad, un lamento
de víctimas más bien que una sentencia de jueces.
VIGILANTE AMOR, AÚN EN EL SILENCIO
38. La hipótesis de un diálogo se hace muy difícil en tales condiciones,
por no decir imposible, a pesar de que en nuestro ánimo no existe hoy
todavía ninguna exclusión preconcebida hacia las personas que profesan
dichos sistemas y se adhieren a esos regímenes. Para quien ama la verdad, la
discusión es siempre posible. Pero obstáculos de índole moral acrecientan
enormemente las dificultades, por la falta de suficiente libertad de juicio
y de acción y por el abuso dialéctico de la palabra, no encaminada
precisamente hacia la búsqueda y la expresión de la verdad objetiva, sino
puesta al servicio de finalidades utilitarias, de antemano establecidas.
Esta es la razón por la que el diálogo calla. La Iglesia del Silencio, por
ejemplo, calla, hablando únicamente con su sufrimiento, al que se une una
sociedad oprimida y envilecida donde los derechos del espíritu quedan
atropellados por los del que dispone de su suerte. Y aunque nuestro discurso
se abriera en tal estado de cosas, ¿cómo podría ofrecer un diálogo mientras
se viera reducido a ser una voz que grita en el desierto(63)? El
silencio, el grito, la paciencia y siempre el amor son en tal caso el
testimonio que aún hoy puede dar la Iglesia y que ni siquiera la muerte
puede sofocar.
Pero, aunque la afirmación y la defensa de la religión y de los valores
humanos que ella proclama y sostiene debe ser firme y franca, no por ello
renunciamos a la reflexión pastoral, cuando tratamos de descubrir en el
íntimo espíritu del ateo moderno los motivos de su perturbación y de su
negación. Descubrimos que son complejos y múltiples, tanto que nos vemos
obligados a ser cautos al juzgarlos y más eficaces al refutarlos; vemos que
nacen a veces de la exigencia de una presentación más alta y más pura del
mundo divino, superior a la que tal vez ha prevalecido en ciertas formas
imperfectas de lenguaje y de culto, formas que deberíamos esforzarnos por
hacer lo más puras y transparentes posible para que expresaran mejor lo
sagrado de que son signo. Los vemos invadidos por el ansia, llena de pasión
y de utopía, pero frecuentemente también generosa, de un sueño de justicia y
de progreso, en busca de objetivos sociales divinizados que sustituyen al
Absoluto y Necesario, objetivos que denuncian la insoslayable necesidad de
un Principio y Fin divino cuya trascendencia e inmanencia tocará a nuestro
paciente y sabio magisterio descubrir. Los vemos valerse, a veces con
ingenuo entusiasmo, de un recurso riguroso a la racionalidad humana, en su
intento de ofrecer una concepción científica del universo; recurso tanto
menos discutible cuanto más se funda en los caminos lógicos del pensamiento
que no se diferencian generalmente de los de nuestra escuela clásica, y
arrastrado contra la voluntad de los mismos que piensan encontrar en él un
arma inexpugnable para su ateísmo por su intrínseca validez, arrastrado,
decimos, a proceder hacia una nueva y final afirmación, tanto
metafísica como lógica, del sumo Dios. ¿No se encontrará entre nosotros el
hombre capaz de ayudar a este incoercible proceso del pensamiento —que el
ateo-político-científico detiene deliberadamente en un punto determinado,
apagando la luz suprema de la comprensibilidad del universo— a que
desemboque en aquella concepción de la realidad objetiva del universo
cósmico, que introduce de nuevo en el espíritu el sentido de la Presencia
divina, y en los labios las humildes y balbucientes sílabas de una feliz
oración? Los vemos también a veces movidos por nobles sentimientos,
asqueados de la mediocridad y del egoísmo de tantos ambientes sociales
contemporáneos, más hábiles para sacar de nuestro Evangelio formas y
lenguaje de solidaridad y de compasión humana. ¿No llegaremos a ser capaces
algún día de hacer que se vuelvan a sus manantiales —que son cristianos—
estas expresiones de valores morales?
