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DISCURSO DE SU SANTIDAD
PABLO VI
AL EMBAJADOR DE SIRIA ANTE LA SANTA SEDE*
Lunes 30 de agosto de 1965
Señor Embajador:
Recibimos con el mayor placer a Vuestra Excelencia en nuestra residencia de
verano y le quedamos agradecido por la molestia del largo camino que lo ha
traído hasta Castel Gandolfo.
Nos es grato ver en vuestra presencia aquí, la expresión de la voluntad de un
Gobierno que desea reconocer los valores espirituales que, con su gran variedad,
constituyen la riqueza principal de una nación.
Recibimos a Vuestra Excelencia como al enviado de un prestigioso País,
heredero de una antigua civilización a la que las vicisitudes de la Historia y
la Providencia divina unieron estrechamente los primeros pasos del Cristianismo.
No podemos echar en olvido de manera especial que el Apóstol San Pablo, bajo
cuya protección hemos colocado nuestro Pontificado, encontró al Señor en el
camino de Damasco, que en esta ciudad recibió el bautismo y que su recuerdo vive
palpitante en vuestra Capital.
Séanos permitido, además, subrayar el hecho de que la elección de vuestra
persona, señor Embajador, viene a confirmar nuestra convicción de que los
miembros de las comunidades cristianas –especialmente nuestros hijos los
católicos–, si bien son una minoría en su País, se cuentan entre los ciudadanos
mejores y más deseosos de la prosperidad de Siria.
¿Cómo no expresaros, Señor Embajador, al final de esta nuestra entrevista, la
profunda estima que sentimos hacia vuestra Nación y el afecto que le profesamos.
Estos sentimientos son los que nos inspiran los votos más ardientes en favor de
un desempeño lleno de acierto de vuestra misión ante Nos. Por que, en efecto,
nuestro más vivo deseo es que las relaciones entre la República Árabe de Siria y
la Santa Sede se conserven siempre cordiales y normales. Os prometemos que por
nuestra parte no dejaremos de contribuir a ello con el mayor empeño, mientras
invocamos sobre el pueblo de Siria la abundancia de las divinas bendiciones.
*ORe (Buenos Aires), año XV, n°675 p.3.
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