CARTA ENCÍCLICA
QUEMADMODUM
DE NUESTRO SANTÍSIMO SEÑOR
PÍO
POR LA DIVINA PROVIDENCIA
PAPA XII
A LOS VENERABLES HERMANOS
PATRIARCAS, PRIMADOS, ARZOBISPOS, OBISPOS
Y DEMÁS ORDINARIOS LOCALES
EN PAZ Y EN COMUNIÓN CON LA SEDE APOSTÓLICA
SOBRE EL MAYOR EMPEÑO
CON QUE EN ESTOS TIEMPOS SE HA DE TOMAR
EL CUIDADO DE LOS NIÑOS INDIGENTES
VENERABLES HERMANOS
SALUD Y BENDICIÓN APOSTÓLICA
Así como, mientras se recrudecía la guerra a muerte, nunca
cesamos, en cuanto Nos fue posible, de persuadir y de suplicar a todos, para que
cuanto antes se pusiese término a una conflagración, que iba resultando ya
demasiado larga; así también ahora, depuestas finalmente las armas, aunque la
paz no se haya restablecido, cumpliendo con Nuestro apostólico deber, no dejamos
de tentar todos los caminos para aplicar los oportunos lenitivos a tantos
dolores y para aliviar el cúmulo de miserias que, de una o de otra manera,
agobian a tanta gente.
Pero en medio de las incontables desgracias, que la cruel .guerra
ha traído consigo, ninguna lastima, ninguna hiere tanto Nuestro corazón de padre
como las que padecen los muchos niños inocentes, —millones, según Nuestras noticias,— que, faltos de lo más
indispensable para la vida, se van en muchas partes consumiendo de frío, de
hambre y de enfermedad, mientras que con frecuencia se ven abandonados de todos,
careciendo no solamente de pan, de vestido y de techo, sino hasta de aquel
cariño, tan necesario en tan tierna edad.
Como muy bien sabéis, Venerables Hermanos, por Nuestra parte
también en esto no hemos dejado de hacer lo que estaba en Nuestras manos; y
ahora queremos manifestar Nuestra más sincera gratitud a todos los que con su
generosidad Nos permitieron socorrer las necesidades de la infancia y de la
niñez. Sabemos igualmente que no pocas personas, o individualmente o formando sociedad con
otras, han tomado algunas iniciativas en el mismo sentido y trabajan con
grande ardor por llevarlas a la práctica. A todos ellos, merecedores de todo
honor de parte de los buenos, tributamos aquí las debidas alabanzas y les
desearnos y pedimos a Dios para sus actividades, iniciativas e instituciones
toda suerte de bienes.
Pero como tales providencias y cuidados ni remotamente están
en proporción con la inmensidad de los males que tratan de remediar, hemos
creído propio de Nuestro ministerio hacer este llamamiento y exhortación
paternal, para que de manera especial os dediquéis con toda el alma a este
trabajo de capital importancia, en favor de los niños indigentes, sin dejar de
hacer nada que pudiera suavizar y aliviar tan precaria situación.
Mandamos, pues, que en todas vuestras diócesis designéis un
día en el que, después de haber elevado a la Divina Majestad las debidas
plegarias, informéis al pueblo, por medio de vuestros delegados y
colaboradores, de tan urgente necesidad y le exhortéis a que con oraciones,
con buenas obras y con limosnas secunde todas aquellas iniciativas que tienden
a ayudar, con todo género de socorros y de cuidados, a la niñez indigente y
abandonada. Se trata, como fácilmente puede verse, de algo que, si incumbe a
todos los ciudadanos, sean las que sean sus opiniones con tal de que no estén
privados del sentimiento de humanidad y de compasión, toca sin embargo de
manera especial a los cristianos, que deben reconocer en sus hermanitos,
pobres y faltos de todo, la imagen viva del Divino Niño, y tener presente
aquello de la Escritura : «En verdad os digo : siempre que lo hicisteis con
alguno de estos mis más pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis » (Mat.