Recordando, por eso, cuanto escribió nuestro Predecesor, de v.m., el Papa
Juan XXIII, en su encíclica Pacem in terris, es decir, que las
doctrinas de tales movimientos, una vez elaboradas y definidas, siguen
siendo siempre idénticas a sí mismas, pero que los movimientos como tales no
pueden menos de desarrollarse y de sufrir cambios, incluso profundos(64), no
perdemos la esperanza de que puedan un día abrir con la Iglesia otro diálogo
positivo, distinto del actual que suscita nuestra queja y nuestro obligado
lamento.
DIÁLOGO, POR LA PAZ
39. Pero no podemos apartar nuestra mirada del panorama del mundo
contemporáneo sin expresar un deseo halagueño, y es que nuestro propósito de
cultivar y perfeccionar nuestro diálogo, con los variados y mudables
aspectos que él presenta, ya de por sí, pueda ayudar a la causa de la paz
entre los hombres; como método que trata de regular las relaciones humanas a
la noble luz del lenguaje razonable y sincero, y como contribución de
experiencia y de sabiduría que puede reavivar en todos la consideración de
los valores supremos. La apertura de un diálogo —tal como debe ser el
nuestro— desinteresado, objetivo y leal, ya decide por sí misma en favor de
una paz libre y honrosa; excluye fingimientos, rivalidades, engaños y
traiciones; no puede menos de denunciar, como delito y como ruina, la guerra
de agresión, de conquista o de predominio, y no puede dejar de extenderse
desde las relaciones más altas de las naciones a las propias del cuerpo de
las naciones mismas y a las bases tanto sociales como familiares e
individuales, para difundir en todas las instituciones y en todos los
espíritus el sentido, el gusto y el deber de la paz.
SEGUNDO CÍRCULO: LOS QUE CREEN EN DIOS
40. Luego, en torno a Nos, vemos dibujarse otro círculo, también inmenso,
pero menos lejano de nosotros: es, antes que nada, el de los hombres que
adoran al Dios único y supremo, al mismo que nosotros adoramos; aludimos a
los hijos del pueblo hebreo, dignos de nuestro afectuoso respeto, fieles a
la religión que nosotros llamamos del Antiguo Testamento; y luego a los
adoradores de Dios según concepción de la religión monoteísta, especialmente
de la musulmana, merecedores de admiración por todo lo que en su culto a
Dios hay de verdadero y de bueno; y después todavía también a los seguidores
de las grandes religiones afroasiáticas. Evidentemente no podemos compartir
estas variadas expresiones religiosas ni podemos quedar indiferentes, como
si todas, a su modo, fuesen equivalentes y como si autorizasen a sus fieles
a no buscar si Dios mismo ha revelado una forma exenta de todo error,
perfecta y definitiva, con la que El quiere ser conocido, amado y servido;
al contrario, por deber de lealtad, hemos de manifestar nuestra persuasión
de que la verdadera religión es única, y que esa es la religión cristiana; y
alimentar la esperanza de que como tal llegue a ser reconocida por todos los
que verdaderamente buscan y adoran a Dios.
Pero no queremos negar nuestro respetuoso reconocimiento a los valores
espirituales y morales de las diversas confesiones religiosas no cristianas;
queremos promover y defender con ellas los ideales que pueden ser comunes en
el campo de la liberad religiosa, de la hermandad humana, de la buena
cultura, de la beneficencia social y del orden civil. En orden a estos
comunes ideales, un diálogo por nuestra parte es posible y no dejaremos de
ofrecerlo doquier que con recíproco y leal respeto sea aceptado con
benevolencia.
TERCER CÍRCULO: LOS CRISTIANOS, HERMANOS SEPARADOS
41. Y aquí se nos presenta el círculo más cercano a Nos en el mundo: el de
los que llevan el nombre de Cristo. En este campo el diálogo que ha
alcanzado la calificación de ecuménico ya está abierto; más aún: en algunos
sectores se encuentra en fase de inicial y positivo desarrollo. Mucho cabría
decir sobre este tema tan complejo y tan delicado, pero nuestro discurso no
termina aquí. Se limita por ahora a unas pocas indicaciones, ya conocidas.
