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PEREGRINACIÓN APOSTÓLICA A BOGOTÁ

DISCURSO DEL SANTO PADRE PABLO VI
A LAS NUEVAS FAMILIAS CRISTIANAS

Sábado 24 de agosto de 1968

 

Amadísimos:

Gracias por vuestro ferviente homenaje. Lo aceptamos para ofrecerlo, en este sábado marianamente consagrado, a la que es «Madre de Dios Hijo y, por eso, Hija Predilecta del Padre y Sagrario del Espíritu Santo» (Concilio Vaticano II. Constitución Dogmática sobre la Iglesia, n. 53).

En estos días, cuando la Iglesia converge a Bogotá para adorar el fruto de las entrañas de la Virgen María, que real y substancialmente se contiene, se ofrece y se da en alimento bajo las especies sacramentales, queremos también honrar a esa criatura, singular y santísima, que con íntimo gozo proclamamos Madre de la Iglesia; e invitaros a mantener e intensificar vuestra devoción hacia Ella, en conformidad con las nítidas orientaciones del Concilio que quiso colocarla come en el vértice de la Constitución Dogmática sobre la Iglesia.

Es Ella modelo de tantas virtudes necesarias para superar cristianamente los peligros de la vida. Es modelo de oración humilde, de fe en la Providencia, de sacrificio constante, de obediencia sumisa, de caridad ardiente: actitudes que deben imitarse para garantizar una existencia, individual y familiar, serena y feliz.

Que su figura luminosa siga proyectando como lo hace desde sus Santuarios de Chinquinquirá y de Las Lajas destellos de confianza y de amor en todos, sobremanera en vosotros, unidos hoy con el sacramento del matrimonio a los que va Nuestra enhorabuena con los mejores votos de creciente prosperidad.

¿Recordáis aquella página evangélica, cuando el Señor obra en Caná en un banquete de bodas, su primer milagro a instancias de su Madre? Esa narración refleja la sensibilidad y comprensión de la Virgen ante las dificultades humanas y la voluntad de Jesús de escuchar la súplica de María.

Pues bien, Ella «asunta a los Cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna» (Ib. n. 62) y «precede en la tierra con su luz al peregrinante Pueblo de Dios, como signo de esperanza cierta y de consuelo hasta que llegue el día del Señor» (Ib. n. 68).

Sigámosla. Es el cauce por donde Jesús llegó y que nos atrae y lleva hasta Dios. Que en este caminar os aliente y acompañe Nuestra Bendición Apostólica.

 

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