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RADIOMENSAJE DEL SANTO PADRE PABLO VI
AL PUEBLO DE MÉXICO CON MOTIVO DEL
SETENTA Y CINCO ANIVERSARIO DE LA
CORONACIÓN DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE
Lunes 12 de octubre de 1970
Venerables Hermanos y amadísimos hijos de México:
En el setenta y cinco aniversario de la Coronación de Nuestra Señora de
Guadalupe deseamos unir nuestra voz a ese himno filial que el Pueblo Mexicano
eleva hoy a la Madre de Dios.
La devoción a la Virgen Santísima de Guadalupe, tan profundamente enraizada en
el alma de cada mexicano y tan íntimamente unida a más de cuatro siglos de
vuestra historia patria, sigue conservando entre vosotros su vitalidad y su
valor, y debe ser para todos una constante y particular exigencia de auténtica
renovación cristiana.
En fecha tan señalada, la corona que la Madre de Dios espera de todos los
mexicanos no es tanto una corona material, sino una preciosa corona espiritual,
formada por un profundo amor a Cristo, y al mismo tiempo por un sincero amor a
todos los hombres: los dos mandamientos que resumen el mensaje evangélico.
Es la misma Virgen Santísima, la que con su ejemplo nos guía en estos dos
caminos. En primer lugar nos pide que hagamos de Cristo el centro y la cumbre de
toda nuestra vida cristiana. Ella misma, la «llena de gracia», la «bendita entre
las mujeres», consciente de su pequeñez ante el Salvador del mundo, ante Dios
hecho Hombre, se oculta y se oscurece, con esa suprema humildad que la hizo
agradable a los ojos del Altísimo, para que la suprema figura de su Hijo
aparezca a los hombres con todo su inigualable fulgor. Por eso la misma devoción
mariana alcanza su plenitud y su expresión más exacta cuando es un camino hacia
el Señor, y dirige hacia El el amor más grande, como Ella supo hacerlo
entrelazando en un mismo impulso la ternura de Madre y la piedad de criatura.
Pero además, y precisamente porque amaba tan entrañablemente a Cristo, nuestra
Madre cumplió cabalmente ese segundo mandamiento que debe ser la norma de todas
las relaciones humanas: el amor al prójimo. ¡Qué bella y delicada intervención
de María en las bodas de Caná, cuando mueve a su Hijo a realizar el primer
milagro de convertir el agua en vino, solo para ayudar a aquellos jóvenes
esposos! Es todo un signo del constante amor de la Virgen Santísima por la
humanidad necesitada, y debe ser un ejemplo para todos los que quieren
considerarse verdaderamente hijos suyos.
Por eso, amadísimos mexicanos, queremos hoy hacernos eco ante vosotros de tantas
tristezas y ansias que agobian al mundo, las cuales no nos pueden dejar
indiferentes si queremos de verdad ser fieles al mensaje evangélico. Un
cristiano no puede sentirse tranquilo mientras haya un hombre que sufre, que es
tratado injustamente, que no tiene lo necesario para vivir. Un cristiano no
puede menos de demostrar su solidaridad y dar lo mejor de sí mismo, para
solucionar la situación de aquellos a quienes aún no ha llegado el pan de la
cultura o la oportunidad de un trabajo honorable y justamente remunerado; no
puede quedar insensible mientras las nuevas generaciones no encuentren el cauce
para hacer realidad sus legítimas aspiraciones, y mientras una parte de la
humanidad siga estando marginada a las ventajas de la civilización y del
progreso.
Por ese motivo, en esta fiesta tan señalada os exhortamos de corazón a dar a
vuestra vida cristiana un marcado sentido social, como pide el Concilio, que os
haga estar siempre en primera línea en todos los esfuerzos para el progreso y en
todas las iniciativas para mejorar la situación de los que sufren necesidad.
Ved en cada hombre un hermano, y en cada hermano a Cristo, de manera que el amor
a Dios y a los hombres se unan en un mismo amor, vivo y operante, que es lo
único que puede redimir las miserias del mundo renovándolo en su raíz más honda:
el corazón del hombre.
El que tiene mucho, que sea consciente de su obligación de servir y de
contribuir con generosidad para el bien de todos. El que tiene poco o no tiene
nada, que mediante la ayuda de una sociedad justa se esfuerce en superarse y en
elevarse a sí mismo, y aun en cooperar al progreso de los que sufren su misma
situación. Y todos sentid el deber de uniros fraternalmente para ayudar a forjar
ese mundo nuevo que la humanidad anhela.
Esta es la corona que hoy os pide la Virgen de Guadalupe, ésta la fidelidad al
Evangelio de la que Ella supo ser el ejemplo eminente.
De esta manera los sentimientos cristianos, gloria y distintivo de vuestro
Pueblo, serán cada día más un impulso de elevación espiritual y un factor
decisivo de promoción humana en todos los campos, de manera que cada individuo y
cada grupo social pueda realizar plenamente su misión en el mundo.
A todos, pero de un modo especial a vosotros, amadísimos jóvenes mexicanos, os
invitamos a meditar en la validez del Mensaje de Cristo en el momento actual, y
os pedimos que pongáis al servicio de estos altos ideales todo vuestro generoso
entusiasmo y vuestras esperanzadoras energías.
Sobre vosotros, venerables Hermanos y queridísimos hijos, imploramos confiado la
maternal benevolencia de la Madre de Dios y Madre de la Iglesia, para que siga
protegiendo a vuestro País y lo dirija cada vez más por los caminos del progreso
cristiano, del amor fraterno y de la pacífica convivencia.
En prueba de nuestro paternal afecto y en prenda de escogidas gracias
celestiales, os impartimos de corazón una especial Bendición Apostólica.
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