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CLAUSURA DEL CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II
PABLO VI
MENSAJE A LOS PADRES
CONCILIARES
Miércoles 8 de diciembre de 1965
Venerables hermanos:
La hora de la partida y de la dispersión ha sonado. Ahora debéis
abandonar la asamblea conciliar para ir al encuentro de la humanidad a difundir
la buena nueva del Evangelio de Cristo y de la renovación de su Iglesia, por la
que nosotros hemos trabajado juntos desde hacía cuatro años.
Momento único éste, de una significación y de una riqueza
incomparables. En esta asamblea universal, en este momento privilegiado en el
tiempo y en el espacio, convergen a la vez el pasado, el presente y el porvenir.
El pasado, porque está aquí reunida la Iglesia de Cristo, con su tradición, su
historia, sus concilios, sus doctores, sus santos. El presente, porque
abandonamos Roma para ir al mundo de hoy, con sus miserias, sus dolores, sus
pecados, pero también con los prodigios conseguidos, sus valores, sus virtudes.
El porvenir está allí, en fin, en el llamamiento imperioso de los pueblos para
una mayor justicia, en su voluntad de paz, en sus sed, consciente o
inconsciente, de una vida más elevada; esto es precisamente lo que la Iglesia de
Cristo puede y debe dar a los pueblos.
Nos parece escuchar por todo el mundo un inmenso y confuso
clamor, la pregunta de todos los que miran al Concilio y nos preguntan con
ansiedad: «¿No tenéis una palabra que decirnos... a nosotros los gobernantes, a
nosotros los intelectuales, los trabajadores, los artistas; a nosotras las
mujeres, a nosotros los jóvenes, a nosotros los enfermos y los pobres?».
Estas voces implorantes no quedarán sin respuesta. para todas
las categorías humanas ha trabajado el Concilio durante estos cuatro años. para
todas ellas ha elaborado esta constitución de la Iglesia en el mundo de hoy que
Nos hemos promulgado ayer en medio de los entusiastas aplausos de la asamblea.
De nuestra larga meditación sobre Cristo y su Iglesia debe
brotar en este instante una primera palabra anunciadora de paz y de salvación
para las multitudes que esperan. El Concilio, antes de terminarse, debe llevar a
cabo una función profética y traducir en breves mensajes y en un idioma más
fácilmente accesible a todos la "buena nueva" que ha elaborado para el mundo y
que algunos de sus más autorizados intérpretes van a dirigir de ahora en
adelante, en vuestro nombre, a la humanidad entera.
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