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RADIOMENSAJE DEL
SANTO PADRE PÍO XII
PARA LA FESTIVIDAD DE LOS SANTOS APÓSTOLES PEDRO Y PABLO
Domingo 29 de junio de 1941
En esta festividad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, vuestros devotos
pensamientos y afectos, amados hijos de toda la Iglesia Católica, tórnanse a
Roma con la estrofa triunfal:
O Roma felix, quae duorum Principum
Es consecrata glorioso sanguine!
«¡Oh Roma feliz, que has sido consagrada por la gloriosa sangre de estos dos
Príncipes!» La felicidad de Roma, que es de sangre y de fe, es también vuestra
felicidad; pues la fe de Roma, sellada aquí a ambas márgenes del Tíber con la
sangre de los Príncipes de los Apóstoles, es la fe que se anunció a vosotros,
que se anuncia y se anunciará en todo el mundo. Os gozáis con el pensamiento y
con el saludo de Roma, porque sentís en vosotros la alegría de la universal romanidad de vuestra fe.
Hace diecinueve siglos que con la sangre gloriosa del primer Vicario de Cristo y
del Doctor de las Gentes la Roma de los Césares fue bautizada Roma de Cristo,
cual eterno símbolo del Principado indefectible de la sacra Autoridad y del
infalible Magisterio de la fe de la Iglesia; y con aquella sangre se escribieron
las primeras páginas de una nueva y magnífica historia: la de las sacras luchas
y victorias de Roma.
¿Habéis pensado alguna vez en los sentimientos y los temores del pequeño grupo
de cristianos esparcidos por la gran ciudad pagana, cuando, luego que hubieron enterrado presurosamente los
cuerpos de los dos grandes Mártires, el uno al pie del monte Vaticano y el otro
en la vía Ostiense, se recogieron los unos a sus rincones de esclavos o de
pobres artesanos, los otros a sus ricas moradas, y todos se sintieron solos y
como huérfanos ante la desaparición de los dos grandes Apóstoles? Aun bramaba el
furor de la tormenta poco antes desencadenada por la crueldad de Nerón contra la
naciente Iglesia; todavía se alzaban ante sus ojos en horrenda visión las teas
humanas que humeaban de noche en los jardines imperiales y los cuerpos
desgarrados palpitaban aún por circos y por calles; parecía entonces que la
implacable crueldad había triunfado, quebrando y echando por tierra las dos
columnas que con sola su presencia sostenían la fe y el valor del pequeño grupo
de cristianos. Entre los nubarrones de aquel sangriento atardecer, ¡que angustia
de dolor experimentarían sus corazones, al sentirse huérfanos del consuelo y de
la compañía de aquellas dos voces potentes, abandonados a la ferocidad de un
Nerón y al formidable poder de la grandeza imperial de Roma!
Pero contra la espada y la fuerza material del tirano y de sus esbirros habían
ellos recibido un espíritu de fuerza y de amor, más poderoso que los tormentos y
la muerte. Nos parece ver, en la siguiente reunión, en medio de la desolada
comunidad, al anciano Lino, el primero que fue llamado a suceder al desaparecido
Pedro, desarrollando con sus manos, temblorosas de emoción, el volumen del
precioso papiro que conservaba el texto de la Carta enviada en otro tiempo por
el Apóstol a los fieles del Asia Menor, y Nos parece escuchar las frases de
bendición, de confianza y de consuelo que, lento, les releía: «Bendito Dios,
Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que según su gran misericordia nos ha
regenerado a una viva esperanza, mediante la resurrección de Jesucristo...
Entonces os alegraréis, aunque ahora tengáis que entristeceros un poco por las
diversas tentaciones... Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios...,
descargando en Él todos vuestros cuidados, puesto que Él tiene providencia de
vosotros... El Dios de toda gracia, que por Cristo Jesús nos llamó a su eterna
gloria, después que hayáis padecido un poco, os perfeccionará, os consolará y os
confirmará. ¡A Él sean la gloria y el imperio por los siglos de los siglos!» (1
P 1, 3.6; 5, 6-7.10-11).
