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CLAUSURA DEL CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO
II
PABLO VI
MENSAJE A
LOS MUJERES
Y ahora es a vosotras a las que nos dirigimos, mujeres de todas
las condiciones, hijas, esposas, madres y viudas; a vosotras también, vírgenes
consagradas y mujeres solas. Sois la mitad de la inmensa familia humana.
La Iglesia está orgullosa, vosotras lo sabéis, de haber elevado y
liberado a la mujer, de haber hecho resplandecer, en el curso de los siglos,
dentro de la diversidad de los caracteres, su innata igualdad con el hombre.
Pero llega la hora, ha llegado la hora en que la vocación de la
mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una
influencia, un peso, un poder jamás alcanzado hasta ahora.
Por eso, en este momento en que la humanidad conoce una mutación
tan profunda, las mujeres llenas del espíritu del Evangelio pueden ayudar tanto
a que la humanidad no decaiga.
Vosotras, las mujeres, tenéis siempre como misión la guarda del
hogar, el amor a las fuentes de la vida, el sentido de la cuna. Estáis presentes
en el misterio de la vida que comienza. Consoláis en la partida de la muerte.
Nuestra técnica corre el riesgo de convertirse en inhumana. Reconciliad a los
hombres con la vida. Y, sobre todo, velad, os lo suplicamos, por el porvenir de
nuestra especie. Detened la mano del hombre que en un momento de locura
intentase destruir la civilización humana.
Esposas, madres de familia, primeras educadores del género
humano en el secreto de los hogares, transmitid a vuestros hijos y a vuestras
hijas las tradiciones de vuestros padres, al mismo tiempo que los preparáis para
el porvenir insondable. Acordaos siempre de que una madre pertenece, por sus
hijos, a ese porvenir que ella no verá probablemente.
Y vosotras también, mujeres solitarias, sabed que podéis cumplir
toda vuestra vocación de entrega. La sociedad os llama por todas partes. Y las
mismas familias no pueden vivir sin la ayuda de aquellas que no tienen familia.
Vosotras, sobre todo, vírgenes consagradas, en un mundo donde el
egoísmo y la búsqueda de placeres quisieran hacer la ley, sed guardianes de la
pureza, del desinterés, de la piedad. Jesús, que dio al amor conyugal toda su
plenitud, exaltó también el renunciamiento a ese amor humano cuando se hace por el
Amor infinito y por el
servicio a todos.
Mujeres que sufrís, en fin, que os mantenéis firmes bajo la cruz
a imagen de María; vosotras, que tan a menudo, en el curso de la historia,
habéis dado a los hombres la fuerza para luchar hasta el fin, para dar
testimonio hasta el martirio, ayudadlos una vez más a conservar la audacia de las
grandes empresas, al mismo tiempo que la paciencia y el sentido de los comienzos
humildes.
Mujeres, vosotras, que sabéis hacer la verdad dulce, tierna,
accesible, dedicaos a hacer penetrar el espíritu de este Concilio en las
instituciones, las escuelas, los hogares, y en la vida de cada día.
Mujeres del universo todo, cristianas o no creyentes, a
quienes os está confiada la vida en este momento tan grave de la
historia, a vosotras toca salvar la paz del mundo.
8 de diciembre de 1965
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