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MENSAJE DEL PAPA PABLO VI
PARA LA IV JORNADA MUNDIAL
DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES

Tema: Las comunicaciones sociales y la juventud

  

Queridos hermanos e hijos, vosotros todos, hombres de buena voluntad,
vosotros, sobre todo, jóvenes del mundo entero:

La Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales se centra este año en un tema que ciertamente os preocupa en gran manera: «Las comunicaciones sociales y la juventud». En efecto, ¿quién no es consciente de la inmensa responsabilidad que incumbe a todos y a cada uno de nosotros, ante la historia y ante Dios, de aprovechar las posibilidades extraordinarias que estos medios nos proporcionan para ayudar a los jóvenes a informarse, a formarse, a descubrir los problemas reales del mundo, a perseguir los valores auténticos de la vida, a asumir con plenitud su vocación de hombres y de cristianos?

En verdad acuciantes son las preguntas que se plantean a todos los hombres de buena voluntad, a las organizaciones privadas, nacionales o internacionales, y también a la Iglesia: Adultos, ¿cómo serán los jóvenes del mañana en este universo que vosotros hoy les preparáis? Jóvenes, ¿qué sociedad vais a realizar cuando os toque tener en las manos los destinos del mundo?

Hermanos e hijos, a todos queremos decir, urgidos por la conciencia de nuestra responsabilidad pastoral: el mañana será como lo habremos preparado hoy, con la ayuda de Dios.

¿Es necesario, pues, recordar una vez más que el fenómeno cobra cada día mayor amplitud? La prensa, la radio, la televisión, tienden a neutralizar e incluso a suplantar cuanto las generaciones de ayer transmitían a sus herederos valiéndose de los medios tradicionales de la cultura: el trato familiar, la acción educadora de la escuela y de la parroquia, la enseñanza de los maestros y educadores. Hoy entran en juego nuevas fuentes del saber y de la cultura que por su ingente poder de penetración, alcanzan con su impacto tanto la sensibilidad como la inteligencia, con todo el cortejo de disonancias imaginativas e ideológicas provocadas por las imágenes sonoras y visuales.

Maravillosos medios de apertura, de contacto, de comunicación, de participación, ciertamente. A condición, claro está, de que no se olvide su carácter de medios al servicio de un fin, el único fin digno de este nombre: el servicio del hombre de todos los hombres y de todo el hombre (cf. Populorum Progressio, n. 14). Pero, al contrario, como acontece con demasiada frecuencia, manejados por una industria que se convierte en su propio fin, degeneran en instrumentos de explotación sobre todo de los jóvenes y de los niños, consumidores fáciles de arrastrar por las pendientes del erotismo y de la violencia, o por los caminos tortuosos de la incertidumbre, la ansiedad y la angustia. Ojalá que todas las personas honradas se aunaran para lanzar un grito de alarma y se pusiera fin a empresas que fuerza es cualificar de corruptoras.

Así pues, ¿quién no capta la urgencia de utilizar de tal manera los medios de comunicación y su lenguaje emocional, a través del sonido, de la imagen del color y del movimiento, que sean en verdad los canales modernos de intercambios humanos, capaces de responder a la expectación de la juventud?

¡Qué gran fortuna esta abundancia de alimento, si es sano, si el organismo está preparado para recibirlo, si puede incluso asimilarlo sin intoxicarse! Maravillosa posibilidad, ciertamente, para tantos jóvenes el poder encontrar una distracción de calidad, adquirir una amplia información y, para algunos, recibir una primera formación a la lectura y a la escritura, -queremos recordarlo especialmente en este Año Mundial de la Educación, proclamado por las Naciones Unidas en el umbral del segundo decenio para el desarrollo-, acceder a una cultura selecta, saborear los auténticos valores de la fraternidad, de la paz, de la justicia, del bien común.

Tarea en verdad apasionante la de quienes manejan estos medios gigantescos, el ponerlos al servicio de los jóvenes. Pero, ¿de qué servirá todo ello si los padres y los educadores no ayudan a los jóvenes a elegir, a juzgar, a asimilar lo que se les propone, y así ser capaces de formarse como hombres y como cristianos cabales? De no ser así, los jóvenes corren el riesgo de permanecer pasivos, fascinados, por así decirlo, ante aquellas poderosas solicitaciones, traídos y llevados por deseos encontrados e incapaces de domeñarlos con carácter.

Finalmente, ¿quién sabrá presentar a los jóvenes el mensaje de vida auténtica, leal y valiente, que ellos esperan quizá inconscientemente? Centenares de millones de hombres se han entusiasmado al unísono ante las sorprendentes imágenes de los primeros pasos del hombre sobre la luna. ¿Quién será capaz de unirlos en el mismo fervor alrededor del Dios de amor que vino a caminar con paso de hombre en nuestra tierra, para «llamarnos a todos a participar como hijos en la vida del Dios vivo, Padre de todos los hombres» (cf. Populorum Progressio, n. 21)?

Quisiéramos paternalmente alentar y estimular a todos los que en gran número, lo sabemos, sacerdotes, religiosos, religiosas y seglares, se emplean con ardor en buscar, a través de los «mass-media», un nuevo lenguaje para anunciar a los jóvenes esta buena nueva, que sigue siendo siempre una nueva sorprendente. ¿Quién podría dudar de que, en efecto, los jóvenes de hoy esperan este anuncio, tienen sed de este testimonio, y saben reconocer, también ellos, con gozo profundo al que es, en Sí mismo, la respuesta a sus interrogantes más radicales y desconcertantes, El que «se ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención» (1 Cor, 1, 30)?

«Jóvenes, buscad a Cristo para manteneros jóvenes» (San Agustín, Ad fratres in eremo, serm. XLIV). He aquí lo que anhelamos para vosotros y lo que os pedimos.

Aprovechar todos, padres y educadores, productores, realizadores y usuarios de la prensa, la radio, el cine y la televisión esta Jornada Mundial de los Medios de Comunicación Social para una reflexión provechosa y para tomar resoluciones fecundas, en orden al mayor bien de la juventud.

Con la confianza de que así lo haréis, os enviamos a todos nuestra afectuosa bendición apostólica.

Vaticano, 6 de abril de 1970.

  

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