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RADIOMENSAJE DEL SANTO PADRE PÍO XII
AL CONGRESO EUCARÍSTICO NACIONAL DE ARGENTINA*


Domingo 13 de octubre de 1940

 

Venerables Hermanos y queridos hijos:

«Bendito Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones» (2Cor 1,3). Esta alabanza agradecida que el gran Apóstol Nos pone en los labios en una hora grave, de crueles conflictos en el mundo, y de tristeza para Nos, es la que elevamos al cielo al dirigiros Nuestra palabra a vosotros que Nos consoláis, caminando en la verdad del amor que dejó Cristo a los hombres como mandato suyo, y exaltándole en el trono de adoración, desde donde impera y reina en la Iglesia y sobre el Universo como Rey pacifico, viviente e invisible, de nuestras almas. El nuevo triunfo con que vuestra fe y piedad religiosa lo vuelve a exaltar y glorificar en el Congreso Eucarístico Nacional de Santa Fe de la Vera Cruz, despierta en Nos la espléndida y fulgurante visión de la celebración eucarística universal que en la nobilísima capital de vuestra República, hace ya más de un lustro, hizo convenir a los pies de la santa Hostia de paz y de amor una inmensa multitud de adoradores de todas las partes de la tierra; cuando, presentes también Nos, como Legado de nuestro inmortal Predecesor, sentimos latir junto a Nuestro corazón el corazón de la Argentina y el de todos los pueblos, con esa fe que atraviesa todo velo, con ese ímpetu de veneración y de amor que supernaturaliza el espíritu. Hoy desde el Solio pontificio, al que de Nuestra pequeñez ha querido elevarnos el arcano consejo divino, volvemos con gozo en medio de vosotros, y con Nuestra voz, llevada en alas de portentoso secreto arrancado a la naturaleza por el genio humano, participamos en vuestro solemne homenaje nacional al Dios oculto bajo los sacrosantos velos, e invocamos con vosotros aquella abundancia de gracia, de fervor, de progreso espiritual que tan generosamente os dio la divina liberalidad en Buenos Aires, centro y corazón de vuestra potente vida pública y de los campos sin fin, y de las ciudades, donde sobre las laboriosas industrias y el trabajo agrícola ondea junto a la Cruz vuestra bandera.

La «verdadera Cruz » caracteriza y marca con la «santa fe» la ciudad del presente Congreso Eucarístico, al que convergen los ánimos y las miradas de la Nación, como a faro de nueva luz y de ardor cristiano que, así como en el pasado difundió sus benéficos rayos sobre el creciente pueblo de la Argentina, así también, emulando la fe del descubridor del Nuevo Mundo, dio nombres sagrados a gran parte de las nuevas ciudades.

A la Cruz, pues, que consagra el altar y es signo de la santa fe, levantáis, queridos hijos, el pensamiento de la fe. En la piedra del altar reconocéis la piedra del Gólgota; en el sacerdote veis al mismo Cristo, Sacerdote eterno, que por nuestro amor renueva y ofrece, misterio de la fe, el sacrificio de sí mismo por la remisión de los pecados. El es el mediador único y supremo entre Dios y los hombres; pero en su bondad y misericordia quiso que también éstos participaran en su sacerdocio y fuesen ministros de su divina mediación. Dichosos de vosotros, oh jóvenes que, respondiendo a la invitación de Cristo, aumentáis las filas de sus apóstoles y de sus operarios en la mies de los florecientes campos de vuestra Nación. Loor a vosotros, oh jóvenes, que del apostolado de la férvida Acción Católica Argentina pasáis al apostolado del santuario y del altar, para servir a Cristo, para consolarlo con vuestro número, para dar a conocer y multiplicar los tabernáculos de su misterio de amor, para rodearlo en cortejo exultante, en su triunfal paso por las calles de vuestras ciudades y pueblos.

Desde el Chaco y la Tierra del Fuego, desde los Andes y las orillas del océano habéis venido con vuestros Pastores a la ciudad que resume y compendia en su nombre la fe del pueblo argentino, arrebatados por el ardor y la fe que vuestros antepasados conocieron y sintieron en lo profundo de su espíritu. Habéis venido como los discípulos y las turbas de Palestina, a buscar a Cristo, camino, verdad y vida; a apretaros en torno a El y a adorarle, presente e invisible bajo el velo de la Eucaristía, como Nación que lo siente en sí misma, que lo ama y le ofrece el homenaje de su corazón y le repite y renueva la oferta de sí con no menos ardiente devoción que cuando en la máxima ciudad de vuestra República causaba en día no lejano la admiración del mundo católico allí convenido de allende los océanos.

Buscad la justicia y el reino de Dios en vosotros y en vuestras obras. Haced que Cristo reine siempre en medio de vosotros, en vuestro pueblo destinado a grandes cosas. Que reine en la familia, en el tálamo inmaculado, en la corona de los hijos, en las escuelas públicas, en la prensa, en las visiones escénicas ofrecidas a los ojos juveniles y al pueblo, en la palabra radiada, en las casas, en la vida social, entre los trabajadores diseminados en nuevas regiones agrícolas e industriales. Brille ante los ojos de vuestros gobernantes la luz de Cristo y su justicia que eleva las Naciones y las protege, como muro, contra las insidias y asaltos de la impiedad que mina sus fundamentos. Que la santa fe, la verdadera Cruz, el estandarte de Cristo que ondea sobre las ciudades y en las calles de los pueblos, esté íntimamente plantado en vuestros corazones y eche en ellos aquellas divinas raíces que consolidan la vida moral, que inmunizan el entendimiento contra el error y la incredulidad, que hacen germinar las flores de la libertad de los hijos de Dios y madurar los frutos de la paz de Dios, que supera toda inteligencia (Flp 4, 7).

Rogad, Venerables Hermanos y queridos hijos, con Nos y con Nuestro Legado el Cardenal Arzobispo de la Capital de vuestra ínclita República; rogad al Príncipe divino de la paz que reconcilió con su sangre la tierra y el cielo, y unificó en el místico banquete de su altar a todo el pueblo creyente; rogad a Jesucristo Señor Nuestro que infunda su paz, domadora de las pasiones humanas, en el ánimo de todos los pueblos para que rebose de los corazones y apague la áspera lucha que siembra la muerte en la tierra, en los mares y en los cielos, y alimenta a los pueblos con el pan del dolor empapado en lágrimas de sangre. Sólo en Cristo, Salvador del mundo, está Nuestra esperanza y nuestra confianza, porque en sus manos están los corazones de los hombres, y El sabe y puede calmar el tumulto del oleaje.

Con esta esperanza y confianza, por intercesión de la Bienaventurada Virgen María de Luján, Patrona particular de la República Argentina, de San Miguel Arcángel, de San Juan Bautista, de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, de los Beatos Mártires Roque González, Alfonso Rodrí­guez y Juan del Castillo y de todos los santos, impartimos a todos y a cada uno de vosotros la Bendición Apostólica.


* AAS 32 (1940) 418-421

 

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