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DISCURSO DEL SANTO PADRE PABLO VI
AL PRESIDENTE DE MÉXICO*

Sábado 9 de febrero de 1974

 

Señor Presidente:

Es para nos motivo de particular complacencia dar hoy la bienvenida, en la persona de Vuestra Excelencia, al Presidente de una grande y noble Nación: México. Y no creemos salirnos del marco en que se está desarrollando este encuentro, al decir que nuestro saludo se ensancha para abarcar a todos los mexicanos, los cuales percibirán sin duda el profundo significado de estos momentos, memorables por tantos conceptos.

Queremos dejar constancia de nuestra estima y admiración por un País, noble y generoso como el suyo, de cuyos hijos tenemos continuas pruebas de afecto y devoción hacia esta Sede Apostólica.

Son precisamente ellos los que acudiendo numerosos aquí, nos han ofrecido testimonios, con sus expresiones, rasgos y propósitos, de las acendradas virtudes cívicas y morales, que hacen del pueblo mexicano una sociedad unida, trabajadora, cada día más floreciente, cuyos miembros advierten la responsabilidad de intensificar un clima de constante superación, dentro del cual cada uno se encuentre estimulado a desarrollar integralmente sus aptitudes personales y a realizar convenientemente sus íntimas aspiraciones.

En conformidad con las directrices del Vaticano II, con una sensibilidad siempre creciente hacia las sanas y legítimas esperanzas de los hombres, y con la comprensión propia de quien es «Madre y Maestra», la Iglesia no dejará de colaborar con entusiasmo en todo aquello que sirva en el mundo a la causa de la justicia, de la promoción cultural, del verdadero progreso, del bien común y de la paz; poniendo particular cuidado en el apoyo a los pobres, a los sectores marginados, quienes necesitan más ayuda porque poseen menos o carecen de todo. Tal actitud es exigencia y a la vez prueba del respeto profundo que merece la dignidad del hombre, de todo hombre.

La Iglesia sigue con vivo interés todas aquellas iniciativas de carácter cívico y social, promovidas en México y encaminadas hacia el auténtico desarrollo que está en la mente y en las justas aspiraciones de todos sus ciudadanos, y a garantizar al País el puesto destacado que ya ocupa y que le corresponde en el concierto de las Naciones. En ese laudable esfuerzo de elevación integral, la Iglesia, fiel a su propia identidad y tradición, lealmente ha puesto y pondrá a disposición del bien de todos, sin afanes de competencias ni exclusivismos, las aportaciones de su humilde ministerio.

Conocemos bien y apreciamos, Señor Presidente, la dedicación que -interpretando el sentir del pueblo mexicano, tan rico de virtudes- presta a la causa de la Paz, a la convivencia armoniosa entre las Naciones, al sereno y fecundo desarrollo de los pueblos, basado en el mutuo respeto de derechos y deberes: tema este que, como bien sabemos, Vuestra Excelencia ha promovido con tanto empeño personal y tanta autoridad. Estos sentimientos y objetivos, que persiguen tantos hombres de buena voluntad y que Nos mismo hemos venido proclamando en el ejercicio de nuestro Pontificado, encontrarán siempre eco pronto y abierto en nuestro ánimo, en consonancia con la profunda y constante preocupación que atestiguan los documentos e iniciativas de esta Sede Apostólica.

Al reiterarle, Señor Presidente, nuestra gratitud por su deferente visita, formulamos nuestros votos para su persona y su alta misión al frente de la gran Nación mexicana, a cuyos queridísimos hijos deseamos días de paz y prosperidad continuas y las mejores bendiciones divinas.

(Posteriormente el Santo Padre va a la sala del Consistorio, donde le esperan el Presidente Echeverría y un grupo de personalidades mexicanas. Pablo VI les dirige las siguientes palabras de bienvenida).

Distinguidos Señores,

En el marco de la deferente visita del Excelentísimo Señor Presidente de México, extendemos gustosamente a Ustedes, que componen su cualificado séquito, nuestra cordial bienvenida. Este encuentro nos ofrece una nueva oportunidad de manifestar públicamente nuestro profundo aprecio por vuestro País, por vuestra cultura evocadora de siglos, por vuestros valores presentes y por vuestro futuro rico de esperanzas, que ansiamos ver cada día más cuajadas en realidades dignas de las aspiraciones de vuestro pueblo.

El Papa quiere aseguraros en esta ocasión que México, a pesar de su lejanía geográfica, se hace constantemente cercano e íntimo en su pensamiento, en su afecto, en su solicitud pastoral por toda la Iglesia. Y aquí, queremos también expresar nuestro reconocimiento a la Iglesia en México, de la que conocemos bien el afán perenne por ofrecer las mejores aportaciones de que es capaz en pro de su pueblo, cuyas aspiraciones de elevación material, cultural y espiritual sigue con ánimo generoso y desinteresado dentro de su misión peculiar.

Al volver a vuestro País, el Papa os ruega que llevéis a vuestras familias, y a todo el querido pueblo mexicano los mejores votos de paz, de bienestar, de crecientes realizaciones espirituales y materiales, en prenda de las cuales invocamos la divina asistencia.


*AAS 66 (1974), p.198-200.

Insegnamenti di Paolo VI, vol. XII, p.165-166.

L’Attività della Santa Sede 1974, p.51-52.

L'Osservatore Romano, 10.2.1974, p.1.

L'Osservatore Romano, edición en lengua española, n.7, p.11.

 

 

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