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PEREGRINACIÓN APOSTÓLICA A BOGOTÁ

SANTA MISA PARA LA «JORNADA DEL DESARROLLO»

HOMILÍA DEL SANTO PADRE PABLO VI

Viernes 23 de agosto de 1968

 

QUEREMOS DIRIGIROS unas sencillas palabras. Ellas suponen que todos nosotros aquí presentes y cuantos desde lejos escuchan nuestra voz, estamos firmemente persuadidos de la verdad del título que se ha dado al misterio eucarístico para definir este Congreso: vínculo de caridad. Se ha tratado así de penetrar en las intenciones de Señor, el cual al instituir este Sacramento quiso unir su vida divina a la nuestra tan íntimamente, tan amorosamente, hasta convertirse en alimento nuestro y de este modo hacernos participes personalmente de su sacrificio redentor, representado y perpetuado en el sacramento eucarístico. Pero no quiso con ello acabar, en el ámbito de cada uno de los comensales de su mesa sacramental, la onda de su caridad, sino injertar y llevar a cada uno de nosotros en el designio de salvación, abierto a toda la humanidad y realizado en aquéllos que se dejan absorber por la unidad efectiva de su cuerpo místico que es la Iglesia (Cf. S. Th., III, 73, 3.). La finalidad, la gracia, la virtud de la Eucaristía que brota del amor de Cristo hacia nosotros, tiende a difundir este amor desde nosotros a los demás. Quien se nutre de la Eucaristía, debe por esto mismo comprender su vocación a la caridad para con el prójimo, debe dilatar el espacio de la caridad (Cfr. S. Aug. Sermo 10. De Verbis Domini) desde sí mismo a los otros, debe poner en conexión el vínculo sacramental de caridad, que lo incorpora vitalmente a Cristo, con el vínculo social de caridad, mediante el cual debe unir la propia vida a la vida de los demás hombres, transformados virtualmente en hermanos suyos.

Esta es la premisa, éste es el punto de acuerdo del que todos debemos estar convencidos.

Por ello, al celebrar en medio de vosotros, con vosotros y para vosotros, esta santa Misa, no tenemos otra cosa que deciros sino ésta: en nombre de Cristo y como empujados por su caridad interior, haceos todos y cada uno promotores de su caridad. Dejaos colmar de su amor en el secreto de vuestra intimidad personal, y después, procurad que este amor rebose, se extienda idealmente en el círculo universal de la humanidad y prácticamente en la esfera de vuestras relaciones familiares y sociales. Que la chispa de amor, encendida en cada uno de los corazones, se convierta en fuego, que arda en el ámbito-comunitario de nuestra vida. Haced del amor de Cristo el principio de renovación moral y de regeneración social de esta América Latina, a donde hemos venido también para suscitar la llama de esa caridad que une al manantial supremo de nuestra salvación y transforma la convivencia humana, tan necesitada de superar sus divisiones y sus contrastes, en una familia de hermanos. El amor es el principio, la fuerza, el método, el secreto para lograrlo. El amor es la causa por la cual vale la pena actuar y luchar. El amor debe ser el vínculo para transformar a la gente sencilla, amorfa, desordenada, sufrida y a veces maliciosa, en un Pueblo nuevo, vivo y activo: en un Pueblo unido, fuerte, consciente, próspero y feliz. Al decir amor, entendemos el amor a Cristo, su misteriosa caridad, divina y humana; el amor de Dios que trasciende el amor a los hombres .y que, siendo distinto de éste, es su luz y su manantial.

No prolongaremos nuestro discurso, sino para dirigir a las categorías más numerosas y más representativas de esta asamblea, una palabra relacionada con una objeción que puede surgir en la mente de todos: ¿basta la caridad? ¿Es suficiente el amor para levantar el mundo y para vencer las innumerables dificultades de diversa índole que se oponen al desarrollo transformador y regenerador de la sociedad, como la historia, la etnografía, la economía, la política, la organización de la vida pública, nos la presentan hoy? ¿Estamos seguros de que, frente al mito moderno de la efectividad temporal, la caridad no es pura ilusión ni una alienación? Tenemos que responder sí y no. Sí la caridad es necesaria y suficiente como principio propulsor del gran fenómeno innovador de este mundo imperfecto en que vivimos. No, la caridad no basta si se queda en pura teoría verbal y sentimental ( Cfr. Mt. 7, 21) y si no va acompañada de otras virtudes, la primera la justicia que es la medida mínima de la caridad, y de otros coeficientes, que hagan práctica, operante y completa la acción, inspirada y sostenida por la misma caridad, en el campo específicamente variado de las realidades humanas y temporales.

