Queridos hijos e hijas:
Hace unos diez meses, anunciamos el Año Santo. «Renovación» y
«Reconciliación» quedan como términos clave, que indican las esperanzas que
tenemos puestas en el Año Santo. Pero, como ya dijimos, quedarán sin efecto si
no se realiza en nosotros una ruptura (cf. Alocución del 9 de mayo 1973).
Nos encontramos en el tiempo de Cuaresma, tiempo por excelencia de
renovación de nosotros mismos en Cristo, de reconciliación con Dios y con
nuestros hermanos. A través de una ruptura con el pecado, la injusticia y el
egoísmo, nos asociamos a la muerte y resurrección de Cristo.
Permitidnos, por ello, insistir hoy sobre la ruptura que nos exige
el tiempo de Cuaresma, es decir, una ruptura con el apego exclusivo a los bienes
materiales, sean abundantes como en el caso de Zaqueo (cf. Lc 19, 8),
sean escasos como en el caso de la viuda pobre alabada por Jesús (cf. Mc
12, 43). En el estilo directo de su época, San Basilio predicaba a los ricos de
aquel tiempo: «El pan que tú no comes, es el pan del hambriento; la túnica
colgada en tu armario, es la túnica de quien va desnudo; los zapatos que tú no
calzas, son los zapatos de quien camina descalzo; el dinero que tu escondes, es
el dinero del pobre; los actos de caridad que no haces, son injusticias que
cometes» (Hom. VI in Lc XII, 18 PG XXXI, col. 275).
Tales palabras proporcionan materia de reflexión en un tiempo en el que el odio
y los conflictos son provocados por la injusticia de quienes acaparan, mientras
que otros no tienen nada; por quienes aseguran su mañana sin preocuparse del hoy
del prójimo; por quienes, debido a ignorancia o egoísmo, rehúsan dar lo
superfluo a favor de los que carecen de lo más elemental (cf. Mater et Magistra).
Y ¿cómo podríamos dejar de recordar aquí la renovación y
reconciliación exigidas y aseguradas por la plenitud de nuestro único banquete
eucarístico? Para poder recibir juntos el Cuerpo del Señor, debemos desear
sinceramente que a ninguno falte lo necesario, aunque ello nos cueste algún
sacrificio personal. En caso contrario, cometemos una afrenta a la Iglesia,
Cuerpo Místico de Cristo, del cual somos miembros. Con su amonestación a los
Corintios, San Pablo nos pone en guardia contra los peligros de una conducta
reprochable en este campo (cf. 1 Cor 11, 17ss).
Cometeríamos un pecado contra la unicidad de mente y corazón si
recusásemos hoy a millares de hermanos nuestros lo que requiere su promoción
humana. En este tiempo de Cuaresma, la Iglesia y sus instituciones de caridad
exhortan cada vez más a los cristianos a que presten su ayuda en esta tarea
inmensa. Predicar al Año Santo significa un profundo y gozoso sacrificio de sí
mismo, que nos restaura en la verdad de nosotros mismos y en la verdad de la
familia humana, tal como Dios la ha querido. Así es como la presente Cuaresma
puede traernos, ya en esta vida, y aparte la promesa de la recompensa eterna, el
ciento por uno prometido por Cristo a quienes dan con generosidad.
Desearíamos que todos supieseis escuchar en nuestra llamada un doble
eco: el de la voz del Señor, que habla y exhorta, y el de la humanidad doliente
que implora ayuda. Todos nosotros, Obispos, sacerdotes, religiosos y seglares,
jóvenes y ancianos, estamos llamados –como individuos y como miembros de una
comunidad– a tomar parte en la tarea de compartir amorosamente todo con los
demás, de acuerdo con el mandato del Señor.
Llegue a cada uno de vosotros nuestra Bendición Apostólica.