También Nos, amados hijos, que por inescrutable designio de Dios hemos recibido,
después de Pedro, después de Lino y de otros cien santos Pontífices, la misión
de confirmar y de consolar a nuestros hermanos en Jesucristo (cf. Lc 22,
32), Nos, como vosotros, sentimos angustiarse Nuestro corazón ante el
pensamiento del torbellino de males, de sufrimientos y de angustias, hoy
desencadenado sobre el mundo. En medio de su densa oscuridad no faltan
ciertamente consoladoras visiones que abren el corazón a grandes y santas
esperanzas: valor magnánimo en defensa de los fundamentos de la civilización
cristiana y segura confianza en su triunfo; fortísimo amor a la patria; actos
heroicos de virtud; almas escogidas, prontas y dispuestas a todo sacrificio;
sacrificios generosos; intenso despertar de la fe y de la piedad. Pero, de otra
parle: el pecado y el mal ha penetrado en la vida de los individuos, en el
santuario de la familia y en el organismo social, siendo por debilidad o
impotencia no sólo tolerado, sino defendido y celebrado, habiendo logrado así
ser dueño absoluto de las más varias manifestaciones de la vida humana;
decadencia del espíritu de justicia y de caridad; pueblos revueltos y caídos en
abismos de desventuras; cuerpos humanos desgarrados por las bombas o por la
metralla; heridos y enfermos que llenan los hospitales, de donde salen las más
de las veces con la salud arruinada, mutilados los miembros, inválidos ya para
toda la vida; prisioneros alejados de sus familias y frecuentemente sin
noticias; individuos y familias deportados, trasladados, separados, arrancados
de sus casas y errantes en la miseria, sin recurso alguno y sin medios para
ganarse un pedazo de pan; males todos que no sólo alcanzan a los combatientes,
sino que gravan a poblaciones enteras, ancianos, mujeres, niños, los más inocentes y los más pacíficos, los que se
hallan sin defensa alguna; bloqueos y contrabloqueos, que aumentan en casi todo
el mundo las dificultades para la provisión de víveres, de suerte que doquier se
hace sentir el hambre con crueldad. Añádanse los indecibles dolores,
padecimientos y persecuciones que un tan gran número de Nuestros queridos hijos
e hijas —sacerdotes, religiosos, seglares— sufren en algunas regiones por el
nombre de Cristo, por causa de su religión, de su fidelidad a la Iglesia y de
su sagrado ministerio; penas y amarguras que la misma solicitud por quienes las
sufren no permite dar a conocer, y menos aún en todos sus detalles, que son tan
dolorosos como conmovedores.
Ante tal cúmulo de males, de peligros para la virtud, de pruebas de toda clase,
la mente y el juicio humanos parecen extraviarse y confundirse; y tal vez en más
de uno entre vosotros se haya sobrecogido el corazón por aquel terrible
pensamiento de duda, que quizás en otro tiempo, ante la muerte de los dos
Apóstoles, tentó y perturbó a algunos cristianos menos firmes: ¿Cómo puede Dios
tolerar todo esto? ¿Cómo es posible que un Dios omnipotente, infinitamente sabio
e infinitamente bueno, permita tantos males que Él podría impedir tan
fácilmente? Y aflora a los labios la palabra de Pedro, imperfecto aún, ante el
anuncio de la pasión: «Que nunca suceda esto, Señor» (Mt 16, 22). No,
Dios mío —piensan ellos—, ni vuestra sabiduría, ni vuestra bondad, ni vuestro
mismo honor pueden tolerar que el mal y la violencia dominen de esa suerte en el
mundo, se burlen de Vos y triunfen sobre vuestro silencio. ¿Dónde está vuestro
poder y providencia? ¿Habremos de dudar también de vuestro divino gobierno o de
vuestro amor para con nosotros?
«Tú no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres» (Mt 16, 23),
respondió Cristo a Pedro, como había hecho decir al pueblo de Judá por medio del
profeta Isaías: «Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni mis caminos
son vuestros caminos» (ls 55, 8).
Como niños ante Dios son todos los hombres; todos, hasta los más profundos
pensadores y los más experimentados conductores de los pueblos. Juzgan de los acontecimientos con la corta vista del tiempo que pasa y vuela
irreparable; mas Dios, por el contrario, los contempla desde las alturas y desde
el centro inmóvil de la eternidad. Tienen ellos ante sus ojos el angosto
panorama de unos pocos años; Dios, en cambio, tiene ante sí el panorama
universal de los siglos. Pesan ellos los acontecimientos humanos en sus causas
próximas y por sus efectos inmediatos; Dios los ve en sus causas remotas y los
mide por sus efectos lejanos. Discurren ellos buscando particularmente la
responsabilidad de éste o del otro; Dios ve la actuación de todo un conjunto
secreto de responsabilidades, porque su altísima providencia no excluye el libre
albedrío de las acciones humanas, buenas o malas. Querrían ellos justicia inmediata, y se escandalizan ante el poder efímero de
los enemigos de Dios o ante los sufrimientos y las humillaciones de los buenos;
pero el Padre celestial, que a la luz de su eternidad domina y penetra las
alternativas de los tiempos, así como la serena paz de los siglos sin fin; Dios,
que es bienaventurada Trinidad, llena de compasión por las debilidades, las
ignorancias y las impaciencias de los hombres, pero que los ama demasiado para
que sus culpas puedan torcerle de sus vías de sabiduría y de amor, continúa y
continuará haciendo nacer su sol sobre los buenos y sobre los malos, y llover
sobre los justos y sobre los injustos (Mt 5, 45), guiando con firmeza y
ternura sus pasos de niños, si tan solo se dejaren conducir por Él y confiaren
en su poder y en la providencia de su amor hacia ellos.
