¡Amadísimos hijos de la Iglesia de Dios!
¡Hermanos todos de la comunidad humana!
En este momento reunimos lo que aún nos queda de energía humana y también
cuanto colmadamente existe en nosotros de certeza sobrehumana para transmitiros el eco bienaventurado del anuncio que
atraviesa y renueva la historia del mundo: ¡Cristo ha resucitado! ¡Sí, nuestro Señor Jesucristo ha resucitado
de la
muerte y ha inaugurado una nueva vida: para Sí mismo y para la humanidad!
Cristo ha salido al encuentro de los hombres, aterrados ante el gran prodigio de
su nueva existencia, con el saludo más sencillo y más maravilloso, el saludo de
su paz: "Paz a vosotros" (Jn 20, 19-21), dijo El mismo apareciendo de
nuevo entre
sus discípulos.
Nosotros, herederos auténticos de aquella fortuna, lo saludamos maravillados de la
inaudita novedad, con la conciencia exultante por la sorprendente realidad y
con el gozo de que una nueva presencia del divino Maestro nos obligue a sentir
su victoria sobre nuestra tímida incredulidad y a repetir con idéntico ímpetu
las palabras del discípulo Tomás: "Señor mío y Dios mío" (Jn 20, 28).
De esta manera, Señor, mientras celebramos la verdad y la gloria de tu
resurrección, la luz nos inunda y nos invade.
Sí, nosotros somos conscientes y gozamos de una seguridad nueva, que nos pone en
comunión espiritual y viva contigo.
Sí, nosotros creemos. Nosotros podemos ofrecerte el don que nos viene de Ti,
Cristo resucitado, el don de nuestra fe, de nuestra humilde pero ya gloriosa fe,
de la que vivimos y por la que vivimos, según lo que nos ha sido
enseñado, y que, en cierta medida, experimentamos en nuestro espíritu: "El justo
vive de la fe" (Gál 3, 1.1),
Este debe ser, hijos y hermanos, nuestro fruto pascual: el fruto de la fe.
Debemos ser "fuertes en la fe" (1 Pe 5, 9).
Debemos adherirnos con total confianza a la Palabra de Dios que nos llega por
el camino de la Revelación.
La Palabra de Dios debe ser el quicio de nuestra existencia humana,
un quicio
lógico y operativo (cf. Gál 5, 6).
Nosotros, que tenemos la suerte de profesarnos creyentes, debemos superar esos
estados de pensamiento que nacen de opiniones discutibles, de ideologías
construidas por la mentalidad humana o por intereses prácticos particulares,
para reconocer a la fe los derechos de la Palabra de Dios, aunque de momento nuestro
conocimiento de ella esté como reflejado en un espejo enigmático (cf. 1 Cor
13, 12); vendrá la revelación cara a cara, pero, mientras tanto, debemos ser
fieles, con valiente coherencia, a la norma de pensamiento y de acción que nos
trae la religión de Cristo, a través del Magisterio auténtico de la Iglesia,
Madre y Maestra.
No tengamos miedo. Esta sabiduría sobrenatural no disminuye la libertad y el
desarrollo que nos llega de la ciencia y de la experiencia de nuestro estudio
natural, sino que más bien lo sostiene y lo integra en el descubrimiento del
mudo lenguaje de la creación. Y recapitula en un superlativo diálogo de inteligencia y de amor la nueva Palabra que el Padre, mediante el Hijo,
en el
Espíritu Santo, se digna dirigir a nuestra humilde vida para asociarla a su plenitud.
No tengamos miedo a hacer del Credo, que nos ha sido
garantizado por la resurrección de Cristo, la fama de nuestra esperanza (cf.
Heb 11, 1). Hagamos todo lo posible por superar el fondo de duda, de escepticismo, de negación que se ha depositado en la
mentalidad de tantos hombres, que se dicen modernos, por el mero hecho de ser hijos del tiempo.
Tratemos más bien de ganar para nuestra paz y para nuestra misma
actividad temporal la fuerza luminosa de la Palabra de Cristo: "Conoceréis
la verdad, y la verdad os hará libres" (Jn 8, 32).
Hijos y hermanos, éstos son nuestros votos de Pascua: que con al
certeza de la fe podáis experimentar el gozo que nace de ella (cf. Flp 1,
23), de tal manera que podamos hacer nuestra la admirable plegaria de la Iglesia:
"Ibi nostra fixa sint corda ubi vera sunt gaudia, que nuestros corazones estén firmes en la verdadera alegría" (cf. Oración
colecta del XXI domingo del tiempo ordinario).
Sea ésta nuestra felicitación de Pascua, que ahora confirmamos con nuestra bendición apostólica.
A cuantos nos escuchan de lengua italiana:
Buona e Santa Pasqua.
De lengua francesa:
Saintes et joyeuses Fêtes de Páques!
De lengua inglesa:
A happy, blessed and peaceful Easter to you all.
De lengua alemana:
Gesegnete, frohe Ostern!
De lengua española:
¡Paz, felicidad y alegría en Cristo resucitado!
De lengua portuguesa:
Votos de santa e feliz Páscoa.
De lengua griega:
Cristós anésti!
De lengua árabe:
Al Massih Gam Haggan Gam!
De lengua lituana:
Linksmu, sventu, Velyku!
De lengua coreana:
Bu Hoa rur Gukha hanmida.
Para todos:
Surrexit Dominus vere, alleluia!