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AUDIENCIA DEL SANTO PADRE PÍO XII
A UN GRUPO DE RELIGIOSAS ESPAÑOLAS QUE A CAUSA
DE LA GUERRA TUVIERON QUE REFUGIARSE EN ROMA


Sala del Consistorio
Viernes 7 de julio de 1944

 

En esta trabazón de amarguras y de consolaciones, con que la suave mano de la Divina Providencia va tejiendo la trama de nuestra vida, nos estaba hoy reservado el consuelo inefable, hijos e hijas amadísimos, de vuestra presencia y de las palabras que os íbamos a dirigir como testimonio de nuestro paternal amor, mientras que en vuestros ojos mismos nuestra intuición de Padre vislumbraría un gozo y un amor, no muy diversos de los nuestros.

Son los caminos inescrutables de Dios. Parecía. solamente una nube negra que descargaba; se diría que únicamente se trataba de un turbión de tan formidable violencia, que sería capaz de arrancaros de la mística y silenciosa paz de vuestros claustros, del bullicioso hervir y agitarse de vuestras escuelitas, de la pacífica y santa actividad de todos vuestros trabajos; y la caridad de Cristo, que nunca falta, os preparó el necesario refugio. Pero el Señor, infinitamente bueno, quería además otra cosa. El Padre de las misericordias y Dios de toda consolación estaba preparando la alegría de este encuentro, que, sin las desdichas precedentes, para algunas acaso nunca hubiera tenido lugar. Sea por todo mil veces bendito y que El os pague vuestro afecto filial; vuestras penitencias y oraciones por la incolumidad de nuestra humilde persona y de nuestra sede; vuestra fidelidad en permanecer firmes en medio del riesgo, al amparo de la tumba de Pedro, cuando vuestra Patria, por Nos tan amada, os ofrecía, en su franco resurgir espiritual y material, un refugio seguro y tranquilo.

Volved, pues, amadísimos hijos e hijas, con nuestra bendición, a la silenciosa y callada fatiga de vuestros estudios, a la exuberante y fructuosa tarea de vuestras escuelas, a la oración y a la mortificación de la penumbra de vuestros claustros, a la cabecera del doliente, a las mil maneras con que vuestro ingenioso celo coopera con Nos en nuestro pastoral ministerio; seguid ofreciéndolo todo por nuestras intenciones; seguid orando por la paz, que Nos os damos una vez más las gracias por vuestros sacrificios cotidianos, por vuestra presencia en Roma sin temor a los peligros ni a las incomodidades y por este último testimonio de vuestra devoción filial, mientras que imploramos las mejores gracias celestiales sobre todos y cada uno de vosotros, con todo lo que en este momento lleváis en la mente y en el corazón; sobre el caballeroso y culto representante de vuestra Nación, juntamente con su distinguida esposa, tan conocida en vuestras casas religiosas por su diligente e infatigable caridad; sobre vuestros respectivos santos Institutos, con todas las personas que se benefician de sus meritorias fatigas; sobre nuestro Colegio Español de S. José y sobre la Iglesia Nacional de Nuestra Señora de Monserrat, con las dignísimas personas que los presiden, a los que agradecemos, como si lo hubieran hecho con Nos mismo, la cristiana hospitalidad tan generosamente otorgada; y finalmente sobre la católica y queridísima España, consuelo del corazón del Vicario de Cristo y clara muestra de las inagotables posibilidades que en la doctrina católica, sinceramente practicada, ha encerrado la Divina Providencia, para la edificación y reconstrucción de los pueblos.

Con estas intenciones, afectuosa y paternalmente, hijos e hijas amadísimos, de todo corazón os bendecimos.

 

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