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CARTA DEL SANTO PADRE PABLO VI
AL HERMANO AVELAR BRAND
ÃO VILELA,
PRESIDENTE DEL CONSEJO EPISCOPAL LATINOAMERICANO

 

 

Al Venerable Hermano Avelar Brandão Vilela
Presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano

La XIII reunión ordinaria que estáis celebrando en Costa Rica, al cumplirse los quince años de fecunda labor del CELAM, nos ofrece la ocasión para dirigir nuestro saludo fraternal a vosotros y a todos los amadísimos Hermanos en el Episcopado del Continente Latinoamericano.

Con íntima alegría unimos nuestra acción de gracias a la vuestra, a la de los Sacerdotes, Religiosos y Fieles, que con gozo y esperanza veis en el Consejo Episcopal Latinoamericano un don providencial, en torno al cual ha sido posible, durante estos años, aunar tantos esfuerzos generosos, tantas iniciativas fecundas, tantos trabajos comunes, para el bien de las diversas diócesis y del entero cuerpo eclesial de ese Continente.

El CELAM, a los quince años de su fundación, es un hecho innegable, con su organización, sus departamentos, sus institutos, sus realizaciones, pero es sobre todo un espíritu, una comunión, una expresión de la Colegialidad iniciada ya antes del mismo Concilio Vaticano II, un servicio fraterno y desinteresado, en cuyo seno es posible buscar, en unión de fe y caridad, soluciones globales a los problemas comunes y específicos y a los aspectos nuevos, que a nivel continental se plantean para la proclamación fiel de la Palabra de Dios. En esta línea no podemos menos de notar el hecho importante de que por primera vez estén presentes en esta Reunión, como miembros de pleno derecho, los Presidentes de las Conferencias Episcopales, los cuales son un signo valioso de la integración de las Conferencias mismas en los trabajos del CELAM, a la vez que una expresión más profunda de la intercomunicación colegial.

Sería bien difícil trazar un cuadro de los frutos obtenidos en estos quince años de fraterna colaboración, pero por otra parte están bien a la vista algunos de los logros más importantes: el Pueblo de Dios se va sensibilizando cada día más en orden a una profunda y equilibrada renovación en el espíritu del Concilio Vaticano II; el trabajo catequético está ayudando a difundir y profundizar la proclamación de la Palabra de Dios, dando nuevos bríos a las tradiciones cristianas del Continente; se ha intensificado la presencia dinámica de la Iglesia en el proceso del desarrollo integral de América Latina, superando en la práctica el dualismo entre fe y vida, esto es, haciendo que la fe sea más honda para mejor influir en la promoción total de los hombres y de las comunidades; se está estimulando la investigación autóctona en el campo teológico y pastoral, despertando un mayor interés por el pensamiento propio, cuya riqueza será también un valioso aporte al tesoro de la Iglesia Universal.

Estos frutos y otros muchos obtenidos en los diversos sectores de la actividad pastoral mueven a elevar con confianza los ojos a Aquel que ha querido bendecir vuestras fatigas, y han de ser al mismo tiempo un estímulo y un programa, que empeñe a todos para los años venideros. Estamos seguro de que cada Obispo de América Latina, a la vista de los resultados conseguidos y de las esperanzas que iluminan el futuro, se sentirá cada día más en el CELAM y con el CELAM, porque es de ellos, les pertenece, quiere servirles y se ha demostrado una predilección de Dios en esta hora decisiva de esas queridísimas Iglesias. Y estamos además seguro de que los Sacerdotes, los Religiosos y los Fieles se sentirán íntimamente unidos a todos vosotros en la vida de ese Consejo, que es también suyo, y fue creado y trabaja para su servicio. De este modo cada Obispo, así como los que colaboran con él en el apostolado, se sentirán más animados a poner en práctica las deliberaciones y las decisiones del CELAM, conscientes de que están trabajando en beneficio de su propia comunidad diocesana y de toda la comunidad continental.

