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MENSAJE DEL PAPA
PABLO VI
PARA LA CUARESMA DE 1977

 

Amadísimos hijos e hijas:

¡Henos en Cuaresma! ¡Escuchadnos unos momentos! La Cuaresma es un tiempo favorable, el “tempus acceptabile”, de que habla la liturgia, para prepararnos a celebrar dignamente el Misterio Pascual. Es un tiempo ciertamente austero, pero también fecundo y ya de por sí portador de renovación como una primavera espiritual. Debemos despertar nuestras conciencias. Debemos reavivar el sentido del deber y el deseo de corresponder, concretamente, a las exigencias de una vida cristiana auténtica.

Hace casi diez años, nuestra Encíclica Populorum Progressio sobre el desarrollo de los pueblos era como un «grito de angustia en el nombre del Señor», lanzado a las comunidades cristianas y a todos los hombres de buena voluntad. Hoy, al comienzo del tiempo litúrgico de la Cuaresma, quisiéramos hacer resonar de nuevo el eco de esta llamada solemne. ¡Nuestra mirada y nuestro corazón de Pastor universal siguen estando profundamente afectados ante la muchedumbre inmensa de aquellos a quienes todas las Sociedades del mundo dejan a orillas del camino, heridos en sus cuerpos y en sus almas, despojados de su dignidad humana, sin pan, sin voz, sin defensa, solos en su aflicción!

Ciertamente se nos hace difícil compartir lo que tenemos, con el fin de contribuir a hacer desaparecer las desigualdades de un mundo que se ha convertido en injusto. Sin embargo las declaraciones de principios no son suficientes. De ahí que sea necesario y saludable que nos acordemos de que somos los intendentes de los dones de Dios y de que «la penitencia del tiempo de Cuaresma no debe ser solamente interior y personal, sino también exterior y social» (Vaticano II, Cons. sobre la Sagrada Liturgia, n. 110).

Poneos ante el pobre Lázaro que sufre hambre y miseria. Haceos su prójimo para que él reconozca en vuestra mirada la de Cristo que lo acoge y en vuestras manos las del Señor que reparte sus dones. Responded también con generosidad a las llamadas que se os dirigirá en vuestras Iglesias particulares, para aliviar a los más desheredados y para participar en el progreso de los pueblos más desvalidos.

Os recordamos las palabras del Señor Jesús, que ha conservado preciosamente San Pablo, para ir en ayuda de los débiles: «hay más dicha en dar que en recibir» (Act 20, 35). Os exhortamos a todos, amadísimos hijos e hijas, a purificar así vuestro corazón para acoger las próximas celebraciones pascuales y anunciar al mundo la noticia feliz de la salvación. Os bendecimos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

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