DISCURSO DEL PAPA PABLO VI
A LOS PARTICIPANTES EN EL V CONGRESO INTERNACIONAL
DE
OBSTETRICIA Y GINECOLOGÍA PSICOSOMÁTICAS
Sábado 19 de noviembre
de 1977
Damos las gracias a vuestro Presidente, el profesor Carenza, y
nos sentimos feliz al acoger y saludar hoy a los participantes en el V Congreso
Internacional de obstetricia y ginecología psicosomáticas que se está celebrando
actualmente en Roma.
Séanos permitido en primer lugar manifestar la estima de la
Iglesia hacia vuestra profesión, que es de verdad una "misión" al servicio de la
vida humana. En la investigación que lleváis a cabo en un terreno bien difícil,
ante las responsabilidades que asumís cada vez que se os consulta sobre algún
caso, en el interés que ponéis en hacer vuestros los problemas y las angustias
de las que se confían a vuestros cuidados, encuentra una de sus más bellas
expresiones el amor al prójimo, amor que el Señor dijo se dirigía a Él mismo (cf.
Mt 25, 40).
Recorriendo la lista de los distintos temas sometidos a vuestro
estudio, se ve que vuestras especialidades de hecho cubren un campo muy vasto de
investigación y tratamientos, si bien conciernen esencialmente a los comienzos
de la vida humana. ¿Acaso no podría ser debida esta amplitud, al menos en parte,
a que se ha ensanchado la perspectiva de vuestro trabajo, a que se toman en
consideración las interacciones, tan reales como misteriosas, que existen entre
lo somático y lo psíquico y que determinan muy estrechamente la salud y la
enfermedad?
Os ocupáis, pues, del problema de las repercusiones que pueden
tener sobre el desarrollo físico y psíquico del niño las condiciones
psicosomáticas de los padres y sus estados emocionales. Los hechos muestran en
efecto tal influencia y, aunque haya dificultades para explicar científicamente
este fenómeno, vuestros análisis clínicos y vuestra experiencia profesional
confirman cada día la importancia, que reviste, dentro de la unidad
psicosomática de la persona humana, el elemento que la distingue de los seres
privados de razón y que es el alma espiritual inteligente y libre.
Por ello vuestra ciencia profesional no puede prescindir de las
consideraciones morales y religiosas que intervienen de hecho, en grado mayor o
menor, en la personalidad humana.
Hay que apreciar en su justo valor la importancia que los
criterios morales y las convicciones religiosas pueden revestir para los
esposos, también en el control y la expresión de los sentimientos, el
crecimiento o el enfriamiento del amor, del afecto recíproco, de las
preocupaciones y esperanzas, realidades todas ellas que pueden modificarse,
estimularse o reprimirse por las orientaciones del espíritu.
Insistís sobre la necesidad de ser dueños de sí mismo y sobre el
dominio de las pasiones, para garantizar que la transmisión de la vida se haga
en un encuentro de amor, en el respeto a la dignidad de cada uno de los esposos
y en la armonía de sus voluntades, asegurando así las condiciones óptimas para
la posterior evolución psicológica y somática del niño.
Es de loar vuestra solicitud en informar a los futuros padres
sobre la importancia del ejercicio razonable de la sexualidad, así como también
los riesgos que entraña cualquier violencia ejercida sobre la facultad
generativa por el empleo de medicinas que no están destinadas a corregir las
anomalías, sino a impedir sus funciones normales.
Es una gran satisfacción para nosotros constatar que la genética
psicosomática apoya y confirma la norma ética al denunciar con creciente
preocupación los peligros inherentes al empleo de anticonceptivos. Muy al
contrario la Iglesia, como ya hemos dicho en otras ocasiones, para aumentar en
los padres la conciencia del deber de ejercer la paternidad de modo responsable,
alienta los progresos que pueden conseguir vuestras investigaciones a fin de
facilitar el ejercicio de tal paternidad; la Iglesia se felicita también por
vuestros esfuerzos destinados a asegurar a la concepción humana las mejores
condiciones posibles para el desarrollo somático y psíquico del niño.
Como es vuestro deber, tratáis de combatir todo dolor anormal
del embarazo y de la crianza del niño, a condición, claro está, de hacerlo sin
riesgos, sin herir tampoco los sentimientos de amor que inspiran la maternidad
asumida con espíritu de sacrificio, capaz de expresar la relación íntima
existente entre la madre y el hijo. Pero al mismo tiempo no debéis olvidar jamás
que vuestra profesión está al servicio de la vida humana, de toda vida humana ya
desde el momento mismo de la concepción.
Las malformaciones orgánicas, cuando desgraciadamente existen,
no pueden privar a ningún ser humano de su dignidad ni del derecho inalienable a
la existencia; es ciertamente una visión materialista de la vida el plantear de
otro modo las cosas. Por ello, un médico católico consciente de estas
exigencias, no puede prestarse nunca a hacer experiencias sobre el embrión o el
feto humano, ni siquiera por el bien de la ciencia, ni tampoco cuando este ser
está destinado, sea por motivos naturales o por la acción criminal de los
hombres, a perecer antes de ver la luz. Y sobre todo, una vez dado el
diagnóstico fatal, el médico no puede ceder a ninguna presión, aún en los casos
aparentemente dignos de respeto, como sería cuando los padres quieren acudir a
su ciencia para evitar el sufrimiento de traer al mundo un niño gravemente
minusválido.
¡Seria responsabilidad la vuestra! Contra la tentación que
llevaría a atentar contra vuestra hermosa profesión, cuyo único objeto es
proteger y favorecer la vida, esforzaos siempre en hacer ver que dicho fin sólo
puede alcanzarse si se ponen en primer plano los valores espirituales y su
significado.
Pedimos al Espíritu Santo, Espíritu de ciencia y de fortaleza,
que os ayude, e imploramos al Señor de todo corazón que bendiga vuestras
personas y vuestras familias.
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