Además del análisis y evaluación de las actividades del CELAM, a que está dedicada esta Reunión, vais a estudiar en ella un tema de capital importancia para la Iglesia, sobre el cual confiamos que vuestra aportación para el próximo Sínodo Episcopal corresponda a las expectativas de todos: nos referimos al tema del sacerdocio.

¡Cuántas cosas os quisiéramos decir, cuántas - notemos también - aprensiones comunes desearíamos intercambiar sobre esa realidad excelsa, que nos desborda con su maravillosa y divina grandeza! Nuestra unión en la plegaria, en la fe y en el ministerio nos debe impulsar a pedir oraciones y la colaboración de todos, para que las reflexiones, las experiencias y las aspiraciones comunes ayuden a delinear con claridad los rasgos característicos de la auténtica figura sacerdotal, según la mente del Sumo y Eterno Sacerdote y que corresponda a las exigencias del mundo moderno.

Permitidnos también hacer referencia en este fraternal mensaje a un hecho inolvidable por su intrínseca trascendencia y por la posibilidad que tuvimos de presenciar: la II Asamblea General del Episcopado Latinoamericano. Allí llegamos Nos, peregrino apostólico, para llevar el abrazo de paz y la palabra alentadora del Sucesor de Pedro a vosotros, Sucesores de los Apóstoles en esas benditas tierras de promisión. No dudamos entonces en llamarlo un hecho histórico, porque sentíamos en nuestra humilde persona a toda la Iglesia que os rendía homenaje, os demostraba su afecto y admiración, y se unía a vosotros en la fe, el amor y la esperanza. En aquella ocasión ofrecíamos a vuestra consideración algunas ideas espirituales, pastorales y sociales, como específico mensaje nuestro en una hora tan importante para la Iglesia en vuestro Continente.

Los diversos programas de acción preparados por el CELAM y las líneas del apostolado de la Iglesia en todo el mundo exigen de todos un compromiso activo y valiente para que lleguen a convertirse en realidad. En esta hora de Dios, se ha de intensificar la labor pastoral y misionera, como algo primordial y básico que da sentido y perspectiva a todas las demás actividades de los cristianos; se han de suscitar iniciativas para promover las vocaciones sacerdotales y religiosas, e igualmente para ayudar a la mejor formación de los futuros sacerdotes y de los mismos sacerdotes que ya se ocupan en las tareas apostólicas, de manera que, dotados de una auténtica madurez espiritual y humana, puedan cumplir cabalmente con las exigencias de su gran misión; se ha de dedicar especial atención e interés a la preparación de apóstoles seglares que, impulsados por una auténtica vivencia cristiana, se comprometan activa y generosamente en la trasformación de la sociedad; se ha de pensar particularmente en los jóvenes, protagonistas de un futuro que ya está empezando, de modo que encuentren realmente en la Iglesia esa inspiración y esa visión total del hombre, que ellos buscan para poder dar al mundo una nueva fisonomía, verdaderamente justa y fraternal.

Pensando en estos y en los otros programas que habéis elaborado y seguiréis elaborando, unimos nuestras plegarias a las vuestras y formulamos los más fervientes votos para que la futura actividad del CELAM sea cada vez más fecunda a nivel diocesano, nacional y continental, de manera que la Iglesia de Cristo, como luz y sal de la tierra, sepa hacer presente ante todos los hombres de vuestros amadísimos Países el Mensaje de salvación en toda su plenitud y profundidad.

En prenda de estas gracias divinas y en prueba de paternal afecto, impartimos de corazón a tí, amadísimo Presidente del CELAM, y a todos los Venerables Hermanos en el Episcopado, así como a los Sacerdotes, Religiosos y Fieles de Latino-América, nuestra especial Bendición Apostólica.

Vaticano, 10 de Mayo de 1971.

PAULUS PP. VI

 

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