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DISCURSO DE SU
SANTIDAD PÍO XII
A UN GRUPO DE PEREGRINOS CHILENOS
Miércoles 12 de julio de 1939
Queremos ahora dirigir un saludo especialmente cordial a los amados hijos e hijas que Nuestro venerable y estimadísimo hermano,
el Obispo de Puerto Montt, ha conducido hasta Nos desde el lejano Chile. Venís
efectivamente de lejanas tierras, hijos queridísimos; pero podíamos decir con
razón que cuanto más lejos está vuestra patria, tanto es mayor Nuestra alegría
de poderos saludar en esta casa del Padre común.
Para vosotros, y para todos los hijos de la Iglesia católica en Chile, tenemos
hoy una palabra de especial exhortación: reconoced la importancia y la seriedad
que el momento presente tiene en la vida religiosa y en la verdadera felicidad
de vuestro pueblo. Mantened firme e incólume vuestra fe católica y vuestra
unión, llevándolas a la vida práctica hasta en sus últimas consecuencias, aún en
aquellas que se refieren a la vida social y pública. Asegurad a vuestra
juventud las escuelas católicas. Y cuando se trata de remediar las miserias de
los pobres y de abrir el camino a la justicia y a la caridad, señalaos entre
todos como los primeros, los primeros en espíritu de iniciativa y en espíritu
de sacrificio. Ese es el camino que os han mostrado Nuestros antecesores,
desde que consumada apenas vuestra independencia política, fuisteis la primera
República de habla española que se acercó al trono de Pío VII de santa memoria.
A vosotros os toca ahora llevar a la práctica en Chile esos consejos. Así os
libraréis vosotros y libraréis a vuestro pueblo de las falsas máximas que el
error esparce, y conseguiréis volver al buen redil a los ya extraviados.
Nuestras esperanzas, Nuestro amor y Nuestras plegarias siguen muy de cerca las
vicisitudes de la Iglesia católica chilena. Queremos hoy ponerla a ella y
poneros a vosotros bajo la protección maternal y poderosa de la Virgen
Inmaculada. Y a vosotros, a todos los que vosotros lleváis en la mente y en el
corazón, y a todo el pueblo chileno a Nos tan querido, os damos de lo más
íntimo del corazón, como prenda de la virtud, del amor y la gracia de N. Señor
Jesucristo, la Bendición Apostólica.
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