¿Qué significa confiar en Dios? Tener confianza en Dios significa abandonarse
con toda la fuerza de la voluntad sostenida por la gracia y por el amor, no
obstante todas las dudas sugeridas por contrarias apariencias, en la
omnipotencia, en la sabiduría y en el amor infinito de Dios. Es creer que en
este mundo nada escapa a su providencia, ni en el orden universal ni en el
particular; que nada sucede, ni ordinaria ni extraordinariamente, que no esté
previsto, querido o permitido, siempre dirigido por ella a sus altos fines, que
en este mundo son siempre fines de amor a los hombres. Es creer que a veces puede Dios permitir que, en esta tierra y durante algún
tiempo, triunfen el ateísmo y la impiedad, lamentables oscurecimientos del
sentido de la justicia, infracciones del derecho, torturas de los hombres
inocentes, pacíficos, indefensos y sin apoyo. Es creer que así es como en un momento dado Dios deja caer sobre los
individuos y sobre los pueblos pruebas cuyo instrumento es la malicia de los
hombres, por un designio de su justicia enderezado a castigar los pecados, a
purificar las personas y los pueblos con las expiaciones de la vida presente,
para hacerlos volver a Sí por tal camino; pero es creer al mismo tiempo que esta
justicia continúa siempre, aun en la tierra, siendo una justicia de Padre,
inspirada y dominada por el amor. Por áspera que pueda parecer la mano del
divino Cirujano, cuando con el hierro penetra en las carnes vivas, un activo
amor es siempre su guía e impulso, y sólo el verdadero bien de los individuos
y de los pueblos le hace intervenir tan dolorosamente. Es creer, finalmente,
que así la dura agudeza de la prueba como el triunfo del mal no durarán, ni
siquiera acá abajo, sino un breve tiempo, y no más; pues luego vendrá la hora
de Dios, la hora de la misericordia, la hora de la santa alegría, la hora del
cántico nuevo de la liberación, de la alegría y del gozo (Sal 96); la hora en
que, después de haber dejado al huracán extenderse por breve tiempo sobre la
pobre humanidad, la omnipotente mano del Padre celestial con ademán
imperceptible lo detendrá y lo disipará, y, por caminos insospechados para las
mentes y las esperanzas humanas, serán restituidas a las naciones la justicia,
la calma y la paz.
Bien sabemos que la dificultad más grave, para quienes no tienen una idea justa
de las cosas divinas, surge al ver tantos inocentes condenados a sufrir en la
misma tormenta que envuelve a los pecadores. Nunca permanecen indiferentes los
hombres cuando una tormenta, a la par que abate gigantescos árboles, arranca las
humildes florecillas. abiertas a sus pies tan sólo para prodigar la gracia de su
belleza y de sus fragancias en el aire que las envuelve. Y, sin embargo,
¡también aquellas flores y aquellos aromas son obra de Dios y de su arte
admirable! Si pues Él ha permitido que alguna de aquellas flores sea arrebatada
por el torbellino de los vientos, ¿no puede tal vez haber señalado una
finalidad, desconocida al ojo humano, al sacrificio de aquella inocentísima
criatura en la general economía de las leyes con que Él dirige y gobierna la
naturaleza? Por todo ello, ¡cuánto mejor su omnipotencia y su amor no dirigirán
al bien la suerte de los seres humanos puros e inocentes!
Por haber languidecido la fe en los corazones humanos, por el afán de placeres
que informa y fascina la vida, los hombres se sienten harto inclinados a juzgar
como males, y males absolutos, todas las desventuras físicas del mundo. Han
olvidado que en el alba misma de la vida humana, y cual camino para las sonrisas
de una cuna, se encuentra el dolor; han olvidado que las más de las veces no es
él sino un reflejo de la Cruz del Calvario en el sendero de la resurrección; han
olvidado que la cruz es casi siempre un don de Dios, don necesario para ofrecer
a la divina justicia también nuestra parte de expiación; han olvidado que el
único verdadero mal es el pecado que ofende a Dios; han olvidado lo que dice el
Apóstol: «Los sufrimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la
futura gloria que se manifestará en nosotros» (Rm 8, 18); y que debemos
contemplar al autor y al consumador de la fe, Jesús, el cual soportó la cruz en
vez del gozo que se le ofrecía (Hb 12, 2).
