Amadísimos hijos e hijas:
Cuando aún estamos impregnados del espíritu y de las gracias del Año
Santo, he aquí que se presenta el Tiempo litúrgico de Cuaresma; es este el
Tiempo privilegiado para la meditación espiritual y durante el cual cada uno es
invitado a examinarse en la oración y a actuar.
Hagamos la verdad en nosotros para prepararnos a revivir, con la
Iglesia los Misterios del Cristo doliente, muerto y resucitado por ella y por
todos los hombres.
Por esto mismo, amadísimos hijos, «os exhortamos a no recibir en
vano la gracia de Dios» (2 Cor 6, 1) que es Amor y don de sí, y os
repetimos la recomendación que presentábamos como una de las conclusiones del
Año Santo: «... Amad a los hermanos! Amad a los hombres que necesitan de vuestro
amor y de vuestro servicio (cf. 1 Jn 4, 19-21). Será la caridad fraterna
y social, reanimada, multiplicada en las buenas obras la que no solo ofrecerá
pruebas de nuestro fiel compromiso del Año Santo, sino que demostrará también su
fecundidad y su actualidad incluso en los años venideros» (Alocución en la
audiencia general del 17 de diciembre 1975: L’Osservatore Romano, Edición
Semanal en lengua española del 21.12.1975).
Para participar en la instauración de la Justicia y para que el
Evangelio del Amor tenga sus testigos, compartid lo que poseéis con los que
están a vuestro alrededor: el verdadero pobre descubre siempre alguien más pobre
que él. Y participad generosamente en la ayuda recíproca entre las Iglesias
respondiendo al llamamiento que os será hecho, como todos los años, a través de
vuestra Iglesia particular a fin de socorrer a quienes, lejos de vosotros,
sufren el hambre y la indigencia.
Así purificados y generosos, estaréis preparados a entran en una vía
pascual, una vía en el espíritu del Señor resucitado.
Con esta esperanza, amadísimos hijos e hijas del mundo entero, os
bendecimos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.