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DOMINGO DE RAMOS

HOMILÍA DE SU SANTIDAD PABLO VI

Domingo 19 de marzo de 1978

Pablo VI, afectado por la gripe, no pudo asistir a la cita y celebrar la Eucaristía coma tenia previsto. El cardenal Vicario, Ugo Poletti, leyó la homilía que Pablo VI había escrito para esta ocasión.

Queridísimos jóvenes:

Vuestro grito de júbilo "Hosanna al Hijo de David" se ha levantado hacia el cielo como potente coro, mientras palpitaban los ramos de palma y olivo, agitados por vuestras manos.

De este modo presentáis un espectáculo de paz, de esperanza y de amor, que ofrece motivo sereno de consuelo en el trágico momento que estamos viviendo. En efecto, aún estamos todos desconcertados, turbados y sobrecogidos porque una vez más las fuerzas disgregadoras de la sociedad han atacado con frialdad y cinismo. Hace días fueron bárbaramente asesinados cinco ciudadanos que se ganaban la vida con su honrado trabajo. Una alta personalidad política ha sido secuestrada, en abierto desafío al Estado. Al comportamiento vil y feroz de los anónimos asesinos, vosotros respondéis hoy con vuestra compacta presencia de católicos, que rechazáis cualquier tipo de violencia y proclamáis el respeto y el amor universal.

Y entonces —podemos preguntarnos—, ¿por qué tan gran número de jóvenes, trabajadores y estudiantes, que viven en su propia carne los problemas y las vicisitudes de este año 1978, se han reunido en este lugar para cantar, para rezar, para participar en un rito?

La respuesta a esta legitima pregunta la dais vosotros mismos con vuestra presencia: habéis venido para revivir, para renovar, para celebrar hoy la entrada triunfal de Jesucristo en la Ciudad Santa; entrada mesiánica, signo de pasión, pero asimismo de su inminente glorificación definitiva. Y vosotros, como los habitantes de Jerusalén, deseáis "salir al encuentro" (cf. Jn 12, 12) de Jesús el Mesías, el Señor, hombre verdadero y Dios verdadero, el Hijo predilecto del Padre. El vuestro quiere ser un gesto público y comunitario de fe auténtica, capaz de renovar íntegramente vuestra vida.

¿Quién es este Jesús, a quien deseáis salir al encuentro? Desde pace dos mil años, esta pregunta fundamental está clavada en el corazón mismo de la historia y de la cultura humana; pero es la misma pregunta que se hacían en Palestina los contemporáneos de Jesús, oyentes de su palabra y testigos de sus signos prodigiosos: "¿Quién es Este?" (Mc 4, 41; Mt 21, 10). El "misterio de Jesús" inquietaba y sigue inquietando a los hombres, los cuales han respondido y responden o con la repulsa preconcebida, o con la indiferencia abúlica, o, por el contrario, con la ardiente adhesión de fe, que implica y transforma toda la persona.

Para nosotros y para vosotros, queridísimos jóvenes, Jesús de Nazaret no es simplemente un genio religioso, que ha de ser situado junto o aun por encima de tantas personalidades que en el transcurso de la historia lanzaron a la humanidad un mensaje sobre Dios; no es solamente un gran profeta, en quien se habría manifestado la presencia de lo divino de un modo peculiar y sobreabundante; no es un superhombre o un supermístico, cuya acción y cuya doctrina podrían aún estimular o fascinar a almas particularmente sensibles.

