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CARTA DEL SANTO PADRE PABLO VI,
FIRMADA POR EL CARDENAL SECRETARIO DE ESTADO,
AL CONGRESO MUNDIAL DE LA FEDERACIÓN INTERNACIONAL
DE LAS ASOCIACIONES MÉDICAS CATÓLICAS
(BOMBAY, 29 DE ENERO-1 DE FEBRERO DE 1978)

 

Estimado doctor Gino Papola:

El Santo Padre se ha mostrado muy interesado al saber que la Federación Internacional de Asociaciones Médicas Católicas ha elegido el tema "Calidad de la vida en una sociedad que cambia", para su XlV Congreso mundial.

Pocos temas resultan hoy en día tan acuciantes. A pesar de la sensibilidad de la civilización moderna en cuestiones de derechos humanos —de los que el derecho a la vida es uno de los más sagrados—, nuestra época paradójicamente se está acostumbrando demasiado a los ataques contra la vida y contra la dignidad de la vida.

El hombre moderno ha alcanzado niveles de progreso que hace un siglo no eran ni siquiera imaginables, pero al mismo tiempo le asalta la duda acerca del valor de su progreso material. ¿De verdad —se pregunta— estos avances ayudan a vivir profunda y auténticamente la vida propia del ser humano, ayudan a ser más humano; o más bien, sofocan las posibilidades genuinamente humanas de la vida? ¿Y cómo se puede entender que dicho progreso sea privilegio de los que en último análisis son porción muy limitada de la humanidad, mientras vastos sectores de la misma viven una existencia infrahumana?

Además, la ciencia ha proporcionado medios de prolongar la vida en circunstancias que solían considerarse mortales y de modificar la calidad mental y física de la vida. Ello plantea la cuestión del límite hasta el que es obligatorio o conveniente intervenir, y qué medios elegir de entre los disponibles actualmente, con objeto de proteger la dignidad de la persona humana y su equilibrio sicosomático.

Estas cuestiones son de interés para todos, individuos y familias, y también profesionales de los campos de la economía, sociología, ecología, ciencia, tecnología, información, educación y política nacional e internacional. Tampoco pueden ser ignoradas estas cuestiones por quienes están implicados en la legislación y planificación de los Gobiernos.

Entre los grupos a quienes concierne, los médicos tienen gran importancia. Estos "protectores, defensores y amigos de la humanidad", como los ha calificado recientemente el Santo Padre en su Mensaje para la XI Jornada mundial de la Paz, se hallan en situación de poder apreciar el progreso científico de las distintas ramas de la medicina como instrumento a utilizar al servicio de la calidad de la vida. Bajo esta luz, ningún médico consciente de su misión puede oponerse a tener en cuenta los adelantos de la ciencia médica.

Sin embargo, las cuestiones arriba citadas pertenecen en primer lugar al orden moral y religioso. El no reconocer que la noción tiene su meollo verdadero en la dimensión ética e incluso más aún en la dimensión teológica, llevaría a una noción seriamente equivocada de la cardad de la vida, y a prácticas erradas o viciadas.

No hay duda de que la omisión de estas dimensiones esenciales y la consiguiente concepción falsa de la vida son las que conducen a invocar con demasiada frecuencia la "calidad de la vida", para justificar principios ideológicos, normas, programas y, luego, medidas concretas que atentan contra la dignidad de la vida en sí misma. Entre éstas se pueden citar, por ejemplo, el aborto provocado, el infanticidio, la eutanasia, la tortura y otras prácticas similares.

Por otra parte, la fe del médico católico —que está enraizada en la Palabra de Dios, contenida en la Escritura, sostenida por las enseñanzas de la Iglesia y vivida en la comunión eclesial— le inspirará siempre el concepto exacto y la práctica ennoblecedora de la verdadera "calidad de la vida".

El médico católico sabe que la vida es un don que Dios nos ha dado para que podamos realizar un deber de servicio y amor entre los hermanos, y glorificarle en la existencia terrestre a la que le ha destinado en Cristo Jesús. Las primerísimas páginas de la Escritura presentan la vida como venida de Dios que creó al hombre a imagen suya y desea que todos los hombres participen de su vida divina (cf. Gén 1 y 2). Este plan divino fue revelándose con claridad creciente en la historia de la salvación y fue actuada en Cristo Jesús, el Cordero que da vida y guía a las fuentes de aguas de vida (cf. Ap 7, 17).

Esta sencilla verdad básica acerca del significado y objeto de la vida, sobre los cuales se nos invita a reflexionar continuamente, libra de toda clase de pesimismo respecto de la vida. Nos enseña que incluso el sufrimiento tiene significado y que la muerte no es el final o la destrucción del ser, sino por el contrario, es participación en el misterio ole Aquel que se llamó a Sí mismo "la vida" (Jn 11, 25). Nos hace ver que lo espiritual tiene prioridad sobre lo material y que la prosperidad, la abundancia y el placer no son bienes absolutos. Asimismo prohíbe destruir la vida y manipular a los demás según nuestra voluntad.

