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MENSAJE DEL SANTO PADRE PABLO VI
A LA NACIÓN DOMINICANA


Jueves 17 de junio de 1965

  

A los venerables Hermanos en el Episcopado, al Clero, a los Religiosos, a las Religiosas y a todo el pueblo de la dilecta Nación Dominicana.

Con ánimo confiado encomendamos este paternal Mensaje a Nuestro Representante ante Vosotros, el Nuncio Monseñor Manuel Clarizio, quien regresa a vuestro amado País. Hemos recogido de sus propios labios, vuestras ansias, vuestras preocupaciones y vuestros temores por el porvenir, que se presenta aún incierto y sembrado de dificultades. Os decimos, con ánimo sincero, que hemos hecho Nuestro este doloroso estado de incertidumbres, que estamos muy cerca de vosotros, con Nuestro corazón de Padre de todos; y desearíamos que, en Nuestras palabras, descubrierais motivos de renovada esperanza y de firme confianza, para recorrer unidos el camino que os separa todavía de la completa pacificación interna.

Por tanto, os dirigimos, en el nombre de Dios, una viva y apremiante exhortación para que la lucha, que hace a unos enemigos de los otros, tenga no solamente tregua, sino perdurable fin. Sois hermanos, sois ciudadanos de un mismo País, sois una Nación, que únicamente en la concordia y en la paz puede encontrar su honra, su libertad y su prosperidad. Que se apague el odio fratricida y cese el uso de las armas entre los hijos de una misma tierra; que nadie ose ya derramar la sangre de sus conciudadanos.

Volved a vuestro pacífico trabajo para la reconstrucción del País y la recta aplicación de aquellas sanas reformas sociales, anheladas y prometidas por todos y cuya urgente necesidad es unánimemente reconocida, pero que, hasta ahora, tal vez no ha sido posible llevar a la práctica, porque le han faltado los requisitos indispensables, que son la tranquilidad y la continuidad de la administración pública.

Estad seguros de que la Iglesia ansía ofrecer espontáneamente, y sin otras miras humanas, su generosa colaboración y su asistencia. Ella se hace abanderada de la justicia social; desea y promueve el verdadero progreso social; anhela que todos los ciudadanos, sin distinción alguna, puedan vivir dignamente, como corresponde a seres humanos: disponiendo del alimento suficiente, de una habitación adecuada para la familia, de un trabajo justamente remunerado que asegure el sostenimiento de los hijos, de una educación para todos, de acuerdo con un ordenado sistema de instituciones libres para la formación de la juventud.

La Iglesia, que se halla presente en medio de vosotros, con sus Venerados Pastores, vuestros Obispos, y con sus celosos sacerdotes, desea y quiere vivir y actuar entre Vosotros para prestar su ayuda al pueblo, con todos los medios que tiene a su disposición, Ella ama dar, más bien que recibir; antes que solicitar contribuciones, prefiere aceptar las que se le ofrecen espontaneamente, porque sabe que puede contar con la generosidad y comprensión de sus hijos, para el sostenimiento y desarrollo de sus obras, ordenadas exclusivamente al bien de todo el pueblo y de la entera Nación Dominicana.

Bien sabéis que ayudando a los hermanos necesitados (cfr. Iac. 1, 27), tributáis también culto al Señor. Es para Nosotros motivo de grande alegría el saber que el Episcopado, el Clero, el Laicado perteneciente a la Acción Católica y a los Cursillos de Cristiandad, están estudiando la manera de contribuir a la solución de la presente crisis. Y tenemos conocimiento de que, en los últimos años, habéis dado vida a beneméritas actividades, sociales, inspiradas en la Doctrina Social de la Iglesia, proclamada por Nuestros Predecesores en el Pontificado Romano. Bendecimos, asimismo, de corazón, los estudios que con verdadero esfuerzo y probada seriedad se realizan, con idéntico fin, en la nueva Universidad Católica de Santiago de los Caballeros, de grandes esperanzas, y surgida, en prenda de feliz presagio, bajo el título mismo de la fundamental Encíclica «Mater et Magistra», del Sumo Pontífice Juan XXIII, de venerada memoria.

Tened la certeza - e infundidla a quienes lo duden - de que la Iglesia, depositaria de un mensaje divino de salvación para todos, el mensaje que le confió Cristo Señor, desea ofrecer sus servicios con viva comprensión de vuestras condiciones ambientales, de vuestros problemas, para indicaros la vía segura que ha de seguirse para encontrar la pacífica solución en Cristo: «Camino, Verdad y Vida» (Io 14, 6), apartándoos de engañosas ilusiones con las que doctrinas falsas y destructoras del recto vivir humano y social, podrían deslumbraros.

Tened siempre viva en vuestra mente la imagen luminosa de vuestros Próceres: en su nombre y con la ayuda y la bendición de Dios, retornad al coloquio fraternal, derribad los obstáculos que os dividen, regresad al sereno trabajo en los campos y en la industria: en la convicción de que aseguraréis así el bienestar a vuestra amada Patria.

El Señor Cardenal Legado, los demás Eminentísimos Purpurados, los Excmos. Señores Obispos y los Teólogos todos que, procedentes de las más diversas partes del mundo, se reunieron en Santo Domingo, en el mes de Marzo pasado, para celebrar los Congresos Mariológico y Mariano, Nos han hecho llegar confortantes noticias acerca de vuestra bondad de ánimo y de vuestro sincero espíritu cristiano, amados hijos Dominicanos. Confiamos - más aún desearíamos decir que estamos seguros - en que daréis prueba de profunda disciplina, de verdadero patriotismo, consagrándoos todos a un esfuerzo de pacífica reorganización de la Nación. Pero recordad que esto será posible solamente con la participación concorde y unánime de todos, en perfecta unión de las voluntades de los ciudadanos con las de los sacerdotes. y de las de éstos con las de sus Pastores, colocados por Dios para gobernar a la Iglesia (cfr. Act. 20, 28).

Son estos los votos que trepidantes depositamos sobre el altar, en la celebración de la festividad del Corpus Domini, la fiesta de la Eucaristía, misterio de caridad en la unidad del pueblo de Dios al rededor de Cristo y en Cristo: «El pan es uno y siendo muchos formamos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan» (1 Cor. 10, 17).

Que Nuestra paternal Bendición Apostólica sea para todos, por intercesión de Nuestra Señora de Altagracia, prenda y presagio de serenidad y de paz.

          

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