Bien sabemos que tales realidades en América Latina - en el momento en que el Papa viene por primera vez a visitar este Continente - se encuentran en una situación de crisis profunda, verdaderamente histórica la cual encierra tantos, excesivos, aspectos de preocupación angustiosa.

¿Puede el Papa ignorar este fermento? ¿No habría fallado una de las finalidades de este viaje si él volviese a Roma sin haber afrontado el punto central del problema que origina tanta inquietud?

Muchos, especialmente entre los jóvenes, insisten en la necesidad de cambiar urgentemente las estructuras sociales que, según ellos, no consentirían la consecución de unas efectivas condiciones de justicia para los individuos y las comunidades; y algunos concluyen que el problema esencial de América Latina no puede ser resuelto sino con la violencia.

Con la misma lealtad con la cual reconocemos que tales teorías y prácticas encuentran frecuentemente su última motivación en nobles impulsos de justicia y de solidaridad debemos decir y reafirmar que la violencia no es evangélica ni cristiana; y que los cambios bruscos o violentos de las estructuras serían falaces, ineficaces en sí mismos y no conformes ciertamente a la dignidad del pueblo la cual reclama que las transformaciones necesarias se realicen desde dentro, es decir, mediante una conveniente toma de conciencia, una adecuada preparación y esa efectiva participación de todo que la ignorancia y las condiciones de vida, a veces infrahumanas, impiden hoy que sea asegurada.

Por tanto, a nuestro modo de ver, la llave para resolver el problema fundamental de América Latina, la ofrece un dulce esfuerzo, simultáneo, armónico y recíprocamente benéfico: proceder, sí, a una reforma de las estructuras sociales, pero que sea gradual y por todos asimilable y que se realice contemporánea y unánimemente, y diríamos, como una exigencia de la labor vasta y paciente encaminada a favorecer la elevación de la « manera de ser hombres » de la gran mayoría de quienes hoy viven en América Latina. Ayudar a cada uno a tener plena conciencia de su propia dignidad, a desarrollar su propia personalidad dentro de la comunidad de la que es miembro, a ser sujeto consciente de sus derechos y de sus obligaciones, a ser libremente un elemento válido de progreso económico, cívico y moral en la sociedad a la que pertenece: esta es la grande y primordial empresa, sin cuyo cumplimiento, cualquier cambio repentino de estructuras sociales sería un artificio vano, efímero y peligroso.

Esa empresa, bien lo sabéis, se traduce concretamente en toda actividad apta para favorecer la promoción integral del hombre y su inserción activa en la comunidad: alfabetización, educación de base, educación permanente, formación profesional, formación de la conciencia cívica y política, organización metódica de los servicios materiales que son esenciales para el desarrollo normal de la vida individual y colectiva en la época moderna.

¿Podemos esperar que el grave problema será examinado y justamente comprendido a la luz también del misterio de la caridad que estamos celebrando? ¿Sabréis sacar de este misterio, vosotros, queridos Hijos de América Latina, la fuerza necesaria y eficaz para dar a cada uno su debida y urgente aportación a fin de resolverlo? Sí. El Papa lo espera. El Papa tiene confianza en vosotros.

Por nuestra parte, queremos recalcar aquí, ante vosotros, representantes calificados de todas las categorías sociales de América Latina, nuestro empeño: proseguir con renovado entusiasmo’ y con todos los medios a nuestro alcance, en el esfuerzo en orden a la realización de los intentos mencionados, intentos y propósitos que ya proclamamos al mundo con la Encíclica « Populorum Progressio ».

Diremos ahora una palabra especial a vosotros, estudiantes, a vosotros, estudiosos y hombres de la cultura: es necesario que vuestra caridad se empeñe sobre todo con el pensamiento, y tenga la sed, la humildad y la valentía de la verdad. Es incumbencia vuestra especialmente liberar a vosotros mismos y a nuestro mundo intelectual de la supina adhesión a los lugares comunes, a la cultura de masa, a las ideologías que la moda o la propaganda convierten en fáciles e irresistibles; y sois vosotros los que habéis de encontrar en la verdad, -la única que tiene derecho a comprometer nuestra mente-, la libertad de obrar como hombres y come cristianos (Cf. Jo. 8,32). Y toca a vosotros, entre todos, ser apóstoles de la verdad.

