 |
PEREGRINACIÓN DEL PAPA
PABLO VI A TIERRA SANTA
DISCURSO A LOS
FIELES DE RITO ORIENTAL
Iglesia de Santa Ana Sábado 4 de
enero de 1964
Hace casi tres cuartos de siglo que se realizó en
Jerusalén un Congreso Eucarístico, que señaló una fecha inolvidable para las
Iglesias en comunión con Roma. Que la situación desde entonces haya cambiado lo
demuestra nuestra presencia aquí, venerables Hermanos de las Iglesias de
Oriente, y lo demuestra con toda elocuencia.
Es grande Nuestra alegría al poderos encontrar. Sabéis
que hemos venido como peregrino, para seguir los pasos de
Cristo, en la «Santa y gloriosa Sión, madre de todas las Iglesias», para decirlo
con una expresión de la antigua liturgia jerosolimitana de Santiago. En efecto, el
lugar de la vida, pasión y resurrección de Nuestro Señor es el lugar de nacimiento de la Iglesia. Nadie puede olvidar que
Dios ha querido, en cuanto hombre, escoger para sí una patria, una familia y una lengua en este mundo y que esto se lo ha pedido al Oriente. Al
Oriente ha pedido sus Apóstoles: «Porque fue primero en Palestina donde
los apóstoles establecieron la fe e instalaron sus Iglesias. Luego,
partieron a través del mundo y anunciaron la misma doctrina y la misma
fe» (Tertuliano). Cada. nación recibía la buena semilla de su predicación
en la mentalidad y en la cultura propias. Cada Iglesia local crecía con su mentalidad particular, con sus costumbres propias, su manera personal de
celebrar los misterios, sin que ello perjudicase a la unidad de la fe y a la
comunión de todas en la caridad y en el respeto al orden establecido por
Jesucristo. Este es el origen de nuestra diversidad en la unidad, de nuestra
catolicidad, propiedad qua fue siempre esencial a la Iglesia de Cristo y de la
que el Espíritu Santo nos da una experiencia nueva en nuestra época y en el
Concilio.
Si la unidad no es católica sino respetando la
diversidad de cada uno, la diversidad tampoco es católica sino en la medida en
que mira a la unidad, que sirve a la caridad, que contribuye a la edificación
del pueblo santo de Dios. En nuestra alegría por encontrarnos aquí reunidos, en
este Oriente que es el vuestro, no podemos dejar de sentir viva y profundamente,
la exigencia del testimonio de la unidad, el gran signo dejado por Cristo para
la fe del mundo: «Que sean uno, para que el mundo crea».
Manifiéstese, pues, esta unidad nuestra entre
nosotros los católicos lo más posible, mediante una colaboración sin rivalidades
completamente al servicio de la Iglesia y únicamente deseosa del bien de los
fieles. Manifestemos también lo más posible la unidad que, aunque incompleta y
herida existe, con nuestros hermanos cristianos, vuestros hermanos de sangre y
de tradición. Como ya hemos tenido ocasión de decir, ¿no tenemos, efectivamente,
el mismo bautismo, la misma fe fundamental y el mismo sacerdocio, celebrando el
único sacrificio del único Señor de la Iglesia? No olvidemos, por fin, que
nuestro prójimo, el que debemos amar como a nosotros mismos, no es solamente
nuestro hermano cristiano.
Que el Señor nos de a todos vivir en la la caridad,
hacerla reinar en esta tierra donde el amor y la bondad de Dios se han
manifestado con la mayor prueba de amor: dar al vida por aquel a quien se ama.
|