XXV, 40). Consideren todos y reflexionen oportunamente que estos niños son el
punto de apoyo para los tiempos que han de venir, y que por consiguiente es
absolutamente necesario hacerles crecer sanos de alma y de cuerpo. para no
encontrarnos mañana con una generación tarada con los gérmenes de la
enfermedad y el estigma del vicio. Por eso, a nadie le debe parecer demasiado
prestar su cooperación y sus fuerzas, y dar su dinero para una finalidad tan
oportuna y necesaria. Los que carecen de bienes de fortuna ayuden según su
capacidad y sus fuerzas con ánimo dispuesto y generoso ; los que, por el
contrario, viven opíparamente y en la abundancia consideren y no olviden que
la indigencia, las privaciones y la desnudez de estos niños los acusarán, con
severidad y vehemencia, ante el Padre de las misericordias, si endurecen su
corazón y no ofrecen una ayuda generosa. Finalmente, convénzanse todos de que
no se han de arruinar por estas liberalidades, ya que pueden estar seguros de
que quien da su fortuna u ofrece lo que puede a los necesitados, en cierta
manera presta su capital a un Dios, que sabrá premiar un día con generosa
munificencia al bienhechor. Nos complace, por consiguiente, esperar que, lo
mismo que en los primitivos tiempos apostólicos, cuando la comunidad cristiana
de Jerusalén se veía vejada por la persecución y las privaciones, los demás
cristianos de todo el mundo oraban a Dios por ella y le enviaban sus socorros
(cfr. I Cor. XVI, 1); de la misma manera hoy, movidos y animados todos por el
mismo amor, acudirán, según sus recursos, en socorro de la infancia y de la
niñez abandonada. Háganlo, como ya hemos dicho, antes que nada elevando
fervientes súplicas a nuestro misericordiosísimo Redentor, ya que de la
devota plegaria, como muy bien sabéis, brota una fuerza misteriosa que penetra
en el cielo e impetra de aquellas sempiternas moradas las luces
sobrenaturales y los divinos impulsos que han de iluminar las inteligencias de
los hombres, doblegar sus voluntades al bien y convencer y mover en favor de
la caridad.
Conviene también observar aquí que la Iglesia, en todos los
tiempos, ha tenido un cuidado especialísimo de la niñez y la ha considerado, con
toda razón, como parte confiada de manera singularísima a su cuidado y a su
caridad. Y mientras que así ha hecho y sigue haciendo, obra de acuerdo con los
ejemplos y las enseñanzas de su Divino Fundador, quien, atrayendo los niños
suavemente, decía a los Apóstoles, que reprendían a sus madres : « Dejad que
vengan a mí los niños, y no se lo estorbéis; porque de los que se asemejan a ellos es el reino
de Dios » (Marc. X, 14). Jesucristo, —como muy bien y con toda
claridad decía Nuestro Predecesor S. León Magno, de inmortal memoria— « ama...
la infancia, que primero tomó para sí en el alma y en el cuerpo. Jesucristo ama
la infancia, maestra de la humildad, norma de la inocencia, imagen de la
mansedumbre. Jesucristo ama la infancia, sobre la que quiere modelar las
costumbres de los grandes y a la que desea que vuelvan los ancianos; y a quienes
eleva al reino eterno, les incita a imitarla» (Serm. XXXVII, c. 3; M. L. 54, 258 c.).
De estas palabras y de estas enseñanzas rebosantes de luz podéis
deducir, Venerables Hermanos, con qué amor y con qué diligencia y cuidado la
Iglesia, a ejemplo de su Fundador, debe atender a los párvulos y a los niños.
Hace todo lo posible para que a los cuerpos no les falte el alimento, ni la
casa, ni el vestido; pero al mismo tiempo no olvida ni descuida las tiernas
almas que, nacidas como de un hálito divino, parece que reflejan un rayo de las
hermosuras celestiales. Por eso su primer cuidado y su primera preocupación es
que la inocencia no se mancille, a fin de tener siempre presente y procurar su
salvación eterna. Así han nacido las casi innumerables instituciones, cuyo fin
es guiar a la niñez por el recto sendero, para educarla en las buenas
costumbres, elevándola. en lo posible, a aquel estado de vida capaz de
satisfacer. a las crecientes necesidades de alma y de cuerpo. En tan utilísima
empresa se afanan a porfía, con admirable sacrificio y utilidad, según sabéis,
no pocas Congregaciones de hombres y de mujeres, cuya actividad inteligente,
vigilante y desinteresada contribuye eficazmente al bien de Iglesia y de la
sociedad. Y no solamente realizan tan fecunda y saludable actividad entre los
pueblos y las naciones civilizadas, sino también entre los rudos o no iluminados
todavía con la luz del Cristianismo donde los predicadores del Evangelio —y en
especial la Pontificia Obra de la Santa Infancia—
recogen tantos niños y párvulos; librándolos de la esclavitud del demonio y de
los hombres perversos, y haciéndoles participantes de la libertad de los hijos
de Dios y de la verdadera civilización.
