En esta trabazón de amarguras y de consolaciones, con que la suave mano de la
Divina Providencia va tejiendo la trama de nuestra vida, nos estaba hoy
reservado el consuelo inefable, hijos e hijas amadísimos, de vuestra presencia y
de las palabras que os íbamos a dirigir como testimonio de nuestro paternal
amor, mientras que en vuestros ojos mismos nuestra intuición de Padre
vislumbraría un gozo y un amor, no muy diversos de los nuestros.
Son los caminos inescrutables de Dios. Parecía. solamente una nube negra que
descargaba; se diría que únicamente se trataba de un turbión de tan formidable
violencia, que sería capaz de arrancaros de la mística y silenciosa paz de
vuestros claustros, del bullicioso hervir y agitarse de vuestras escuelitas, de
la pacífica y santa actividad de todos vuestros trabajos; y la caridad de
Cristo, que nunca falta, os preparó el necesario refugio. Pero el Señor,
infinitamente bueno, quería además otra cosa. El Padre de las misericordias y
Dios de toda consolación estaba preparando la alegría de este encuentro, que,
sin las desdichas precedentes, para algunas acaso nunca hubiera tenido lugar.
Sea por todo mil veces bendito y que El os pague vuestro afecto filial; vuestras
penitencias y oraciones por la incolumidad de nuestra humilde persona y de
nuestra sede; vuestra fidelidad en permanecer firmes en medio del riesgo, al
amparo de la tumba de Pedro, cuando vuestra Patria, por Nos tan amada, os
ofrecía, en su franco resurgir espiritual y material, un refugio seguro y
tranquilo.
Volved, pues, amadísimos hijos e hijas, con nuestra bendición, a
la silenciosa y callada fatiga de vuestros estudios, a la exuberante y fructuosa
tarea de vuestras escuelas, a la oración y a la mortificación de la penumbra de
vuestros claustros, a la cabecera del doliente, a las mil maneras con que
vuestro ingenioso celo coopera con Nos en nuestro pastoral ministerio; seguid
ofreciéndolo todo por nuestras intenciones; seguid orando por la paz, que Nos os
damos una vez más las gracias por vuestros sacrificios cotidianos, por vuestra
presencia en Roma sin temor a los peligros ni a las incomodidades y por este
último testimonio de vuestra devoción filial, mientras que imploramos las
mejores gracias celestiales sobre todos y cada uno de vosotros, con todo lo que
en este momento lleváis en la mente y en el corazón; sobre el caballeroso y
culto representante de vuestra Nación, juntamente con su distinguida esposa, tan
conocida en vuestras casas religiosas por su diligente e infatigable caridad;
sobre vuestros respectivos santos Institutos, con todas las personas que se
benefician de sus meritorias fatigas; sobre nuestro Colegio Español de S. José y
sobre la Iglesia Nacional de Nuestra Señora de Monserrat, con las dignísimas
personas que los presiden, a los que agradecemos, como si lo hubieran hecho con
Nos mismo, la cristiana hospitalidad tan generosamente otorgada; y finalmente
sobre la católica y queridísima España, consuelo del corazón del Vicario de
Cristo y clara muestra de las inagotables posibilidades que en la doctrina
católica, sinceramente practicada, ha encerrado la Divina Providencia, para la
edificación y reconstrucción de los pueblos.
Con estas intenciones, afectuosa y paternalmente, hijos e hijas
amadísimos, de todo corazón os bendecimos.