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DISCURSO DEL PAPA PABLO VI
AL NUEVO EMBAJADOR DE ESPAÑA
ANTE LA SANTA SEDE*
Viernes 15 de febrero de 1974
Señor Embajador:
Hemos escuchado con atención las deferentes expresiones que Vuestra
Excelencia acaba de pronunciar en el momento de presentarnos las Cartas que lo
acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de España cerca de la
Santa Sede. Reciba ante todo, Señor Embajador, nuestra bienvenida cordial, unida
a nuestros mejores votos para el desempeño de la alta y delicada misión que hoy
asume.
Esta ocasión solemne asocia a nuestra mente momentos similares, vividos no
hace mucho, cuando tuvimos el honor de recibir al llorado e ilustre predecesor
de Vuestra Excelencia, Don Juan Pablo de Lojendio, al cual deseamos tributar hoy
el testimonio de nuestro recuerdo, que trasciende el tiempo para llegar, en alas
de la fe, a la paz del más allá.
Su presencia y sus palabras, Señor Embajador, nos hacen
particularmente
cercana una noble Nación, España, cuyos hijos nos dan pruebas incesantes de
devoción y afecto, como hemos podido comprobar una vez más recientemente con
motivo de la canonización de Santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars.
Vuestra Excelencia ha hecho alusión a iniciativas de carácter social
emprendidas en su País. Queremos ver en ello la firme voluntad de un pueblo que
se esfuerza por conseguir cada día más el desarrollo al que lo llaman su
presente y su pasado, promoviendo para ello simultánea y principalmente aquellos
valores espirituales y morales, que han sido base de su historia, y sin olvidar
–como Vuestra Excelencia acaba justamente de insinuar- que el objetivo final es
el hombre y no la mera riqueza material.
Deseamos asegurarle, Señor Embajador, que en todo aquello que sirva a la
promoción integral del hombre en la verdad, en la justicia y en la concordia, la
Iglesia -de acuerdo con su concepción del valor trascendente de la persona
humana y con la preocupación que siempre ha nutrido por el respeto debido a los
derechos inalienables de la misma- no dejará de ofrecer su desinteresada
aportación al afianzamiento de una sociedad ordenada, en la que siempre se
conjuguen armónicamente la dimensión espiritual del individuo y el bienestar de
todos los miembros de la comunidad.
La Iglesia mira siempre a valorar y enriquecer la vida individual, familiar y
cívico-profesional en la sociedad, dentro del campo y del cometido que le son
propios, y que primordialmente tienden a mantener y fomentar la concepción
cristiana de la existencia humana.
Al expresarle, Señor Embajador, nuestra benevolencia, le rogamos trasmita
nuestro deferente saludo al Jefe del Estado, mientras invocamos sobre las Altas
Autoridades de la Nación, sobre Vuestra Excelencia y todos los amadísimos hijos
españoles las mejores bendiciones divinas.
*AAS 66 (1974), p.200-201. Insegnamenti di Paolo VI, vol. XII,
p.177-178. L’Attività della Santa Sede 1974, p.58-59.
L'Osservatore Romano,
16.2.1974, p.1. ORe n.7 p.4.
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