A la apremiante pregunta de Jesús: "Vosotros, ¿quién decís que soy Yo?", respondemos con Simón Pedro: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16), y con Tomás: "¡Señor mío y Dios mío!" (Jn 20, 28),

El es quien tiene poder para asegurar a un pobre paralítico: "Hijo, se te perdonan los pecados" (Mc 2, 5), sanándole asimismo en prueba de su desconcertante afirmación; es quien, ante los escribas y fariseos, estupefactos, se declara "señor del sábado" (Mc 2, 28), capaz de revisar y de modificar desde dentro la legislación mosaica (cf. Mt 5, 21 ss.). Es quien afirma ser "el camino, la verdad y la vida" (Jn 14, 6), "la resurrección y la vida" (Jn 11, 25) de todos los hombres que crean en El; es quien sale al encuentro de la muerte como dominador y con su resurrección desconcierta los planes mezquinos de sus contrarios. Jesús de Nazaret es verdaderamente el centro de la historia, como proclamó San Pablo: "Es imagen de Dios invisible, engendrado antes que toda creatura; pues por su medio se creó el universo celeste y terrestre, lo visible y lo invisible... Todo fue creado por El y para El. El es antes que todo y el universo tiene en El su consistencia" (Col 1, 15 ss.).

A Cristo Jesús, Verbo encarnado, Hijo eterno de Dios, nuestra adoración humilde, nuestra fe firme, nuestra esperanza serena, nuestro amor incondicional. Vale verdaderamente la pena queridísimos hijos, comprometer la propia vida en seguirle a El, sólo a El, aun sabiendo que esta decisión Ilevará consigo renuncias, sacrificios, riesgos e incomprensiones. Pero Jesucristo, escribió Pascal, "es un Dios al que uno se acerca sin orgullo y se somete sin desesperación" (B. Pascal, Pensamientos, fr. 528).

Vosotros, jóvenes, buscáis apasionadamente la alegría, la buscáis en los demás, en los acontecimientos, en las cosas. Jesús os promete su alegría plena (cf. Jn 15, 11; 16, 22. 24; 1 Jn 1, 4).

Vosotros buscáis la autenticidad y aborrecéis la doblez: Jesús desenmascaró la hipocresía de quienes querían instrumentalizar al hombre, especialmente en sus relaciones con Dios (cf. Mt 23, 5-7; Mc 3, 4).

Vosotros queréis ser estimados por lo que sois y no por lo que poseéis. Jesús dijo: "Cuidado, guardaos de toda codicia, que aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes" (Lc 12, 15).

Vosotros tenéis miedo a la soledad, que entristece e1 corazón y acentúa e1 individualismo egoísta. Jesús nos da parte en la comunión que existe entre El y el Padre (cf. Jn 14, 23 ss.) y dilata nuestro corazón para amar a todos los hombres, hijos del mismo Padre (cf. Jn 15, 12 ss.).

Vosotros buscáis la liberación del pecado, que degrada al hombre, la liberación del mal, de los condicionamientos sociales, de las tinieblas de la ignorancia. Cristo es la luz que "ilumina a todo hombre" (Jn 1, 9; 8, 12), es nuestra liberación (cf. Jn 8, 36; Gál 4. 31).

Vosotros, jóvenes, queréis transformar el mundo, hacerlo más bello y más justo: Cristo, con su encarnación, pasión y resurrección, renovó la realidad y a nosotros mismos: "El que es de Cristo, es una creatura nueva; lo viejo pasó; mirad, existe algo nuevo" (2 Cor 5, 17).

Así, pues, que Cristo esté en el centro de vuestro corazón, para entregaros generosamente a los demás; en el centro de vuestra inteligencia, para dar a la historia y a la cultura una perspectiva cristiana; en el centro de vuestra vida de ciudadanos en una sociedad que cada vez tiene más necesidad de las ideas y de las fuerzas de los jóvenes. "En Cristo lo tenemos todo —escribió San Ambrosio— ...Cristo es todo para nosotros. Si deseas curarte una herida, El es el médico; si ardes de fiebre, El es el manantial que reanima; si te abruma la culpa, El es la justificación; si necesitas ayuda, El es la fuerza; si temes la muerte, El es la vida; si deseas el Cielo, El es el camino; si huyes de las tinieblas, El es la luz; si necesitas alimento, El es la comida" (San Ambrosio, La Virginidad, XVI; PL 16, 291).

¡Así, queridísimos, así; para vosotros y para todos los jóvenes del mundo!

 

 

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