Con gusto hacemos nuestro el principio: pongamos en evidencia, ante todo
tema, lo que nos es común, antes de insistir en lo que nos divide. Este es
un tema bueno y fecundo para nuestro diálogo. Estamos dispuestos a
continuarlo cordialmente. Diremos más: que en tantos puntos diferenciales,
relativos a la tradición, a la espiritualidad, a las leyes canónicas, al
culto, estamos dispuestos a estudiar cómo secundar los legítimos deseos de
los Hermanos cristianos, todavía separados de nosotros. Nada más deseable
para Nos que el abrazarlos en una perfecta unión de fe y caridad. Pero
también hemos de decir que no está en nuestro poder transigir en la
integridad de la fe y en las exigencia de la caridad. Entrevemos
desconfianza y resistencia en este punto. Pero ahora, que la Iglesia
católica ha tomado la iniciativa de volver a reconstruir el único redil de
Cristo, no dejará de seguir adelante con toda paciencia y con todo
miramiento; no dejará de mostrar cómo las prerrogativas, que mantienen aún
separados de ella a los Hermanos, no son fruto de ambición histórica o de
caprichosa especulación teológica, sino que se derivan de la voluntad de
Cristo y que, entendidas en su verdadero significado, están para beneficio
de todos, para la unidad común, para la libertad común, para plenitud
cristiana común; la Iglesia católica no dejará de hacerse idónea y
merecedora, por la oración y por la penitencia, de la deseada
reconciliación.
Un pensamiento a este propósito nos aflige, y es el ver cómo precisamente
Nos, promotores de tal reconciliación, somos considerados por muchos
Hermanos separados como el obstáculo principal que se opone a ella, a causa
del primado de honor y de jurisdicción que Cristo confirió al apóstol Pedro
y que Nos hemos heredado de él. ¿No hay quienes sostienen que si se
suprimiese el primado del Papa la unificación de las Iglesias separadas con
la Iglesia católica sería más fácil? Queremos suplicar a los Hermanos
separados que consideren la inconsistencia de esa hipótesis, y no sólo
porque sin el Papa la Iglesia católica ya no sería tal, sino porque faltando
en la Iglesia de Cristo el oficio pastoral supremo, eficaz y decisivo de
Pedro, la unidad ya no existiría, y en vano se intentaría reconstruirla
luego con criterios sustitutivos del auténtico establecido por el mismo
Cristo: Se formarían tantos cismas en la Iglesia cuantos sacerdotes,
escribe acertadamente San Jerónimo(65).
Queremos, además, considerar que este gozne central de la santa Iglesia no
pretende constituir una supremacía de orgullo espiritual o de dominio humano
sino un primado de servicio, de ministerio y de amor. No es una vana
retórica la que al Vicario de Cristo atribuye el título de servus
servorum Dei.
En este plano nuestro diálogo siempre está abierto porque, aun antes de
entrar en conversaciones fraternas, se abre en coloquios con el Padre
celestial en oración y esperanza efusivas.
AUSPICIOS Y ESPERANZAS
42. Con gozo y alegría, Venerables Hermanos, hemos de hacer notar que este
tan variado como muy extenso sector de los Cristianos separados está todo él
penetrado por fermentos espirituales que parecen preanunciar un futuro y
consolador desarrollo para la causa de su reunificación en la única Iglesia
de Cristo.
Queremos implorar el soplo del Espíritu Santo sobre el "movimiento
ecuménico". Deseamos repetir nuestra conmoción y nuestro gozo por el
encuentro —lleno de caridad no menos que de nueva esperanza— que tuvimos en
Jerusalén con el Patriarca Atenágoras; queremos saludar con respeto y con
reconocimiento la intervención de tantos representantes de las Iglesias
separadas en el Concilio Ecuménico Vaticano II; queremos asegurar una vez
más con cuánta atención y sagrado interés observamos los fenómenos
espirituales caracterizados por el problema de la unidad, que mueven a
personas, grupos y comunidades con una viva y noble religiosidad. Con amor y
con reverencia saludamos a todos estos cristianos, esperando que, cada vez
mejor, podamos promover con ellos, en el diálogo de la sinceridad y del
amor, la causa de Cristo y de la unidad que El quiso para su Iglesia.
