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HOMILÍA DEL SANTO
PADRE PABLO VI
EN LA MISA DE NOCHEBUENA
Basílica de San Pedro
Sábado 24 de diciembre de 1977
¡Hermanos e hijos amadísimos!
Esperáis de nosotros una palabra que resuena ya en vuestros espíritus; el hecho
de escucharla una vez más en esta noche y en este lugar os haga reconocer su
perenne novedad, su fuerza de verdad, su maravillosa y beatificante alegría. No
es nuestra, es celestial. Nuestros labios repiten el anuncio del ángel, que
resplandeció en la noche, en Belén, hace 1977 años, y que tras confortar a los
humildes y asustados pastores, vigilantes al raso sobre su rebaño, vaticinó el
hecho inefable que se estaba realizando en un pesebre cercano: "Os traigo una
buena nueva, una gran alegría, que es para todo el pueblo; pues os ha nacido hoy
un Salvador, que es el Mesías, Señor, en la ciudad de David (Belén)" (Lc 2,
10-11).
¡Así es, así, hermanos e hijos! Y puesto que es así, queremos extender nuestro
grito humilde e impávido a cuantos "tienen oídos para escuchar" (cf.
Mt 11, 15). Un hecho y una alegría; ¡he aquí la doble grande noticia!
El hecho parece casi insignificante. Un niño que nace y ¡en qué
condiciones tan humillantes! Lo saben nuestros muchachos cuando preparan sus
belenes, ingenuos pero auténticos documentos de la realidad evangélica. La
realidad evangélica transparenta una concomitante realidad inefable: ese Niño vive de una trascendente filiación divina, "será
llamado Hijo del Altísimo" (Lc 1, 32). Hagamos nuestras las expresiones entusiastas de nuestro gran predecesor,
San León Magno, que exclama: "Nuestro Salvador, amadísimos, ha nacido hoy:
¡gocemos! ¡No hay lugar para la tristeza cuando nace la vida que, apagando el
temor de la muerte, nos infunde la alegría de la promesa eterna (Serm. I de Nativ. Dom).
Así que mientras el misterio supremo de la vida trinitaria del
Dios único se nos revela en las tres distintas Personas, Padre generante; Hijo
engendrado, unidos ambos en el Espíritu Santo, otro misterio llena de maravilla
inextinguible nuestra relación religiosa con Dios, abriendo el cielo a la
visión de la gloria de la infinita trascendencia divina y, superando en un don
de incomparable amor toda distancia, la proximidad, la cercanía de Cristo-Dios
hecho hombre nos muestra que El está con nosotros, que está en busca de
nosotros: "Porque se ha manifestado la gracia salutífera de Dios a todos los
hombres" (Tit 2, 11; 3, 4).
¡Hermanos, hombres todos! ¿Qué es la Navidad sino este acontecimiento
histórico, cósmico, sumamente comunitario porque asume proporciones
universales y al mismo tiempo incomparablemente íntimo y personal para cada uno de nosotros, pues el Verbo
eterno de Dios, en virtud del cual vivimos ya en nuestra existencia natural
(cf. Act 17, 23-28) ha venido en busca de nosotros? El, eterno, se ha
inscrito en el tiempo; El, infinito, se ha como anonadado, "en la condición de
hombre se humilló, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz" (Flp
2, 6 ss.).
Nuestros oídos están habituados a semejante mensaje y nuestros corazones se han
hecho sordos a semejante llamada, una llamada de amor: "tanto amó Dios al
mundo..." (Jn 3, 16); más aún, seamos precisos: cada uno de nosotros puede decir con San Pablo: "me amó y se entregó por mí" (Gál 2, 20).
La Navidad es esta llegada del Verbo de Dios hecho hombre entre nosotros. Cada
uno puede decir: ¡por mí! Navidad es este prodigio. Navidad es esta maravilla.
Navidad es esta alegría. Nos vienen a los labios las palabras de Pascal: ¡alegría,
alegría, alegría, llantos de alegría!
¡Oh! Que esta celebración nocturna de la Natividad de Cristo sea de veras para
todos nosotros, para la Iglesia entera, para el mundo, una renovada revelación
del misterio inefable de la Encarnación, un manantial de felicidad inagotable!
¡Así sea!
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