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DISCURSO DEL PAPA PABLO VI
AL NUEVO EMBAJADOR DE CUBA
ANTE LA SANTA SEDE*

Jueves 25 de marzo de 1976

 

Señor Embajador,

Al presentar las Cartas que lo acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Cuba ante la Santa Sede, damos a Vuestra Excelencia nuestra cordial bienvenida. Ya desde ahora queremos asegurarle que, al igual que su antecesor, el Doctor Luis Amado Blanco, a quien Vuestra Excelencia ha recordado, podrá contar con nuestra benevolencia y nuestro apoyo en el desarrollo de su alta misión.

Vuestra Excelencia ha hecho referencia a la necesidad de desplegar esfuerzos para lograr la paz, la justicia y la fraternidad humanas. Son ideales, éstos, que han encontrado siempre un profundo eco en el corazón de la Iglesia, la cual se siente en todo instante solidaria del género humano y de su historia. Por ello la Iglesia y Nos mismo no dejamos pasar ninguna ocasión propicia para estimular a los hombres y a los pueblos a unirse en esta noble tarea, invitándolos a ajustar mejor el mundo a la superior dignidad del hombre, a tender a una fraternidad universal más profundamente arraigada y a responder a las urgentes necesidades de nuestro tiempo (Cfr. Gaudium et Spes, 91).

En la realización de este cometido, la Iglesia y la Santa Sede se sienten impulsadas no sólo por motivos de solidaridad humana, sino también por deber de fidelidad a su misión específica, de carácter religioso y moral. Porque el Evangelio, del que la Iglesia es portadora y pregonera en todas partes y en todos los tiempos, no rechaza los valores naturales de la socialidad, sino que los hace propios y los sublima, difundiendo una luz trascendente sobre la naturaleza misma de las relaciones entre los hombres, vistos como hijos de un mismo Padre y, por tanto, unidos entre sí, a título especial, por el vínculo de la fraternidad.

De la misma manera, impulsada por una visión del hombre a la luz de Dios, la Iglesia proclama la dignidad innata de la persona humana y defiende consecuentemente sus derechos universales e inviolables.

La acción de la Iglesia y de la Santa Sede encuentra en Cuba un terreno preparado por la larga tradición de una civilización de signo cristiano. De manera que aquella no puede aparecer como ajena al alma y a la realidad profunda del pueblo cubano, ni está destinada a disminuir, antes bien a reforzar y poner en evidencia cuanto pertenece a la historia de ese pueblo, a su noble y rica cultura, en una palabra, a ese conjunto de valores espirituales y morales que constituyen su precioso patrimonio patrio, sobre el que podrá sólidamente apoyarse el esfuerzo encaminado hacia los nuevos progresos en campo cultural, económico, social, que Nos deseamos de todo corazón para una Nación que continúa siéndonos tan querida y que tanto apreciamos.

Estamos seguro de que nuestros hijos de Cuba, guiados por sus Pastores, tan estimados, y siempre fieles a su vocación cristiana y humana, contribuirán con todas sus fuerzas al bienestar de su País.

Señor Embajador: al reiterarle nuestra benevolencia y desearle un feliz cumplimiento de la misión que ahora comienza, le rogamos trasmita nuestros saludos y agradecimiento al Señor Presidente de Cuba por los deferentes votos expresados, a las Autoridades y a todo el amado y noble pueblo cubano, sobre el que invocamos constantemente la ayuda del Todopoderoso.


*AAS 68 (1976), p.225-226.

Insegnamenti di Paolo VI, vol. XIV, p.203-204.

L'Osservatore Romano 26.3.1976, p.1.

L’Attività della Santa Sede 1976, p.73-74.

ORe n. 13 p.11.

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