DIÁLOGO INTERIOR EN LA IGLESIA
43. Y, finalmente, nuestro diálogo se ofrece a los hijos de la Casa de
Dios, la Iglesia una, santa, católica y apostólica, de la que ésta, la
romana es "mater et caput". ¡Cómo quisiéramos gozar de este familiar diálogo
en plenitud de la fe, de la caridad y de las obras! ¡Cuán intenso y familiar
lo desearíamos, sensible a todas las verdades, a todas las virtudes, a todas
las realidades de nuestro patrimonio doctrinal y espiritual! ¡Cuán sincero y
emocionado, en su genuína espiritualidad, cuán dispuesto a recoger las
múltiples voces del mundo contemporáneo! ¡Cuán capaz de hacer a los
católicos hombres verdaderamente buenos, hombres sensatos, hombres libres,
hombres serenos y valientes!.
CARIDAD, OBEDIENCIA
44. Este deseo de moldear las relaciones interiores de la Iglesia en el
espíritu propio de un diálogo entre miembros de una comunidad, cuyo
principio constitutivo es la caridad, no suprime el ejercicio de la función
propia de la autoridad por un lado, de la sumisión por el otro; es una
exigencia tanto del orden conveniente a toda sociedad bien organizada como,
sobre todo, de la constitución jerárquica de la Iglesia. La autoridad de la
Iglesia es una institución del mismo Cristo; más aún: le representa a El, es
el vehículo autorizado de su palabra, es un reflejo de su caridad pastoral;
de tal modo que la obediencia arranca de motivos de fe, se convierte en
escuela de humildad evangélica, hace participar al obediente de la
sabiduría, de la unidad, de la edificación y de la caridad, que sostienen al
cuerpo eclesial, y confiere a quien la impone y a quien se ajusta a ella el
mérito de la imitación de Cristo que se hizo obediente hasta la muerte(66).
Así, por obediencia enderezada hacia el diálogo, entendemos el ejercicio de
la autoridad, todo él impregnado de la conciencia de ser servicio y
ministerio de verdad y de caridad; y entendemos también la observancia de
las normas canónicas y la reverencia al gobierno del legítimo superior, con
prontitud y serenidad, cual conviene a hijos libres y amorosos. El espíritu
de independencia, de crítica, de rebelión, no va de acuerdo con la caridad
animadora de la solidaridad, de la concordia, de la paz en la Iglesia, y
transforma fácilmente el diálogo en discusión, en altercado, en disidencia:
desagradable fenómeno —aunque por desgracia siempre puede producirse— contra
el cual la voz del apóstol Pablo nos amonesta: Que no haya entre
vosotros divisiones(67).
FERVOR EN SENTIMIENTOS Y EN OBRAS
45. Estemos, pues, ardientemente deseosos de que el diálogo interior, en el
seno de la comunidad eclesiástica, se enriquezca en fervor, en temas, en
número de interlocutores, de suerte que se acreciente así la vitalidad y la
santificación del Cuerpo Místico terrenal de Cristo. Todo lo que pone en
circulación las enseñanzas de que la Iglesia es depositaria y dispensadora
es bien visto por Nos; ya hemos mencionado antes la vida litúrgica e
interior y hemos aludido a la predicación. Podemos todavía añadir la
enseñanza, la prensa, el apostolado social, las misiones, el ejercicio de la
caridad; temas éstos que también el Concilio nos hará considerar. Que todos
cuantos ordenadamente participan, bajo la dirección de la competente
autoridad, en el diálogo vitalizante de la Iglesia, se sientan animados y
bendecidos por Nos; y de modo especial los sacerdotes, los religiosos, los
amadísimos seglares que por Cristo militan en la Acción Católica y en tantas
otras formas de asociación y de actividad.
HOY, MÁS QUE NUNCA, VIVE LA IGLESIA
46. Alegres y confortados nos sentimos al observar cómo ese diálogo tanto
en lo interior de la Iglesia como hacia lo exterior que la rodea ya está en
movimiento: ¡La Iglesia vive hoy más que nunca! Pero considerándolo bien,
parece como si todo estuviera aún por empezar; comienza hoy el trabajo y no
acaba nunca. Esta es la ley de nuestro peregrinar por la tierra y por el
tiempo. Este es el deber habitual, Venerables Hermanos, de nuestro
ministerio, al que hoy todo impulsa para que se haga nuevo, vigilante e
intenso.