Sin embargo, mientras es Dios quien da la vida, ha encomendado al hombre, a la familia y a la sociedad la función de desarrollar las cualidades intrínsecas de cada individuo, sean intelectuales, morales o físicas. Dentro de esta función general se inserta la misión del médico; misión de prevenir o corregir con su consejo y su arte desviaciones que afligen a la persona humana; misión de ayudar a la persona humana a afrontar la prueba del sufrimiento y de la muerte misma, pero sin llegar al uso excesivo y perjudicial de medicamentos que  influyen en la mente; misión de contribuir a educar al público para que evite el consumo irracional de medicinas.

La tarea confiada al ser humano es la de someter y dominar el mundo (cf. Gén 1, 28). Nadie debiera imitar al hombre rico de la parábola del Evangelio, que no se ocupó del pobre llamado Lázaro (cf. Lc 16, 19-31). Antes bien, todos estamos llamados a comprometernos por conseguir para cada hombre los medios para poder vivir una verdadera vida humana. La mejor condición de vida que el progreso ha hecho posible, impulsará hoy al cumplimiento de los deberes y a alcanzar la perfección que Dios ha fijado para cada uno de nosotros.

En cuanto médicos católicos sois bien conscientes de la grave responsabilidad que habéis asumido, sobre todo respecto de la salud física y mental de quienes se han confiado a vuestros cuidados. El Santo Padre desea que os diga de nuevo las palabras de estima contenidas en su Mensaje para la XI Jornada mundial de la Paz. Pero vosotros sabéis también que la enfermedad e incluso la deformación orgánica del individuo no le despoja de su dignidad humana y de su derecho inalienable a la vida y que, por tanto, no se puede suprimir una vida humana en nombre de la "calidad de la vida".

Además, el médico está llamado a atender al enfermo no sólo con competencia científica, sino también con amor y respeto. No será rara la ocasión en que acuda al mismo enfermo para que le ayude a decidir en casos bien serios a veces. Dichas decisiones no deben fundarse en el terreno emocional, sino en criterios objetivos; deben tener presentes las enseñanzas de la Iglesia que el doctor debe estudiar con atención. A este respecto puede ser útil recordar las enseñanzas de la doctrina católica referentes al deber del doctor de emplear, en su situación concreta, todos los medios a disposición para salvar la vida humana. Aunque el enfermo puede rehusar los medios terapéuticos clasificados como "extraordinarios", sobre todo cuando no hay esperanza de mejorar sus condiciones, no puede rechazar los medios ordinarios y los servicios elementales que la sociedad y la ciencia médica deben poner a disposición de todos.

Ciertamente abrigaban esta convicción sobre la importancia de dicha reflexión teológica los doctores de distintas partes del mundo cuando, respondiendo a la invitación de la FIAMC, se han reunido para tratar a fondo temas relacionados con su profesión. Lo están haciendo con espíritu de apertura y respeto hacia las creencias y también con deseo de ser iluminados por la fe católica que poseen en común y por la inspiración primigenia que de ella brota. Dicha reunión no puede dejar de reafirmar a los participantes en su compromiso de seres humanos, de médicos, de cristianos y de católicos.

Esto es extraordinariamente importante hoy en un mundo en que todas las sociedades se hallan en situación de cambio y en la que los choques o acoplamientos de las distintas ideas filosóficas y culturales sobre el concepto de la calidad de la vida no se limitan sólo a los países más desarrollados. El médico católico proclamará sus ideas de palabra y con ejemplos de caridad efectiva. El mismo hecho de que el Congreso mundial de la FIAMC se esté celebrando en India trae a la memoria la gran entrega y sacrificio de tantos misioneros, sacerdotes, religiosos y laicos de India y de los llamados países de "misión", en la asistencia a los enfermos. Son ejemplo admirable y testimonio del concepto cristiano del valor de la vida humana y del respeto debido a la vida desde el momento en que comienza, y también durante la enfermedad y al acercarse la muerte.

El Santo Padre se ha complacido igualmente al saber que el Congreso estudiará también los problemas sociales relacionados con la calidad de la vida. La actividad del doctor no puede aislarse de la acción de la sociedad y sobre todo de la familia. El Congreso de Bombay no dejará de profundizar en muchos puntos que sólo pueden tratarse allí; el programa señalado por los organizadores es buena prueba de ello.

El Santo Padre confía en que los participantes en este Congreso profundizarán sus convicciones básicas, que luego difundirán ellos mismos en los ambientes médicos. Igualmente espera que muchos doctores católicos esparcidos por el mundo, estimulados y ayudados por las Asociaciones nacionales de Médicos Católicos y por la Federación Internacional, unan sus esfuerzos a los de otros profesionales (farmacéuticos; sicólogos y siquiatras; asistentes sociales; maestros; y también políticos, ingenieros, periodistas, etc.), para que a través de la cooperación inteligente y generosa de todos, al hombre moderno se le permita no reducirse a lo que se ha llamado con cruel ironía "un ser condenado al progreso", sino un ser para quien el progreso constituya fuente de vida verdaderamente humana.

Su Santidad manifiesta estos deseos ante vosotros con la confianza de que contribuiréis de todos los modos posibles a que se lleven a efecto. Con dichos sentimientos imparte su bendición apostólica a usted, señor Presidente, al consejero eclesiástico y a todos los miembros de la FIAMC, y en especial a los participantes en el XIV Congreso mundial.

Aprovecho la oportunidad para renovarle el testimonio de mi devota estima en Cristo.

Vaticano, 25 de enero de 1978.

Cardenal Jean VILLOT

 

 

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