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CARTA DE SU SANTIDAD PABLO VI,
FIRMADA POR EL CARDENAL SECRETARIO DE ESTADO,
A LA FEDERACIÓN DE LOS MOVIMIENTOS
DE AGRICULTORES CATÓLICOS

 

Sra. Flore Herríer.
Presidenta de la FIMARC.

Señora Presidenta:

Al enviarle esta Carta en nombre del Santo Padre, tengo el gozo de dirigirme también a los participantes en la sesión mundial y en la asamblea reglamentaria de la FIMARC, reunidos en Arbresle del 29 de marzo al 9 de abril.

Vuestro interés y trabajos se han centrado en la evangelización y liberación integral de la población rural. esa parte tan grande de la humanidad, con frecuencia la más olvidada y que sufre grandes penalidades.

¿Cómo no evocar la experiencia secular de la Iglesia encarnada en ese mundo rural, de tantas facetas? El anuncio del mensaje cristiano y el testimonio de la fe se han manifestado en él de formas varias, según las épocas y lugares: unión de comunidades eclesiales alrededor del pan de la Palabra y del Cuerpo del Señor, desarrollo y valorización de las riquezas de la religiosidad de la gente del campo, penetración de los valores evangélicos en la cultura rural, creación de nuevos servicios de educación, ayuda y protección bajo el impulso de la caridad. etc.

Los ciclos lentos de interrupciones regulares de la vida rural se han alterado profundamente por la irrupción de la nueva civilización técnico-industrial que desencadena y propaga continuas olas de transformaciones económicas, sociales; culturales y religiosas. No hay duda de que la posibilidad de "dominar" la naturaleza se ha multiplicado por el progreso de la ciencia, el desarrollo de la técnica y un crecimiento económico innegable. Pero si dicha evolución no va acompañada de un progreso social y moral que le dé sentido y razón de ser; sólo puede producir nuevo retroceso de la promoción soñada y aumento de desequilibrios y disparidades de situación en el mundo rural. Así resulta que la mayoría de la gente del campo a nivel individual, familiar, de grupos sociales e incluso de poblaciones enteras, recibe sólo y de modo marginal las migajas de un pan repartido desigualmente en la mesa de la humanidad. ¿No es éste uno de los grandes escándalos de nuestro tiempo?

Precisamente contra tal situación levantó la voz el Papa Juan XXIII en la Encíclica Mater et Magistra (tercera parte) y se pronunciaron los obispos de todo el mundo en el Documento conciliar Gaudium et spes (núms. 9, 60, 71). Para poner fin a dicha situación Pablo VI denunció sus causas y propuso remedios en la Encíclica Populorum progressio (núms. 29, 60), y sobre todo en las alocuciones a la FAO. Para ahuyentar el "fantasma del hambre", de la desnutrición y de la miseria en un mundo que por otra parte nada en la abundancia, es necesario que los cristianos y quienes estén cerca de éstos hagan resonar en el fondo de sus conciencias las primeras palabras de la Biblia con las que Dios encargó al hombre de "someter" la tierra (Gen 1, 28), para transformarla en vergel fecundo de todos los hombres. Cómo pueden olvidar los hombres la actitud de Cristo, lleno de compasión hacia quienes no tienen qué comer (cf. Mt 15, 32); y que multiplica y distribuye los panes, se identifica con los pobres hambrientos, hasta el punto de decir a los elegidos: "Tuve hambre y me disteis de comer" (Mt 25, 35), y cita el "pan nuestro de cada día" entre las peticiones esenciales que hay que dirigir al Padre (cf. Mt 6, 11).

Para que el hombre del campo gane el pan con su trabajo, su sudor y sus penalidades, y para que el pan se reparta en familia y se distribuya equitativamente a los hombres, importa mucho que cristianos como vosotros, miembros de la FIMARC, asumáis responsabilidades y compartáis las angustias y esperanzas del mundo rural, poniéndoos al servicio de su desarrollo.

Pero el hombre del campo tiene asimismo hambre de dignidad. Quiere que se le reconozcan sus valores culturales y sus tradiciones religiosas. Desea contribuir en calidad de protagonista a su propio desarrollo y disfrutar del progreso moderno no a través de reflejos pálidos o mecánica y marginalmente, sino como "artífice de su propio destino". Es importante, por tanto, abrir horizontes a solidaridades más amplias, liberar energías y multiplicar intercambios de todas clases para embarcarse "en una lucha sin tregua a fin de dar a cada hombre qué comer para vivir, para vivir una auténtica vida de hombre, capaz de asegurar la subsistencia de los suyos por su trabajo, y apto por su inteligencia para participar del bien común de la sociedad mediante un compromiso libremente aceptado y una actividad voluntariamente asumida" (Alocución a la FAO, L'Osservalore Romano, Edición en Lengua Española, 22 de noviembre de 1970 pág. 9).

La Iglesia dedica atención al mundo rural para que se satisfagan sus necesidades materiales y se le reconozcan los títulos de dignidad. Se ocupa al mismo tiempo de sus necesidades religiosas que dan la dimensión auténtica de la grandeza humana. Basándose en la fe tradicional de la gente del campo o refiriéndose al menos a sus aspiraciones y sentimientos religiosos, y siguiendo a Cristo, la Iglesia les recuerda que "no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4, 4). Precisamente porque les cabe el honor de sacar del fruto de su trabajo la materia del sacrificio eucarístico, la Iglesia les invita a tomar parte en la obra de redención de los pecados de injusticia y de dominio de los que pueden ser víctima ellos mismos o sus hermanos. La Iglesia les invita, como a los pobres del Evangelio, al banquete de la comunidad fraterna de los hijos de Dios para que reciban cíe ella motivación y fuerza a fin de trabajar en la liberación auténtica y en la salvación de sus hermanos,

Queridos miembros de la FIMARC, que la fe en el misterio pascual de la muerte y resurrección de Cristo alumbre profundamente y mantenga en esperanza cristiana vuestro servicio en el mundo rural. Esto no es posible sino con adhesión indefectible a la Iglesia que os ayudará a salvaguardar la peculiaridad de vuestra misión apostólica sin permitir que os encerréis en preocupaciones puramente temporales.

Con estos sentimientos el Santo Padre bendice vuestras personas, vuestras familias y vuestro Movimiento, cuya obra sigue él con atención suma. Confiando en vuestra fidelidad al mensaje de Cristo transmitido por la Iglesia, os renueva su aliento y sus votos por la fecundidad de vuestra misión de evangelización.

Contento de transmitirle este mensaje, sra. Presidenta, le presento mis sentimientos de afecto en Nuestro Señor.

Cardenal Jean VILLOT

 

 

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