Queremos deciros también a vosotros, trabajadores, cuál nos parece que deba ser el camino para desplegar vuestra caridad, alimentada por la fe y por la comunión en Cristo; el camino que conduce al encuentro con vuestros compañeros de fatiga y de esperanza; este camino es la unión, es decir, la asociación, no como simple estructura organizativa o como instrumento de sumisión colectiva, en manos del despotismo de algunos jefes inapelables, sino como escuela de conciencia social, como profesión de solidaridad, de hermandad, de defensa de los intereses comunes y de empeño ante los comunes deberes. Vuestra caridad debe por tanto tener para sí misma la fuerza: la fuerza del número, del dinamismo social; no la fuerza subversiva de la revolución y de la violencia sino la constructiva de un orden nuevo más humano, en el cual se satisfagan vuestras legítimas aspiraciones y todo factor económico y social converja en la justicia del bien común. Ya sabéis cómo en vuestro esfuerzo por este orden nuevo y mejor, la Iglesia es, singularmente para vosotros, hombres del trabajo, « Madre y Maestra ».

Y a vosotros, hombres de las clases dirigentes, ¿qué os podemos decir? ¿En qué dirección debe dilatarse esa caridad que también vosotros queréis sacar de la fuente eucarística? No rehuséis nuestra palabra, aunque os pareciere paradójica y hostil. Es la palabra del Señor. A vosotros se os pide la generosidad. Es decir, la capacidad de sustraeros a un inmovilismo de vuestra posición, que puede ser o aparecer privilegiada, para poneros al servicio de quienes tienen necesidad de vuestra riqueza, de vuestra cultura, de vuestra autoridad. Podríamos recordaros el espíritu de la pobreza evangélica, la cual, rompiendo las ataduras de la posesión egoísta de los bienes temporales estimula al cristiano a disponer orgánicamente la economía y el poder en beneficio de la comunidad. Tened vosotros, señores del mundo e hijos de la Iglesia, el espíritu instintivo del bien que tanto necesita la sociedad. Que vuestro oído y vuestro corazón sean sensibles a las voces de quienes piden pan, interés, justicia, participación más activa en la dirección de la sociedad y en la prosecución del bien común. Percibid y emprended con valentía, hombres dirigentes, las innovaciones necesarias para el mundo que os rodea; haced que los menos pudientes, los subordinados, los menesterosos, vean en el ejercicio de la autoridad la solicitud, el sentido de medida, la cordura, que hacen que todos lo respeten y que para todos sea beneficioso. La promoción de la justicia y la tutela de la dignidad humana sean vuestra caridad. Y no olvidéis que ciertas grandes crisis de la historia habrían podido tener otras orientaciones, si las reformas necesarias hubiesen prevenido tempestivamente, con sacrificios valientes, las revoluciones explosivas de la desesperación.

Y ¿cuál vuestra caridad, familias cristianas, que hoy rodeáis nuestro altar, como representando a las innumerables familias que componen las poblaciones de América Latina? Refluya sobre vosotras mismas vuestra caridad, que percibisteis de Cristo. Debéis ser los hogares de aquel primitivo amor humano, que el Señor elevó, mediante el Sacramento del matrimonio, al grado de caridad, de gracia sobrenatural. Padres, madres e hijos de familia, convertid vuestra casa en una pequeña sociedad ideal, donde el amor reine soberano y sea escuela doméstica de todas las virtudes humanas y cristianas.

Y para terminar recordaremos a todos que Cristo se ha dado a sí mismo en la Eucaristía como memorial de su sacrificio. Por esto, nosotros no podremos hacer derivar de este sacramento el amor, del cual es signo y realidad, para ofrecerlo nosotros mismos como don a los hermanos, sin sacrificio. El amó y se sacrificó: dilexit et tradidit semetipsum.(Eph. 5, 2). Nosotros deberemos imitarlo. He ahí la Cruz! Tendremos que amar, hasta el sacrificio de nuestras personas, si queremos edificar una sociedad nueva, que merezca ponerse como ejemplo, verdaderamente humana y cristiana.

 

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