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MENSAJE DE PABLO VI A LA NACIÓN MEXICANA
CON MOTIVO DE LA DEDICACIÓN DEL NUEVO SANTUARIO
DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE

Martes 12 de octubre de 1976

 

Señor Cardenal Legado,
Venerables Hermanos y amadísimos hijos de México:

Os dirigimos nuestra palabra en una ocasión singularísima, tan llena para vosotros de profundo significado y que hace latir las fibras más íntimas de vuestros corazones: la dedicación del nuevo Santuario en honor de Nuestra Señora de Guadalupe.

En este día, que quedará gravado en vuestras mentes y en vuestra historia religiosa y patria, queremos asociarnos a vosotros para compartir vuestra alegría, unir nuestra oración a la vuestra y tributar, junto con vosotros, nuestro homenaje de devoción a la Madre del Señor y Madre de la Iglesia.

Sabemos que, obedeciendo a la invitación de vuestros Obispos, os habéis preparado para celebrar con particular intensidad espiritual esta fecha tan señalada. No podía ser de otra manera; porque si Nuestra Señora de Guadalupe ha guiado y alentado durante siglos la historia de vuestra Nación, en los momentos alegres y en los difíciles; si ella ha estado presente en vuestra vida, desde la primera predicación misional del Evangelio hasta hoy; si ella ha sido el centro de vuestra unión e impulso vigoroso de fidelidad cristiana; si ella os acompaña desde el bautismo, preside vuestros hogares y recibe vuestras plegarias; en una palabra, si es parte tan entrañable de vuestra existencia, no podía quedar en la penumbra un acto que debe tener influjo decisivo para México.

Sí, amados hijos. La dedicación de la nueva Basílica no es, no puede ser, una meta de llegada, sino un punto de partida. En efecto, el templo inaugurado debe ser el símbolo de ese templo espiritual y visible que llamamos Iglesia (Cfr. 1 Cor. 3, 16) y que, con Cristo por piedra angular, gobernada por el Sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él (Lumen Gentium, 8) se construye cada día, se perfecciona y llega a plenitud en nosotros, en nuestra dignidad creciente de hijos de Dios que hacia El peregrinamos.

Las multitudes que hoy y en el futuro se encontrarán sobre las alturas del Tepeyac, y las que desde todos los ángulos de México mirarán hacia él, deberán descubrir allí su hermandad profunda como hijos del mismo Padre. Y al implorar juntos a la Madre de misericordia, de todos los que viven en esa tierra, habrán de reflexionar a fondo sobre las exigencias prácticas que ello implica.

Por ello, y puesto que no hay verdadera hermandad sin un amor operante y sin la previa implantación de una auténtica justicia para todos, la dedicación del nuevo templo debe constituir el punto de arranque de un esfuerzo permanente de mayor justicia social, de búsqueda de una creciente educación cultural que dignifique cada vez más a todas las personas, de una lucha sin tregua a la corrupción, de una eficaz ayuda -espiritual, moral, material- para todos los oprimidos y necesitados. Y no podríamos dejar de mencionar aquí, con especial énfasis y afecto, al más pobre, al campesino, que espera con justa impaciencia la realización de las promesas tantas veces hechas y a veces olvidadas. A él la Iglesia se siente particularmente cercana.

Para que estos objetivos puedan ser alcanzados, exhortamos a cuantos trabajan en el campo del apostolado, y en especial a cuantos han de cuidar la pastoral en el nuevo Santuario, a una diligente evangelización del pueblo, inculcando en él una delicada atención a los aspectos religiosos y sociales de su vida. A los seglares -y de modo particular a los jóvenes- encarecemos la maduración en la fe y responsabilidad cristianas, poniéndose a disposición de los más indigentes. A los ricos, a los intelectuales y profesionales pedimos un esfuerzo para crear un clima más justo, más humano y cristiano. A los empleados, obreros y campesinos sostenemos en la justa búsqueda de sus derechos, confiando que cumplirán a la vez sus responsabilidades de trabajo. A todos, finalmente, invitamos a pensar que mientras exista injusticia, el templo ahora construido no estará terminado.

Pedimos a la Virgen de Guadalupe que haga realidad estas esperanzas. Que ella os lleve a Jesús, centro y destino final de nuestra devoción y nuestra vida. Que ella proteja a vuestra Nación, conserve unidas vuestras familias frente a los elementos disgregadores que las amenazan, y os haga vivir -sin demagogias ni odios estériles- en una serena justicia y una operante hermandad.

Os bendecimos a todos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

PAULUS PP. VI

 
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