A Cristo crucificado en el Gólgota, virtud y sabiduría que atrae hacia Sí el
universo, miraron en las inmensas tribulaciones de la difusión del Evangelio,
viviendo clavados en la Cruz con Cristo, los dos Príncipes de los Apóstoles,
muriendo Pedro crucificado, doblegando Pablo su cabeza bajo la espada del
verdugo, como campeones, maestros y testigos de que en la cruz está el consuelo
y la salvación y de que en el amor de Cristo no se vive sin dolor. A esa cruz,
brillante como camino, verdad y vida, miraron los protomártires romanos y los
primeros cristianos en la hora del dolor y de la persecución. Miradla también
así vosotros, oh amados hijos, en vuestros sufrimientos, y encontraréis la
fuerza no sólo para aceptarlos con resignación, sino para amarlos y para
gloriaros de ellos como los amaron y se gloriaron los Apóstoles y los santos,
nuestros padres y hermanos mayores, plasmados también con vuestra misma carne y
vestidos con vuestra misma sensibilidad. Mirad vuestros sufrimientos y vuestras
angustias a través de los dolores del Crucificado, a través de los dolores de la
Virgen, que, siendo la más inocente de las criaturas, fue la que más participó
de la divina pasión, y sabréis comprender que el conformarse a la imagen del
Hijo de Dios, Rey de los dolores, es el camino más augusto y seguro para el
cielo y para el triunfo. No miréis únicamente las espinas con que el dolor os
aflige y os hace sufrir, sino más bien el mérito que vuestro sufrir hace
florecer cual rosa de corona celestial; y entonces, con la gracia de Dios
encontraréis el valor y la fortaleza de aquel heroísmo cristiano, que es
sacrificio a la par que victoria y paz que supera todo sentido; heroísmo que
vuestra fe tiene derecho a exigiros.
«Finalmente (repetiremos con las palabras de San Pedro), tened todos un mismo
sentir, sed compasivos, amantes de los hermanos, misericordiosos, modestos,
humildes: no devolviendo mal por mal, ni ultraje por ultraje, sino, al
contrario, bendiciendo: ... a fin de que en todo sea Dios glorificado por
Jesucristo, a quien es la gloria y el imperio por los siglos de los siglos» (1
P 3, 8-9; 4, 11).Mas, si tan sublime excelencia del cristianismo eleva tan altos Nuestros
pensamientos, también sentimos en lo íntimo del corazón cómo el anhelo de todos
Nuestros hijos se confunde con el Nuestro pidiendo a Dios que la virtud de
todos, en esta hora tan grave de la historia, corra parejas con la fe.
En ti pensamos, oh amada Roma, patria Nuestra por doble título, objeto de los
eternos designios, avezada a sobrellevar con tan alta conciencia los mayores
deberes en la vida de la Iglesia. Y ante todo te bendecimos, seguros de que en
esta hora, por la ecuanimidad en la fortaleza y por la práctica del bien, no
desmentirás aquella fe que te hizo maestra del mundo y reina de los pueblos en
el cristiano sentir.
Contigo bendecimos a todo el pueblo italiano que, con el privilegio de tener en
medio de sí el centro de la unidad de la Iglesia, presenta manifiestas señales
de una providencial misión divina, y que en los monumentos de su existencia
trabajada pero gloriosa a través de los siglos muestra invioladas sus gloriosas
tradiciones católicas.
Extendemos, por fin, Nuestra bendición al mundo entero, doquier tengamos hijos,
pues todos Nos son igualmente queridos, mientras el corazón Nos tiembla en el
pecho al pensar en aquellos pueblos que más sufren a causa de la presente
desventura tan sangrienta, que con tantas lutos y con tantas lágrimas ha llenado
ya la tierra. No queremos excluir de Nuestras oraciones y de Nuestros deseos a
cuantos aun se hallan alejados del seno de la Iglesia, a fin de que, al sentir
su maternal y apremiante llamada, también ellos busquen en ella la salvación y
la paz.
A todos presentamos así a Dios en Jesucristo, Redentor de todos. Y en su nombre,
con la autoridad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, cuyo martirio y triunfo
celebramos, damos a todos con efusión de corazón la Bendición Apostólica.
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