DISCURSO
DE SU SANTIDAD PABLO VI
A SUS MAJESTADES EL REY BALDUINO DE BÉLGICA
Y LA REINA FABIOLA*
Lunes
1 de julio 1963
Con profunda alegría recibimos hoy a Sus Majestades en Nuestra morada y Les
damos gracias personalmente por haber querido honrar con su presencia la
ceremonia de Nuestra coronación.
Desde hace mucho tiempo conocemos y amamos a su País. Lazos de deferente
admiración Nos unían a Su gran Cardenal Mercier, de venerada memoria, cuyo
recuerdo personal ocupaba un lugar de honor en Nuestra mesa de despacho durante
todo Nuestro servicio como Substituto de la Secretaría de Estado. Y también su
actual sucesor en la sede de Malinas goza, como Uds. saben, de todo Nuestro
afecto.
Bélgica evoca ante todo a Nuestro espíritu la imagen de un pueblo joven y
dinámico, rico en valores espirituales y fiel a la Iglesia; de un pueblo
generoso que no vacila en enviar a tierras lejanas a sus mejores hijos e hijas,
tan bien preparados por una sólida formación humana y cristiana, para anunciar
el Evangelio de Cristo; de un pueblo, en fin, heredero de una brillante
tradición en el campo de las ciencias eclesiásticas, tradición ésta en la que el
simple nombre de Lovaina es suficiente para revelar todo su prestigio cómo no
hacer especial mención del desarrollo que desde hace algunos decenios ha tenido
la enseñanza de las ciencias sociales en Bélgica, poniéndola, en cierto modo, a
la vanguardia de toda la cristiandad?
¿Dónde las directivas del Papa León XIII encontraron discípulos más
entusiastas y más fervorosos?
Bastaría esto para decir a Vuestras Majestades el lugar que vuestro noble
País ocupa en el corazón del nuevo Papa, el cual, siguiendo las huellas de sus
Predecesores, no tiene con respecto a Vuestras Majestades más que sentimientos
de benevolencia: es más, quisiéramos, decir que de gratitud por todo lo que a lo
largo de la Historia ha enriquecido el patrimonio intelectual, espiritual y
apostólico de la Iglesia.
SéaNos permitido añadir que a la estima por Bélgica se añade la
verdaderamente sincera que Nos anima con relación a sus Soberanos, cuyas altas
cualidades conocemos y apreciamos, así como sus sentimientos profundamente
cristianos.
Al dar gracias, a Vuestras Majestades por la amable visita, invocamos la
divina asistencia sobre sus Personas y sus nobles y difíciles funciones al
servicio de su País, y les impartimos, así, como a toda Bélgica, una
verdaderamente paternal Bendición Apostólica.
*ORe (Buenos Aires); año XIII, n°569, p.3.