Cuanto a Nos, mientras os damos estas advertencias, nos place confiar en
vuestra colaboración, al mismo tiempo que os ofrecemos la nuestra: esta
comunión de intenciones y de obras la pedimos y la ofrecemos cuando apenas
hemos subido con el nombre, y Dios quiera también que con algo del espíritu
del Apóstol de las Gentes, a la cátedra del apóstol Pedro; y celebrando así
la unidad de Cristo entre nosotros, os enviamos con esta nuestra primera
Carta, in nomine Domini, nuestra fraterna y paterna Bendición
Apostólica, que muy complacido extendemos a toda la Iglesia y a toda la
humanidad.
Dado en Roma, junto a San Pedro, en la fiesta de la Transfiguración de
Nuestro Señor Jesucristo, 6 de agosto del año 1964, segundo de nuestro
Pontificado.
NOTAS
(1) Io. 7, 16.
(2) Cf. Eph. 3, 9-10.
(3) Cf. Act. 20, 28.
(4) Cf. Eph. 5, 27.
(5) Hebr. 1, 1.
(6) Cf. Mat. 26, 41.
(7) Cf. Luc. 17, 21.
(8) Cf. Mat. 26, 75; Luc. 24. 8; Io. 14, 26 et 16, 4.
(9) Phil. 1, 9.
(10) Io. 9, 38.
(11) Ibid. 11, 27.
(12) Mat. 16, 16.
(13) Eph. 3, 17.
(14) Io. 14, 26.
(15) AL 16 (1896) 157-208.
(16) A. A. S. 35 (1943) 193-248.
(17) Ibid. 193.
(18) Ibid. 238.
(19) Cf. Io. 15, 1 ss.
(20) Gal. 3, 28.
(21) Eph. 4, 15-16.
(22) Col. 3, 11.
(23) In Io. tr. 21, 8 PL 35, 1568.
(24) Eph. 3, 17.
(25) Cf. 1 Pet. 2, 9.
(26) Cf. Gal. 4, 19; 1 Cor. 4, 15.
(27) Mat. 16, 18.
(28) Rom. 8, 16.
(29) Cf. Eph. 5, 20.
(30) Cf. 1 Tim. 6, 20.
(31) Cf. Hebr. 7, 25.
(32) Io. 17, 15.
(33) Cf. 1 Thes. 5, 21.
(34) Cf. Mat. 7, 13.
(35) Apoc. 2, 2.
(36) Phil. 2, 5.
(37) 1 Cor. 13, 7.
(38) Rom. 12, 2.
(39) Ibid. 6, 3-4.
(40) 2 Cor. 6, 14-15.
(41) Io. 17, 15-16.
(42) 1 Tim. 6, 20.
(43) Mat. 28, 19.
(44) Ibid. 13, 52.
(45) Io. 3, 17.
(46) Cf. Bar. 3, 38.
(47) 1 Io. 4, 19.
(48) Io. 3, 16.
(49) Luc. 5, 31.
(50) Cf. Mat. 11, 21.
(51) Cf. ibid. 12, 38 ss.
(52) Cf. ibid. 13, 13 ss.
(53) Cf. Col. 3, 11.
(54) Cf. Mat. 13, 31.
(55) Cf. Eph. 5, 16.
(56) Mat. 11, 29.
(57) Mat. 7, 6.
(58) 1 Cor. 9, 22.
(59) Cf. Io. 13, 14-17.
(60) Cf. Ier. 1, 6.
(61) Cf. Rom. 10, 17.
(62) Cf. Ps. 18, 5; Rom. 10, 18.
(63) Marc. 1, 3.
(64) Cf. A. A. S. 55 (1963) 300.
(65) Cf. Dial. contra Luciferianos 9 PL 23, 173.
(66) Phil. 2, 8.
(67) 1 Cor. 1, 10.
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