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MENSAJE DEL PAPA
PABLO VI
PARA LA CUARESMA DE 1978

 

Amadísimos hijos e hijas:

Una vez más llega la Cuaresma con sus urgentes invitaciones. Tiempo que nos acerca a Cristo, la Cuaresma, a través del mismo Cristo, nos acerca los unos a los otros. La Cuaresma es un tiempo de comunión, lo cual lleva también consigo el saber poner las cosas en común.

Quedamos impresionados ante la descripción que hacen los Hechos de los Apóstoles de la vida comunitaria de la Iglesia primitiva, «Todos los fieles vivían unidos; y tenían todas las cosas en común» (Act 2, 44). No se trataba de algo artificial, inventado para cimentar la cohesión de la joven comunidad de Jerusalén; se trataba, más bien, de la manifestación de ese «único corazón» (ibid. 4, 32) que inspiraba todos los gestos de los creyentes, uniéndolos en el corazón mismo de Jesús.

Uno de los efectos más relevantes de esta unanimidad está indicado en los Hechos cuando dicen que el constante compartir los bienes se hacía en función de las necesidades de cada cual. De esta manera, los primeros cristianos practicaban espontáneamente el principio según el cual los bienes de este mundo han sido destinados por el Creador para satisfacer las necesidades de todos sin excepción. El compartir cristiano traduce en hechos esta obligación natural, que el impulso de la caridad convierte en algo infinitamente más urgente.

Compartir es, pues, una actitud cristiana fundamental. En las numerosas iniciativas de amor al prójimo, desde la limosna y el servicio individual hasta la cooperación colectiva a la promoción de los pueblos materialmente menos favorecidos, el cristiano siente la alegría de compartir, de gozar junto con los demás del patrimonio que Dios ha puesto generosamente a disposición de todos.

Se ha dicho que hay un arte de dar y un arte de recibir; los cristianos sólo tienen una palabra para ambos, la de compartir fraternalmente. Este compartir, que la presente Cuaresma nos hace practicar como signo de comunión con todos los hombres, invita a todos a participar en el Misterio de la Cruz y de la Resurrección de Cristo.

Al comenzar este tiempo fuerte de la liturgia, Nos, con las palabras de San Pablo a los primeros cristianos, invitamos a todos los fieles de esta gran comunión que es la Iglesia católica «a poner aparte lo que puedan ahorrar» (cf. 1 Cor 16, 2), con espíritu de penitencia y de caridad, para ofrecerlo en la colecta común. A todos aquellos que están así dispuestos a compartir sus bienes con los hermanos que carecen de lo necesario, los bendecimos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

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