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DISCURSO DEL SANTO PADRE PABLO VI
A LOS PARTICIPANTES EN LA SEXTA SESIÓN
DEL CONSEJO GENERAL DE LA
PONTIFICIA COMISIÓN PARA AMÉRICA LATINA

Lunes 27 de septiembre de 1971

 

Venerables hermanos y amadísimos hijos:

Vuestra cordial visita, como participantes a la Sexta Sesión del Consejo General de la Pontificia Comisión para América Latina, nos ofrece la oportunidad de manifestaros Nuestra sincera benevolencia para vuestras personas y Nuestro vivo interés para vuestros importantes trabajos.

El tema de la Sesión -la asistencia a los estudiantes latinoamericanos en el extranjero- plantea graves problemas pastorales no sólo de tipo organizativo sino también de fondo, para cuya solución confiamos vivamente en vuestras aportaciones, tanto durante la presente reunión como, después, cuando se trate de poner en práctica las conclusiones.

Miles de estudiantes latinoamericanos esperan de la Iglesia respuestas valientes y auténticas a la delicada problemática que plantea a muchos de ellos el ir a estudiar al extranjero, como bien lo demuestran la práctica y las encuestas realizadas. Separados de su familia, de su ambiente y de su medio cultural se vienen a encontrar en medio de un mundo desconocido, con frecuencia indiferente, y a veces casi hostil. Instalándose generalmente en las grandes ciudades, bien podemos aplicarles lo que decíamos en nuestra reciente Carta Octogesima adveniens: «El hombre prueba una nueva soledad . . . en medio de una muchedumbre anónima que le rodea y donde él se siente como extraño» (N. 10).

Los estudios en otro País deberían significar un encuentro y un enriquecimiento espiritual, humano e intelectual, pero se corre el peligro de que se conviertan con demasiada frecuencia en ocasión de desorientación y de frustración, que les aleja a la vez de la vida de las Naciones de origen: de esta manera, unos jóvenes prometedores, que tendrían la oportunidad de formarse convenientemente para ser ciudadanos activos en el mejoramiento de su propia nación, y a la vez ciudadanos del mundo en la común tarea de elevación espiritual y de progreso, corren el peligro de convertirse en extranjeros de todos los pueblos y aun en extranjeros de sí mismos, de su pasado, de su ser íntimo.

En el contexto de esta problemática, no puede menos de quedar seriamente afectada su vida de fe. No se trata sólo del choque que puedan producirles, en mayor o menor grado, las diversas formas religiosas de los Países que les hospedan, se trata de un problema más profundo que afecta a toda su personalidad, al conjunto de sus perspectivas humanas, entre las cuales la religiosa ocupa el lugar preeminente, dando a todo el hombre la razón íntima y total de su ser.

Es por eso que resulta más urgente una respuesta cristiana buscada con valentía y trasmitida con entusiasmo fraternal, porque de ella, de su valor orientador en todas las direcciones vitales, dependerá en gran parte el que los estudiantes estén internamente capacitados para ir dando ellos mismos otras respuestas concretas a sus diversos problemas. Necesitan que la Palabra liberadora e iluminadora de Cristo llegue a ellos según las exigencias específicas de su situación. Palabra de vida que abre horizontes, ilumina las diversas dimensiones del hombre, da un sentido a su ser y a su vivir, predispone para aproximar lejanías tanto geográficas como culturales o de mentalidad, ofrece un vértice de visión para abarcar la historia de los individuos y de las naciones.

La vivencia del mensaje evangélico por otra parte, no puede menos de mantener concreta en el alma de los jóvenes estudiantes la realidad de sus respectivos Países, de ser lazo de unión con la juventud y las Iglesias de los Pueblos que los reciben, de darles una apertura espiritual y humana y un sentido, a la vez, de comprensión y de crítica ante las culturas y los ambientes nuevos con que toman contacto. La Iglesia ha de estar con ellos en sus dificultades, solidarizarse con su suerte, animarlos en sus esfuerzos, alimentar sus esperanzas, ayudarles a levantar sus ojos hacia Aquel, que es Padre de todos los hombres y de todas las Naciones, que es la Verdad a que se han de referir todas las culturas: presentar adecuadamente la figura de Cristo, hecho hombre para salvar a los hombres, hacerle presente entre ellos, este es el más grande servicio que la Iglesia puede prestar a quienes se están preparando para poder desarrollar una importante misión en medio de sus pueblos.

Como veis, no tratamos ahora de sugeriros soluciones pastorales concretas u otras formas de servicio para la asistencia a los estudiantes latinoamericanos en el extranjero, las cuales, por otra parte, serán diversas según las diversas circunstancias. Nuestra palabra quiere ser sobre todo de afecto, de esperanza y de aliento para cuantos estáis más directamente en contacto con estos problemas y os afanáis por su adecuada solución.

Confiamos en vuestros trabajos de estudio y coordinación: confiamos en la acción conjunta y fraternal de los Obispos latinoamericanos con los Europeos, los de Canadá y Estados Unidos de Norteamérica; confiamos paternalmente en quienes inmediatamente desarrollan su actividad entre los estudiantes; y tenemos también una sincera confianza en los estudiantes mismos, cuyas legítimas aspiraciones y entusiasmo juvenil no pueden quedar defraudados, y de los cuales estamos seguro de que seguirán surgiendo generosos apóstoles entre sus hermanos.

A todos formulamos nuestros mejores votos, por todos elevamos plegarias al Señor, y por vuestro medio les impartimos de corazón una especial Bendición Apostólica.

 

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