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CARTA DEL PAPA PABLO VI
AL MINISTROS GENERAL DE LOS FRAILES
MENORES
Al querido hijo
Costantino Koser,
ministro general
de la Orden de los Frailes Menores.
El esplendor misional y el lustre apostólico de toda la Orden de los Frailes
Menores refulgirá pronto con un nuevo destello, y su tesón —como deseamos—se
robustecerá con nuevo impulso, al cumplirse solemnemente, el próximo mes de julio, el cuadringentésimo aniversario de la fecha en que los quince primeros
frailes menores desembarcaron en las costas de las Islas Filipinas,
recién descubiertas, con ardiente deseo de predicar el Evangelio, y entraron al punto en un campo inmenso de múltiples actividades y muy feraz, donde, a lo largo de este
memorable período de cuatro centurias, esa comunidad religiosa no dejó de
distinguirse tanto por sus muchos ejemplos de santidad cristiana como por sus
saludables iniciativas de acción pastoral.
Así, pues, por una parte el conocimiento de esta larga historia pretérita, de
los méritos en ella contraídos y de la multitud de misioneros franciscanos
—frailes, religiosos y laicos—, y por otra la conciencia de la obra que la
familia franciscana lleva a cabo actualmente en dichas Islas, nos impulsan con fuerza a expresar nuestra felicitación y muestra
alegría por este aniversario en primer lugar a ti, querido hijo, y por conducto
tuyo, como intérprete de nuestros sentimientos, a toda la amada Orden
encomendada a tu gobierno, a la vez que la labor tan honrosa y fructífera de vuestros miembros en aquellas tierras nos ofrece no sólo válido motivo de alabanza, sino
también ocasión propicia de exhortación. En efecto, esta celebración secular de
esta vicaría filipina nos consuela tanto cuanto nos preocupa y estimula la
solicitud por su futuro, para que prosiga con constancia y provecho la obra
felizmente realizada hasta ahora.
A nuestro juicio, el mayor mérito de los frailes menores que durante estos
cuatro siglos trabajaron con tesón entre el pueblo filipino, es indudablemente
el haber sabido unir siempre, junto con la voluntad primordial y absolutamente
inquebrantable de predicar rectamente a Jesucristo y su reino celeste a todos
los habitantes de aquellas islas, el cuidado providente de las necesidades
terrestres de aquella amada población, promoviendo su educación y progreso, la
medicina de los cuerpos y el cultivo de los campos, instituciones eficaces y
auxilios sociales.
En efecto, obrando así contribuyeron notablemente a que el mensaje evangélico
de paz, esperanza y salvación echara raíces más hondas en las almas de los
bautizados, a que la doctrina cristiana configurase más plenamente las
costumbres de la sociedad y los hábitos religiosos de aquella nación, incluso
hasta los tiempos más recientes y, finalmente, a que la Iglesia católica,
edificada sobre estos cimientos solidísimos de verdad y caridad, justicia y
santidad, floreciese después con el paso del tiempo, convirtiendo a su vez a la
nación filipina en una especie de faro que, en aquella región del orbe, alumbra
en todas las direcciones.
Así, pues, mientras la familia franciscana se gloría muy merecidamente estos
días faustos de tantas empresas y padecimientos, frutos y recuerdos,
muchedumbre y realizaciones de sus misioneros —entre los que se cuentan Santos
y Beatos de las Ordenes primera, segunda y tercera, así como laicos—, en las
Islas Filipinas a lo largo de cuatro centurias, es de desear que esa
conmemoración del tiempo pasado ilumine ya el futuro, corrobore los espíritus y
los propósitos de los operarios que actualmente trabajan en la misma viña
elegida, sostenga y haga prosperar su excelente apostolado de administración de
los sacramentos e instrucción catequética, así como su labor de renovación y
equidad social.
Esto es lo que expresamente deseamos con gran confianza, querido hijo, a la
Orden de los Frailes Menores; esto es lo que pedimos encarecidamente a Dios
todopoderoso para vosotros; ésta es, finalmente, la felicitación que damos
y la exhortación que dirigimos a vuestros misioneros filipinos de cualquier
condición, para quienes suplicamos luz y fuerza de lo alto, mientras les
impartimos la bendición apostólica en prueba de la alegría que con ellos
compartimos.
Ciudad del Vaticano, 30 de mayo de 1978, año XV de nuestro pontificado.
PAULUS PP. VI |