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DISCURSO DEL PAPA PABLO VI A LOS JEFES, OFICIALES Y CADETES
DEL BUQUE-ESCUELA «INDEPENDENCIA» DEL PERÚ
Miércoles 10 de febrero de 1965
¡Señor Comandante, Señores Jefes, Oficiales y Cadetes
del Buque-Escuela «Independencia» del Perú!
La gratitud - no por obligada menos cordialmente sentida -
con que correspondemos a las nobles palabras que acabamos de oír, Nos vais a
permitir que añadamos algún pensamiento con que este vistoso y agradable
encuentro adquiera en lo posible forma de diálogo y de comunicación mutua. La
ciudadanía peruana, la carrera de marineros, la condición de católicos, de que
todos por igual os preciáis, darán el tema y marcarán ruta a la conversación.
Lleváis el nombre del Perú por doquier: País al que las altísimas cadenas de los
Andes dan fisonomía inconfundible. La tierra con sus bellezas, el acerbo
literario o artístico, el potencial económico, las leyes, el sacro peso de una
historia concreta, el presente con sus realidades y problemas, los programas y
metas del futuro: todo, en fin, cuanto se resume en la palabra «patria» lo
sentís con legítimo orgullo como propio, y también como algo cuyo servicio y
cuyo culto os impone una ley de continuidad y de progreso.
En las ciudades y en los mares pasead con honor el pabellón
que ostentáis; poned siempre muy en alto el nombre glorioso del Perú. Llevad a
vuestra Nación el testimonio de Nuestra estima y los votos fervientes que
formulamos por su creciente prosperidad y grandeza.
Os estáis adiestrando en el arte de la marinería. Ver
pueblos, conocer adelantos, adquirir una formación seria y completa en la
técnica de vuestra profesión, son ideales que impulsan vuestra actividad
juvenil. Sabéis bien que sin trabajo, sin sacrificio, sin entusiasmo nada grande
conseguiréis. Al forjar vuestra personalidad garantizáis el porvenir vuestro, de
vuestro hogar, de vuestra Patria. Asomándoos al inmenso océano cuando veáis
reflejada su majestad en la calma, escuchad la voz del Creador, elevad a El una
palabra de alabanza: «Alábenle los cielos y la tierra, los mares y cuanto en
ellos se mueve» (Ps. 68, 35); en la tempestad pensad en Aquel «que
conturba el mar y hace bramar sus olas» (Jer. 3, 35), en Cristo que, en
señal de dominio, una vez paseaba sobre el mar (Matth. 14, 25) otra lo
reducía a obediencia con su imperio (Matth. 8, 27).
Aquí en Roma, en el Vaticano especialmente, queremos que os
sintáis como en vuestra casa. La veneración de santas memorias haga más viva
vuestra fe cristiana y confirme la decisión de llevar una vida pura, fruto de
ideales altos y de renuncias, fuente asimismo de virilidad y hombría; de aplicar
el evangelio a cada situación, de dar a vuestro ambiente de hombres de mar la
expresión de una fe vivida en gracia, con alegría. La Religión, os diremos, no
borra ni aminora sino que prestigia y sublima el valor, la laboriosidad, la
lealtad, la disciplina, la cultura. Los Santos, gloria de vuestro País,
principalmente Santa Rosa, San Martín, Santo Toribio, os estimulen en vuestra
profesión de católicos a que os obliga vuestro bautismo.
Estos votos os expresamos mientras de todo corazón os damos a
vosotros, a vuestras familias, a vuestros pueblos y parroquias, al Perú entero,
la más amplia Bendición Apostólica.
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