|
DISCURSO DEL SANTO PADRE PABLO VI AL
NUEVO EMBAJADOR DE ESPAÑA*
Martés 12 de mayo de 1964 Señor
Embajador: Damos a Vuestra Excelencia la más cordial
bienvenida mientras agradecemos sinceramente las nobles expresiones con que ha
querido acompañar la presentación de la Cartas Credenciales, que le acreditan
como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de su país ante la Santa Sede. Trae
Vuestra Excelencia el prestigio de la toga, bien ganado en el asiduo ejercicio
de su profesión; le acompañan el lustre de una larga preparación intelectual
y práctica en asuntos internacionales, y la experiencia ya bien acreditata de
laboriosa actividad diplomática. La religiosidad acendrada que distingue a
Vuestra Excelencia pondrá seguramente una nota más de atracción a su estancia
cerca de la Sede de Pedro, en el centro mismo de la Iglesia. Llega
aquí Vuestra Excelencia en tiempo de Concilio: lo que quiere decir, en un
momento particularmente interesante de la historia de la Iglesia, que ve
reunirse en Roma a los Obispos del mundo entero —y
en esta ocasión deseamos destacar una vez más el alto sentido de preciosa
colaboración del Episcopado español—
para dar más hermosura, mayor validez, más profunda penetración en el mundo
moderno al anuncio del Evangelio. Vuestra Excelencia será
testigo de la atención con que la Sede Apostólica sigue, como buena madre, la
suerte de todos los pueblos, del esfuerzo con que persigue ideales de paz entre
ellos, del desinterés con que trata de inspirar los acontecimientos de la
historia en los principios de justicia y caridad del mensaje de Cristo. Los
deseos que animan a Vuestra Excelencia de estrechar más y más las relaciones
entre España y la Santa Sede encontrarán en Nos correspondencia pronta y
comprensiva. Una nación como España, con sus glorias pretéritas y también
presentes, con la fe católica compacta de su población, una nación, decimos,
con abundancia de vocaciones sacerdotales y religiosas, atareada en incrementar
y adornar de actualidad y eficiencia su rico patrimonio espiritual, una nación
así no puede menos de atraer la mirada vigilante y complacida del Vicario de
Cristo. Ni tampoco nos son indiferentes sus luchas y sus
realizaciones por un mayor bienestar: el tesón con que trata de afianzarse en
el rango que le corresponde en el concierto de las naciones; el empeño por
perfeccionar sus estructuras en los diversos sectores de la vida nacional unido
al propósito de favorecer su progreso social a la luz de las Encíclicas
Pontificias; todo cuanto, en una palabra, pueda contribuir a su grandeza y
prosperidad espiritual y aun material, es digno de elogio, merece aliento y es
acreedor a Nuestros votos y plegarias. Que el Omnipotente vele
sobre el queridísmo pueblo español y asista en sus tareas al Excelentísimo
Jefe del Estado y a su Gobierno. Que España siga siendo siempre fiel a su
vocación católica y a sus altos destinos. Y que la gestión diplomática ante
la Santa Sede que ahora empezáis, Señor Embajador, sea por Dios copiosamente
bendecida.
*AAS 56 (1964), p.447-448.
Insegnamenti di Paolo VI, vol. II, p.328-329.
|