No obstante, en tan espantoso momento histórico, mientras se
acumulan inmensas ruinas espirituales y materiales, tales generosas iniciativas
de caridad, que acaso en otros tiempos eran suficientes para cubrir las
necesidades ordinarias, hoy son sin duda ninguna insuficientes.
A nuestros ojos se presentan, Venerables Hermanos, esas ingentes
multitudes de niños que, pereciendo de hambre y casi acabados, piden pan con sus
tiernas manitas «y no hay quien se lo distribuya (cfr. Thre. IV, 4);
que, sin habitación y sin vestido bajo el rigor invernal, agonizan temblorosos,
sin un padre y una madre que les vistan y les libren del frío; que, enfermos o
minados por la tuberculosis y miseria, carecen de los oportunos cuidados y de
las adecuadas medicinas. Con dolor Nos parece verles errar en gran número por
las ruidosas calles de las ciudades, entre el ocio y las atracciones del vicio,
o por los pueblos, por las aldeas y por los campos, vagando inciertos y
errantes, sin que nadie ¡oh dolor! les procure un asilo seguro contra la pobreza
y la vida viciosa y criminal. ¿Por qué, pues, Nos, que tan intensamente amamos a
estos hijitos « en las entrañas de Jesucristo » (Philipp. 1, 8); por qué
Nos, Venerables Hermanos, no hemos de alzar una y mil veces Nuestra voz,
juntamente con vosotros y con todos los que alimentan sentimientos de
humanidad, de misericordia y de piedad, para que con todos los recursos de la
caridad cristiana, que son muchísimos, os dediquéis, con ánimo generoso y noble,
a mitigar y a suavizar esta miserable situación en todas partes?
Nada se omita de lo que nuestros tiempos. sugieren y enseñan ;
búsquense maneras nuevas, para que, con el esfuerzo común de todos tos buenos,
se procure un remedio oportuno a los males presentes y a los futuros que se
temen. Así se podrá lograr cuanto antes, con la gracia y ayuda del Señor, que
los ejemplos de virtud tomen el lugar de los atractivos del vicio, que dan al
traste con tantos niños abandonados; que el trabajo honesto y agradable aleje de
ellos el triste e inútil ocio; que el hambre, la miseria y la
desnudez encuentren los necesarios remedios en la caridad divina de Jesucristo
que en estos tiempos es menester resucitar, enfervorizar y hacer crecer en sus
seguidores.
Todo lo cual, no sólo contribuirá al aumento de la religión y de
la virtud cristiana, sino también, y de manera extraordinaria, al bien de la
sociedad humana; siendo cierto, como todos saben, que no se llenarían las
cárceles y las prisiones de gente ruin y facinerosa, si oportunamente, y especialmente en la juventud, se empleasen aquellos medios que son
aptos para prevenir la criminalidad; y que más fácilmente abundarían los
ciudadanos probos y fuertes, llenos de cualidades físicas y morales, si se
procurase nutrir una juventud sana, íntegra y laboriosa.
Esto, Venerables Hermanos, es lo que por tan grave motivo
teníamos que comunicaros con esta Carta Encíclica, confiándoos el mandato de
hacer presente a vuestra grey, del modo mejor posible, Nuestra paternal
exhortación y voluntad
;
y estamos seguros de que vuestra correspondencia, benévola y generosa, no
faltará a Nuestros deseos y exhortaciones.
En tan firme esperanza, como prenda de las gracias celestiales y
testimonio de Nuestra particular benevolencia a cada uno de vosotros, Venerables
Hermanos, a la grey confiada a vuestros cuidados, y en especial a aquellos que
son o que serán beneméritos de tan santa causa, os damos con todo amor en el
Señor la Bendición Apostólica.
Dado en Roma, junto a S. Pedro, el día 6 de Enero, en la
Epifanía de N. S. Jesucristo, del año 1946, séptimo de Nuestro Pontificado.
PÍO PAPA XII
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